domingo, 5 de agosto de 2018

El río Pesquería

Antonio Guerrero Aguilar/

Hablar del río Pesquería, nos refiere de igual forma a dos municipios y a muchos pueblos que se fundaron junto al mismo. De acuerdo al ilustre médico José Eleuterio González Gonzalitos el río nace en un lugar llamado San Lucas en Coahuila y de ahí recorre parte de Ramos Arizpe, para entrar al territorio de Nuevo León. En 1873 tenía un caudal de tres bueyes de agua, equivalente a 24 mil 400 litros de agua. Conviene precisar que San Lucas era un pueblo situado entre lo que actualmente es la carretera de peaje Ramos Arizpe-Los Chorros y el aeropuerto internacional Plan de Guadalupe, por lo que se alimenta de los escurrimientos que bajan de San José de los Nuncio, San Gregorio, Ojo Caliente e Higueras pertenecientes a Ramos Arizpe.

En cambio La Reseña Geográfica y Estadística de Nuevo León publicada en 1910, señala que su origen está en la sierra de Nacataz, a cuatro kilómetros de la cabecera municipal de Villa de García y que ahí se nutre con el agua de otras vertientes que bajan del cañón de Cortinas en Santa Catarina, la cual atraviesa Rinconada, los Fierros y Maravillas,  a las que se les une el caudal  del río Chiquito, también conocido como arroyo de los Muertos, cercano a la cuesta del mismo nombre. Para los vecinos de aquellos rumbos, el primigenio manantial estuvo en Ojo Caliente, a la vera de la carretera Monterrey-Saltillo casi en los límites entre los dos Estados.

Este río ha recibido varios nombres a lo largo de su historia, según las tierras por las que pasa: de Pesquería Grande, de Pesquería, del Capadero y el río Viejo. Muchos relacionan el nombre de Pesquería por la abundancia de peces, pero existe la posibilidad de que lo nombren así, debido a la captura o pesca de indios para venderlos como mano de obra en las minas de Mazapil, Zacatecas y Parral. De acuerdo a los testimonios de la época de aquellos que lo conocieron, se quejaban de que el agua del río era muy gruesa y mantenía considerables concentraciones de sal, lo cual impedía la existencia de peces y de especies vegetales en su cauce como en sus lados. Alonso de León escribió al respecto: los ríos son claros, el agua buena, sin color ni olor… Corren siempre por piedras con rápido curso; son de mucha frescura; poblados de arboledas, sabinos, sauces, álamo y otros muchos géneros; excepto los dos que llaman Pesquería Grande y Chica, que es agua salobre y carecen de todo lo que arriba está dicho. Tranquilo en tiempos de sequía, como temible cuando se presentaban las lluvias torrenciales. El mismo cronista refiere que en septiembre de 1636, el río Pesquería sacó de su ribera una hacienda que trabajaba la plata y aunque no hubo pérdidas humanas, si las hubo materiales.

El río Pesquería le dio nombre a dos municipios y que para diferenciarlos, a uno le llamaron Pesquería Grande y al otro Pesquería Chica. En 1583 Manuel de Mederos recibió tierras para establecer una estancia, que con el tiempo se convirtió en la hacienda de San Juan Bautista de la Pesquería Grande, propiedad de Gonzalo Fernández de Castro y Jacinto García de Sepúlveda cuando Martín de Zavala entró a gobernar el Reino en 1626.

La hacienda se convirtió en Valle y con esa categoría mantuvo el nombre de Pesquería Grande hasta 1851, debido a la decisión del gobernador Agapito García, que le impuso el nombre de García en honor a don Joaquín García, ilustre vecino del lugar que llegó a ocupar primero la alcaldía de Santa Catarina en 1820 y luego la gubernatura de Nuevo León en varias ocasiones. Mientras que el actual municipio de Pesquería surgió como hacienda con la advocación del Espíritu Santo de la Pesquería Chica el 28 de febrero de 1669, al amparo del capitán Francisco de la Garza Falcón, quien se casó con una nieta de don Gonzalo Fernández llamada Leonor de Sepúlveda y Rentería. Convertida en municipalidad de Pesquería Chica en 1844. Pero a mediados del siglo XX, cierto alcalde le quitó la Chica, porque decía que el nombre le reducía su status histórico y geográfico.

En la Pesquería Grande, allá en el cañón de Nacataz, están los vertederos de agua que la conducen por un funcional sistema de acequias y canales que aún mantienen muchas quintas y huertas en el casco viejo de García. Lamentablemente, permitieron que unos balnearios se asentaron cerca de su cauce, recortando los niveles del agua rodada. Río abajo, en la hacienda San José se le une el arroyo Pedregoso, que viene de la sierra del Fraile. Entra a territorio de General Escobedo y después pasa por Santa Rosa, Apodaca y Agua Fría. Adelante de Santa Rosa se le suma el arroyo de Apodaca que a su vez viene de la sierra de las Mitras. Ingresa a General Zuazua y más adelante sirve como línea divisoria entre Marín y Pesquería. Cruza por la hacienda de Zacatecas y en el rancho de las Adjuntas se le une el río Salinas. Atraviesa Los Ramones, en donde se le añaden afluentes que bajan de las sierras de Picachos como de Papagayos.

El río Salinas nace en General Cepeda, Coahuila. Continúa al Este hasta ingresar a Nuevo León en Icamole, ahí donde precisamente nace el valle de las Salinas. Forma parte del paisaje de los municipios de Mina, Hidalgo, Abasolo, El Carmen, Salinas Victoria, Ciénega de Flores, Zuazua y Marín. En 1910, su caudal comprendía hasta siete bueyes equivalente a 64 mil litros de agua aproximadamente. En la época colonial al río Salinas también se le llamó río de los Cuanaales en honor a una nación india que predominaba en la región.

En China, el afluente recibe el torrente del arroyo el Ayancual que viene desde el norte de Monterrey conocido como de la Talaverna y que recoge a su vez corrientes de San Nicolás, Guadalupe, Doctor González y parte de Ramones. También recibe el nombre de arroyo de las Salinillas, nutrido por algunos riachuelos que vienen de la sierra de Papagayos. Pasa por Los Herreras y en el rancho de las Mujeres de Los Aldamas, se junta al río San Juan. Todos los arroyos con corrientes intermitentes.

Gonzalitos estimaba la longitud del río Pesquería desde García hasta Pesquería en 122 kilómetros y de ahí hasta su junta con el San Juan en Los Aldama, en poco menos de 115 kilómetros. Para captar las aguas del Pesquería, los antiguos pobladores levantaron tres represas, una en Icamole, otra en García y un bordo conocido como de Cristaloza, situado al norte de la cabecera. Paradójicamente, aunque García cuenta con muchos arroyos y dos ríos de considerable importancia, siempre ha batallado con el suministro del vital líquido.  En la década de 1870 se llevaba el agua potable desde el paraje conocido como El Volcán hasta la cabecera municipal. Las acequias atravesaban las calles, provocando a veces inundaciones, por lo que el cabildo solicitó en 1879 que se construyeran en los patios de las propiedades. Ese año, los accionistas decidieron donar agua para los servicios del municipio y satisfacer las necesidades de la población. Por ello, a partir de la década de 1990 la compañía de Agua y Drenaje estableció un sistema para dotar de agua potable a García. Hasta el 2010, los únicos municipios de Nuevo León que carecían de sistema de agua potable, eran precisamente Los Ramones y los Herreras.

Como hemos visto, el río Pesquería y su tributario el Salinas hicieron posible que las antiguas haciendas situadas en los actuales municipios de García, Mina, Hidalgo, Abasolo, El Carmen, Salinas Victoria, General Escobedo, Apodaca, General Zuazua, Marín, Pesquería, Los Ramones, China y Los Aldamas florecieran como centros agropecuarios de singular importancia. Pero también todos esos municipios son muy buenos para la cría de ganado mayor y menor pues sus suelos concentran cantidades de sal, de ahí que durante la época colonial se le llamara valle de las Salinas.

En 1942 se instaló una empresa dedicada a la explotación de los yacimientos de sal en García, especialmente destinada a la producción del vidrio, pues como todos sabemos, del cloruro de sodio de la región y de la arena silica que extraen en Lampazos, son las materias primas para su fabricación. Se hicieron perforaciones para sacar la sal inyectando altas presiones el agua del Pesquería. Lamentablemente este río se contaminó por ese proceso, aunado al establecimiento de fábricas que manejan químicos altamente peligrosos, a tal grado de que la mayoría de sus especies y plantas nativas además de la agricultura desaparecieron.

El tramo correspondiente entre villa de García, Escobedo, Apodaca, Zuazua y Pesquería han sido testigos de la trasformación del río, de ambientes netamente agrícolas a lugares densamente poblados en los que predominan los asentamientos irregulares a partir de 1980. Y recientemente todo el sector se colocó en los primeros lugares de ultracrecimiento. Y que junto con su hermano el Santa Catarina, han ocasionado inundaciones y destrozos a los municipios por los que pasan. Pero lamentablemente, tiene el cauce más contaminado y sucio de Nuevo León.

domingo, 29 de julio de 2018

Las dinastías que poblaron el Valle del Carrizal de los Ayguales

Antonio Guerrero Aguilar/

De Mamulique al oriente, está una importante región delimitada al norte por la Sierra de Picachos o también conocida como del Camaján y por los ríos Salinas y el Pesquería al sur. Precisamente, una de las estribaciones de la Sierra de Picachos, corresponde a la ex hacienda de Mamulique situada dentro del territorio de Salinas Victoria. Por razones prácticas o de interés unificador de parte de instancias educativas como gubernamentales, ponen a ésta porción dentro del Valle de las Salinas. Aunque a decir verdad, desde el siglo XVIII formaron parte de la Parroquia de Guadalupe del Valle de las Salinas y de la alcaldía mayor de aquel lugar desde el XVII. Al contrario, el Valle del Carrizal se compone por los actuales municipios de Ciénega de Flores, General Zuazua, Marín, Higueras y Doctor González, sitio donde casi se juntan Picachos con Papagayos que nos lleva hasta Los Ramones y San Isidro de Pesquería. Todos ellos formaron parte de la municipalidad y parroquia de Marín creadas en 1807.

En esa jurisdicción, se otorgaron mercedes de tierras para defenderse de las incursiones de los llamados indios bárbaros y para establecer haciendas de labor dedicadas a la cría de ganado mayor y menor preferentemente. 

Ciénega de Flores fue tierra de los Treviño desde sus orígenes. Desde principios del siglo XVII vemos a Alonso de Treviño como propietario de tierras y luego a Gonzalo de Treviño alrededor del año 1624. Cuentan que su nombre obedece a la existencia de una ciénega en terrenos de don Pedro Flores. Entonces la llamaron precisamente la Ciénega de Flores.

Ahí también vivió don Melchor Barrera, que mantenía unos sitios adquiridos por a don Alonso de Treviño. Su hija Juana de la Barrera, viuda de Antonio Montes de Oca, vendió sus tierras a Manuel de la Garza Rentería, que venía de por el rumbo de San Francisco en el actual Apodaca. Luego llegó María Cantú, hija de Jerónimo Cantú y Juliana de Treviño Navarro. Ella radicó con su esposo Diego de Hinojosa en San Antonio de los Llanos, pero despoblaron aquella misión en 1673 cuando los janambres cayeron sobre aquel paraje. Por lo que decidió trasladarse con sus dos hijos y tres hijas a Ciénega de Flores, en donde alguna vez alegó participar en campañas de defensa apoyada por su familia. Ella murió en 1705. Cuatro años después, ahí nació Tomás Sánchez, casado con Catalina Uribe, quien fue uno de los principales fundadores de San Agustín de Laredo en 1755.

Ciénega de Flores fue erigida en villa el 23 de febrero de 1863. Es la tierra de los Quiroga, todos ellos procedentes de Salinas Victoria como José Antonio Quiroga, José Faustino y José Gil Rodríguez de Quiroga. Un hijo de José Gil, de nombre Cirilo Quiroga contrajo matrimonio con Gertrudis Villarreal. De distinguidos militares como Julián Quiroga (1829-1877), Pablo Quiroga Escamilla (1875-1948), del ex gobernador Pablo Quiroga Treviño (1903-1987), de la Tía Lencha Quiroga, de otro ilustre militar Ponciano Cisneros Quiroga (1834-1912).


El municipio de General Zuazua tiene su origen en unas mercedes de tierras otorgadas a don Alonso de Treviño. En 1728, un descendiente homónimo del fundador de Monterrey, Diego de Montemayor compró éstas tierras a un poblador de nombre Onofre González. Era hijo de Salvador Esteban de Montemayor y estaba casado con Lucía de la Garza. Montemayor murió en 1761. Por eso hay muchos Montemayor originarios de aquel rumbo. También de Salinas Victoria llegaron los Gutiérrez de Lara, que luego se repartieron en Revilla, Linares y Santiago. El 2 de marzo de 1863 se convirtió en municipalidad, integrando diversas haciendas y ranchos de sus alrededores.

El municipio de Marín surgió como Hacienda de San Antonio de los Martínez en 1684, por José de Martínez (1647-1712) vecino de Saltillo, hijo de José Martínez y María Flores. Estuvo casado con Inés de la Garza en 1673, de la familia de Pedro de la Garza que pobló San Nicolás de los Garza. José Martínez formó una gran familia en esa región. Se dedicó a la agricultura y ganadería, fue alcalde mayor del Valle de las Salinas en 1701, con jurisdicción en El Carrizal
Por testimonios de la época, decían que eran de los vecinos principales del Valle de las Salinas.

A principios del siglo XIX se asentaron los Chapa. Ellos llegaron procedentes del Real de Minas de las Sabinas y Cerralvo. José Antonio Chapa de la Barrera, originario de Sabinas (1795), de la séptima generación de Juan Bautista Chapa, se casó en Marín con Clara María Martínez en 1821. Tuvieron por hijos a María Concepción Lucía Chapa Martínez (1821) Roque (1824) casado con Tiburcia Martínez Guerra y María Juana (1834). Hay otro llamado Andrés Avelino Chapa, de los que poblaron Marín y Doctor González.

Al norte de Marín, cercano al arroyo de Ramos y la Sierra del Camaján, se formó el Paraje de las Higueras en 1708. Ahí se asentó don Diego González (1653-1728), fue hijo legítimo del sargento mayor Diego González y de María de Ochoa, vecinos de la villa de San Juan Bautista de Cadereyta. Desde muy temprana edad sirvió a la corona como sargento y alférez; además de ayudante de sargento mayor. En 1675 fue nombrado capitán de infantería de la villa de San Juan Bautista de Cadereyta. Ocupó el cargo de regidor en la Ciudad Metropolitana de Nuestra Señora de Monterrey en varias ocasiones.


Contrajo matrimonio dos veces. La primera con Anastasia Treviño, vecina del valle del Huajuco y procrearon a tres hijas y dos varones: Catarina, Antonia, María, Francisca Xaviera, Diego y Nicolás. Al quedar viudo, casó nuevamente con Ana Caballero de los Olivos, también vecina del Valle del Huajuco. En ésta unión nacieron Juan Diego, María Gertrudis, Lucas, Miguel, María Teresa, Joseph, Lázaro, María Margarita, Ignacio de Jesús y María Catalina.



Del primer matrimonio en 1690 con Anastasia de Treviño, hija del capitán Alonso de Treviño el Mozo y de Catalina de Ayala, nacieron seis hijos, Catarina casada con Pablo de la Garza, Antonia con Isidro de la Garza, María con Manuel de la Garza Rentería, Diego con María de Treviño, Nicolás con Ana de Jesús Mireles, Francisca Javiera con Bartolomé de Elizondo.

Doña Anastasia murió en 1707. De las segundas nupcias con Ana Caballero de los Olivos, hija de Lucas Caballero y de Margarita Rodríguez de Montemayor, nacieron Juan Diego, María Gertrudis casada con Pedro Joseph de los Santos, Miguel con Nicolasa Guerra, María Teresa con José Salvador Lozano, Joseph casado con Margarita Lozano, Lázaro con Catarina Lozano, Margarita con Pedro José Cantú, Ignacio de Jesús y María Catarina.

Hay Lozano en aquel rumbo. Son de la familia de José Salvador Lozano (1710-1777), hijo de Nicolás Lozano y Juana de Dios de la Garza de Ochoa y Elejalde. Casado dos veces: la primera con María Teresa González Caballero y María Petra Gómez de Castro. Del primer matrimonio llegaron Juana María; José Antonio, José Miguel,  José Félix Gregorio, José Santiago Pantaleón y otros más.

El otro pueblo del Valle del Carrizal es Doctor González. De la Sierra del Camaján viene un arroyo llamado de Ramos. El 21 de octubre de 1694, el alférez Marcos Flores, vecino del Valle del Carrizal, recibió de parte del gobernador del Nuevo Reino de León, Francisco Pérez Merino, cuatro caballerías de tierra y un sitio de ganado mayor en el Paso de Ramos para establecer su hacienda. Para el 5 de noviembre de 1883, fue convertido en municipalidad con el nombre de Doctor González.

Entonces esos González hicieron alianzas matrimoniales con de la Garza Falcón, de los Santos, Lozano, Guerra y Elizondo. Del valle de las Salinas llegaron los Villarreal, de la hacienda de Santa Elena los Montemayor y de la hacienda de San Antonio de los Martínez, los Martínez. De otras regiones del Nuevo Reino de León llegaron los Gutiérrez, los Chapa, los Lozano, los García, los Rodríguez y los Treviño. Estos linajes forjaron las principales dinastías del Valle del Carrizal de los Ayguales, en donde los apellidos predominantes son el González y Martínez.


Tres haciendas se convirtieron en municipios en 1863 y la última en 1883. La parroquia de Marín aún atiende los municipios de Higueras y Doctor González. Una región repleta de historia, cultura y tradiciones, cuyos hijos se han distinguido en la industria, la función pública y el comercio. Pueblos considerados de ultracrecimiento y por ello deben establecerse políticas para que la memoria y la identidad que nos han legado a través de cuatro siglos no se pierda.  

domingo, 15 de julio de 2018

Los linajes que poblaron el Valle de las Salinas

Antonio Guerrero Aguilar/


Allá rumbo al camino que une a Monterrey con Monclova, está el denominado Valle de las Salinas, el cual comprende desde la parte noroeste de García, junto con los municipios de Mina, Hidalgo, El Carmen, Abasolo y Salinas Victoria. Como su nombre lo indica, es un valle con suelo salitroso delimitado al sur por la Sierra del Fraile y de San Miguel y la de Gomas al norte, al poniente llega hasta la Azufrosa y la Punta del Espinazo de Ambrosio en los límites de Nuevo León y Coahuila. El territorio es atravesado por el río Salinas, (un torrente viene desde la Laguna de Patos en General Cepeda, Coahuila) originalmente llamado de los Cuanaales en honor a una nación indígena que habitaba por todo el entorno.

Se considera a Bernabé de las Casas como fundador de la comarca. Un acaudalado vecino que nació en 1573 en Tenerife, una de las islas Canarias que llegó al Nuevo Reino de León en 1603 junto con José de Treviño. Entre los dos aportaron muchos recursos para establecer pueblos, abrir minas y trabajar sementeras, tan necesarias para la alimentación de los primeros pobladores, además de que trajeron ganado mayor y menor.

De las Casas estuvo casado con Beatriz Navarro, teniendo por hijos a Bernabé, Marcos, María, Beatriz y Juliana. Al morir el patriarca en 1632, dejó el paraje de Icamole a su hijo Bernabé y San José de la Popa a Marcos. Su hija María fue casada con Juan Alonso Lobo Guerrero, quien se quedó con San Francisco de Cañas. Las tierras de las haciendas de la Magdalena y Señora de Viuda de Eguías pasaron a Beatriz, casada con Diego de Villarreal, y las de Chipinque a Juliana, casada con Diego Fernández de Montemayor. Como se advierte, en esos legados nacieron los municipios como Mina, Abasolo y El Carmen.

La hija de nombre Beatriz se quedó con las tierras de sus hermanas y una parte de Salinas Victoria. Mujer de Diego de Villarreal (1601-1672), uno de los pioneros que arribaron a esta región procedente de San Miguel el Grande. Hijo de Juan Francisco de Villarreal del Reino de Castilla y María Gutiérrez del Castillo. De la unión nacieron ocho hijos, uno de los cuales se asentó en Villaldama en 1690. Todos los Villarreal que conozcan, vienen de ese matrimonio.

Mientras que la hacienda de San Nicolás Tolentino en el Cañón de Guadalupe, es el origen de la municipalidad de Hidalgo. El 5 de diciembre de 1611, el capitán José de Treviño vendió al capitán Bernabé de las Casas, unos ocho sitios de ganado mayor situados en la ladera del río de las Salinas en 150 pesos oro. Cada sitio comprendía 1,755 hectáreas que dan poco más de 14 mil hectáreas. Nada más para darnos una idea, a decir de don Timoteo L. Hernández, la porción abarcaba unos 30 kilómetros de largo como de ancho.

Don José de Treviño nació en la Ciudad de México en 1565 y murió en Monterrey en 1645. Era hijo de Diego de Treviño y Beatriz Quintanilla. Casado con Leonor de Ayala de cuyo matrimonio nació José de Ayala a quien debemos el establecimiento del Topo Grande de los Ayala. En 1603 entró al Nuevo Reino de León, acompañado por su “mujer e hijos, casa y familia, y los pertrechos y avios convenientes, que son los siguientes: primeramente, diez carretas, con sus bueyes, mil y doscientas vacas mansas y cerreras; mas mil cabezas de ganado menor, cabra y ovejas; mas cincuenta yeguas de vientre; más un molino de pan; hecho y derecho; piedras y herramientas, mas veinte yuntas de bueyes, con sus rejas; mas cincuenta azadones mas veinte burras y cinco burros; más cuatro esclavos negros; más seis caballos y armas y aderezos de mi persona y dos lanzas. Todas las cuales cosas prometemos traer y meter en este reino dentro de tres meses...".

Don Bernabé de las Casas se deshizo de esas tierras en 1619 a favor de Francisco Báez de Benavides, otro poblador de origen canario, nacido en Orotova, Tenerife en 1594. En 1612 llegó a la Nueva España y finalmente al Nuevo Reino de León. Un insigne vecino y poblador que llegó a ser regidor y alcalde de Monterrey en 1642 y primer alcalde mayor del Valle de las Salinas en 1646. Se casó con María Isabel Martínez Guajardo, y tuvo un hijo de nombre José que se fue a vivir en Cerralvo en 1661. Él es el patriarca de todos los Báez y Benavides que conozcan,  murió en 1666 y un descendiente del mismo nombre pobló Revilla, una de las Villas del Norte en 1757.

Salinas Victoria tiene su origen en unas mercedes otorgadas en 1597 a favor de Ginés de Hernández,  Diego Díaz de Berlanga y Juan Pérez de los Ríos.  Bernabé de las Casas obtuvo unas concesiones por el lugar en 1603 y para al año siguiente al señor cura de Saltillo don Baldo Cortés, se quedó con las tierras del capitán Ginés Hernández, mientras que Alonso de Treviño llegó en 1634 y del capitán Hernando de Mendiola en 1636. Alonso de Treviño tuvo un obraje en donde se dedicaban a realizar mantas, colchas y sarapes. Ahí se hicieron tan famosas por la participación de las mujeres en talleres familiares, tan apreciados y costosos que con el tiempo los llevaban a vender a la Feria del Saltillo en donde eran conocidos como hechizos, luego recibieron el nombre de sarapes.

A principios del siglo XVIII se avecindó don Tomás de Elizondo, quien nació en Saltillo en 1668, hijo de Francisco Elizondo y Beatriz González, hermano de Pedro de Elizondo que pobló en Huinalá y El Mezquital. Adquirió unas tierras para dedicarse a la ganadería y la agricultura. Estuvo casado con Margarita de Montemayor y al enviudar, en 1692 con María Villarreal Garza. Fue alcalde mayor del Valle de las Salinas entre 1704 y 1720. De esa familia vienen los Elizondo que poblaron Salinas Victoria, Hidalgo como Villa de García.

La región cobró relevancia e importancia a la llegada del gobernador Martín de Zavala en 1626, quien estableció la alcaldía mayor del Valle de las Salinas en 1646, siendo su primer alcalde Francisco Báez de Benavides.  Como se advierte, con el trascurso del siglo XVII se asentaron dinastías como los de las Casas, Treviño, Báez de Benavides, Villarreal, Fernández, de la Garza Falcón, Elizondo y otros más, cuyos familiares se movieron a otros lares. Por ejemplo, los Villarreal participaron en la fundación del Real de Minas de las Sabinas y de Boca de Leones a fines del siglo XVII y a Cerralvo y de ahí a las Villas del Norte cuando las formaron a partir de mediados del siglo XVIII.

Una tierra con profundas raíces sefarditas, donde el cabrito, la carne seca, sus nogaleras y aguacatales, sus minas; pero sobre todo su gente, llevan poco más de 400 años habitando el entorno.

domingo, 8 de julio de 2018

La calle Vidaurri en Santa Catarina


Antonio Guerrero Aguilar/

Para muchos hablar de Vidaurri es una ofensa. Un episodio en la historia de México que debe olvidarse para que la Patria tenga preponderancia sobre la Matria. Para pocos historiadores y no pocos simpatizantes, Vidaurri es un símbolo que reivindica la región respecto a lo federal y lo nacional. Por lo tanto, todo lo que nos habla y recuerda a Vidaurri debe desaparecer. Aun así a un grupo de lampacenses les dio instalar un monumento en Lampazos, que provocó controversia en su momento. Ciudades como Mexicali y Guadalajara tienen calles en su honor. Allende y en Santa Catarina, Nuevo León, lo recuerdan. Bueno, al menos son las que yo conozco.


La Calle de Vidaurri en Santa Catarina es la penúltima de la cabecera municipal al norte y solo comprende cuatro cruces en Zaragoza, Colón, Constitución y Morelos. Desconozco a quien se le ocurrió y desde cuándo le pusieron su nombre a la nomenclatura dedicada a su memoria. Y más si consideramos que en Santa Catarina se enfrentaron las dos posturas y conceptos en torno a la patria y la nación, uno propuesto por Juárez y el otro enarbolado por Vidaurri. En 1996, el entonces cronista municipal Hildebrando Garza, junto con algunos miembros de cabildo y empleados municipales comenzaron a levantar firmas para quitarle el su nombre a la calle y no lo lograron. Argumentaban que había mandado matar indios, envenenado aguajes, usar la aduana de Piedras Negras para el contrabando de algodón a cambio de armas y alimentos para los confederados sureños.


Como verán, a Santiago Vidaurri se le odia o se le admira. Para muchos no deja de ser un traidor porque se pasó a defender el Imperio de Maximiliano. Pero es indudable que es constructor de la grandeza regional y uno de los mejores gobernadores que ha tenido Nuevo León a lo largo de su historia. El viejo cíbolo del noreste, el general don Santiago Vidaurri Valdez, nació en Lampazos de Naranjo el 25 de Julio de 1808. Desde soldado en la compañía presidial de Lampazos, oficial de frontera persiguiendo indios comanches y lipanes; le atribuyen un intento separatista en 1855 llamado la República de la Sierra Madre integrado por Tamaulipas, Coahuila y Nuevo León. Tras el estallido de la Revolución de Ayutla contra la dictadura de Santa Anna, Vidaurri proclamó el Plan Restaurador de la Libertad, logrando el derrocamiento y expulsión del dictador y se hizo gobernador de los estados de Nuevo León y Coahuila entre 1855 y 1864. 

A pesar de haber prestado sus servicios a favor de los liberales, su cercanía con militares confederados de Texas y por exigir un mejor trato de la federación para los estados, tuvo múltiples enfrentamientos con las figuras más emblemáticas de su tiempo, a quién vieron con recelo por concentrar y mantener tanto poder en el escenario político nacional. En febrero de 1864 Benito Juárez decidió establecer en Monterrey la capital de la República. El indio zapoteco y el supuesto jefe lipan discutieron por el control de erario surgido de las aduanas fronterizas, Juárez huyó  rumbo a Saltillo para desconocer a Vidaurri como gobernador. Sin otra salida, en Salinas Victoria, Vidaurri se unió al Imperio reconociendo a Maximiliano de Habsburgo como el legítimo gobernante de México. Fue nombrado Ministro de Hacienda y Consejero Imperial hasta que fue capturado por los soldados liberales que ocupaban la capital del país y fusilado un 8 de julio de 1867 en la plaza de Santo Domingo de la ciudad de México. Sus restos se encuentran sepultados en la Meseta de Catujanes, situada en Candela, Coahuila.

Como se advierte, la figura histórica de Santiago Vidaurri es muy controvertida. Para unos no importa el peso político regional y el reto que continuamente expuso desde el noreste hacia el centro del país; en donde aún se toman las principales decisiones de la Patria. Le critican su enemistad y pleito con Juárez. Su cambio de posición: de liberal republicano a fiel colaborador de un príncipe extranjero.  Lo cierto es que gracias a Vidaurri, la Patria conoció el arrojo y el heroísmo de Ignacio Zaragoza, Mariano Escobedo, Silvestre Aramberri, Evaristo Madero, Juan Zuazua, Julián Quiroga, Pedro Hinojosa y Manuel Blanco y Múzquiz. Casi todos ellos rompieron con el viejo cíbolo de acuerdo a sus posturas tan disímbolas y contrarias. Solo Juan Zuazua y Julián Quiroga quedaron fieles; pero a Zuazua a lo mataron en 1860.


El 22 de marzo de 1867, Vidaurri junto con Leonardo Márquez y al frente de mil dragones de caballería a las órdenes de Julián Quiroga salieron de Querétaro con rumbo a la Ciudad de México.  El 21 de junio de 1867 Porfirio Díaz derrotó a Márquez y se quedó con el control de la capital. La República triunfó sobre el Imperio. Márquez logró escapar rumbo a Veracruz pero Vidaurri, no. Se ocultó en la casa de un norteamericano al que no pudo pagar por su silencio y éste denunció.  Fue aprehendido en la mañana del 8 de julio de 1867. A las 4 de la tarde fue llevado hasta la plaza de Santo Domingo para fusilarlo mientras una banda de música tocaba la pieza  Los Cangrejos, que los liberales siempre cantaron para burlarse de los conservadores y traidores. Sus últimas palabras fueron: Deseo que mi sangre sea la última derramada y que México sea feliz.  Sus restos fueron trasladados a Monterrey para luego llevarlos a la Mesa de Catujanes en donde se siente la presencia del viejo cíbolo, en medio de la tierra tanto quiso Candela y Lampazos.


domingo, 13 de mayo de 2018

Las fundadoras y matriarcas del Nuevo Reino de León


Antonio Guerrero Aguilar/

En 1579 surgió el Nuevo Reino de León y en 1596 a Ciudad Metropolitana de Nuestra Señora de Monterrey que se quedó como capital. A quienes lo habitaban les llamaban “reineros”, un gentilicio aplicado a los residentes de la ciudad como a quienes vivían en todas (y pocas) poblaciones del reino. Tan solo un camino y para rematar en mal estado, aunque les decían “caminos reales” pues pensaban que hasta los reyes de España podían transitar por ellos. Lo malo es que los monarcas nunca visitaron sus dominios. Tiempos en que advertían del aislamiento en que se hallaba Monterrey. Saltillo era el lugar más cercano; Zacatecas (la considerada “Madre del Norte”) era la población más importante del septentrión novohispano y estaba a una enorme distancia. Por testimonios de aquellos tiempos, sabemos que los primeros pobladores vivían en suma pobreza. Por ejemplo, el gobernador Diego de Montemayor tuvo que alimentarse alguna vez de raíces de lampazos, unas hojas abundaban en los ojos de agua.


Las actividades de los primeros pobladores fueron el cultivo de la tierra y la cría de ganados, ya sea mayor y menor pero solo de subsistencia y consumo familiar. Los documentos más antiguos, dan cuenta de otra actividad muy importante como la minería; se iban a buscar y atrapar indios para venderlos como mano de obra barata a los principales productores de plata en el norte de la Nueva España. Los hallazgos de vetas de metales en nuestras montañas, no eran suficientes ni siquiera presentaban la buena ley o calidad. Ciertamente hubo centros mineros pero no llegaron a sobresalir como los que localizaron en Durango, Chihuahua y Zacatecas.

En 1572 murió en Mazapil María de Esquivel, la esposa de Diego de Montemayor. Luego se  casó con Juana de Porcallo o de la Cerda. Cuando fundó la ciudad el 20 de septiembre de 1596, trajo a doce familias procedentes de Saltillo. Ya viudo, le acompañaban su hija Estefanía que se convirtió en la esposa de Alberto del Canto, y los hijos de éstos, Diego y Miguel. Llegaron Diego Díaz de Berlanga casado con Mariana Díaz; quien obtuvo merced de tierras al norte de la ciudad. Al morir fueron vendidas a Pedro de la Garza y se conocieron como estancia de los Garza o San Nicolás de los Garza. Diego de Montemayor, conocido como “el Mozo” por ser el hijo del fundador, fue casado con Elvira de Rentería. El Justicia Mayor y hombre de todas las confianzas de Diego de Montemayor era don Diego Rodríguez. Otro poblador Juan López venía casado con Magdalena de Ávila y tuvo por hijos a Juan, Bernabé y Melchora, quien obtuvo mercedes en el lugar llamado “La Pastora” en dónde ahora está el estadio de los Rayados del Monterrey.

Lucas García era hermano de Diego Rodríguez. Apodado el “Capitán de la Paz” por su conocimiento de las lenguas indígenas, consiguió  mercedes para poblar la hacienda de Santa Catarina. Martín de Solís, originario de Querétaro, casado con Francisca de Ávila; sus hijos Juan y Diego poblaron la hacienda de Santa Cruz en el actual ciudad Guadalupe. Diego Maldonado, casado con Antonia de Paz con un  hijo llamado Juan. Juan Pérez de los Ríos y su esposa Agustina de Charles, procedentes de la Puebla de los Ángeles; con sus hijos Juan, Ana, Bartolomé, Alonso, Esteban y Pedro. Otros vecinos como Alonso de Barreda, Domingo Manuel, Cristóbal Pérez y Pedro de Íñigo, de quienes hay pocas referencias. Los primeros habitantes de Monterrey  sumaban apenas treinta y cuatro personas entre varones, mujeres y niños.


Al iniciar el siglo XVII llegaron otros pobladores. Pero a decir verdad, no se admitía a cualquiera, pues era necesario hacer una solicitud escrita y además, presentar una fianza otorgada por alguno de los vecinos, garantizando que no debían despoblarla. De esta manera fueron llegando las familias Treviño, Ayala, Garza y otras dinastías muy famosas. Todas ellas fueron constituyeron las viejas raíces de los más antiguos apellidos y dinastías regionales.

Los fundadores de Monterrey y del Nuevo Reino de León tenían por esposas a mujeres de armas tomar. Las primeras pobladoras de nuestros pueblos, lo mismo ejercieron el matriarcado, la defensa, el poblamiento y las actividades económicas de las haciendas y estancias que promovieron. Me voy a centrar en tres de ellas: Juliana de Quintanilla, María Rodríguez y Mónica Rodríguez. Doña Juliana de Quintanilla probablemente nació en 1578 en la ciudad de México. Hija del capitán de origen portugués Juan de Farías y María Ana de Treviño. Casada con Lucas García hacia 1596 con quien pobló la hacienda de Santa Catalina. El 7 de mayo de 1635, doña Juliana ya viuda de don Lucas García, recibió la merced de tierras que amparaban aquellas que se habían perdido durante el ataque de Huajuco y Colmillo en 1624.

Lucas García falleció entre 1630 y 1631, por lo que su viuda doña Juliana de Quintanilla quedó como encomendera y labradora, hasta su deceso en Monterrey en el año de 1667. Los García de Quintanilla formaron una numerosa prole a la cual se les añadieron otros núcleos familiares: Bartolomé se fue a España y regresó. Tuvo dos hijos cuyos nombres son Juan y Tomás García Espejo. Diego García casado con Mariana Saldívar (Sosa), Bernardo García con María de Sosa (hija de Vicente Saldívar y María de Sosa); Lucas García “el Mozo” con Josefa de Ayala, Tomás García con Isabel de Arredondo, Nicolás con Juana Bracamonte, Juana de Farías con Nicolás Flores de Abrego.  Ana de Quintanilla con Bartolomé González Hidalgo, María de Quintanilla con José de la Cruz y una mujer de nombre Beatriz. Posiblemente el cañón llamado de Santa Juliana, situado por el rumbo a San Pablo en Santa Catarina se llame así en su honor.

Doña Juliana de Quintanilla tuvo dos sobrinas tanto de ella como de su esposo: Mónica y María Inés Rodríguez. La primera se casó en 1624 con Miguel de Montemayor, hijo de Alberto del Canto y de Estefanía de Montemayor, nacido en 1586 en Saltillo y fallecido el 25 de octubre de 1643 en la hacienda de San Pedro Los Nogales. Mónica era hija de Diego Rodríguez y Sebastiana de Farías Treviño y Quintanilla, a su vez hermana de doña Juliana. Había nacido en 1592 en la Ciudad de México y falleció en la hacienda de San Pedro el 30 de junio de 1681. La familia de los Rodríguez de Montemayor fue grande: Diego (1623-1676), Margarita (1626-1680), Petronila (1627-1672), María (1628), Juan Francisco (1629), Domingo Montemayor (1630), José (1631), Bernardo (1632), Mateo (1633), Bernarda (1640) e Inés (1645-1712). Mónica Rodríguez recibió como dote al casarse la hacienda de San Pedro los Nogales. Al morir su esposo ella continuó con la población, recibiendo mercedes de tierras y encomiendas de indios, reconociéndola como “benemérita, pobladora y encomendera”. Sus restos mortales fueron llevados a la iglesia parroquial de Monterrey el 30 de junio de 1681. Hoy en día, la máxima presea que el gobierno municipal de San Pedro Garza García entrega a sus ilustres ciudadanos se llama Mónica Rodríguez en su honor.


La otra hija de Diego Rodríguez y Sebastiana de Treviño se llamaba María Inés Rodríguez, nacida en 1580. En 1602 se casó con Gonzalo Fernández de Castro, quien nació en 1565, hijo de Juan Fernández de Castro y Mayor de Rentería. Don Gonzalo se distinguió como militar y poblador; alcalde ordinario en Monterrey en 1615, 1626, 1630 y 1635; alcalde mayor en 1641 y 1642 y regidor en 1616, 1624, 1627 y 1629. Tuvieron por hijos a María Mayor Rentería, Clara Rentería, Lázaro y Diego Fernández. El 14 de marzo de 1636 recibieron la merced para establecer la hacienda de San Juan Bautista de la Pesquería Grande, la cual pasó a ser de los Fernández de Castro y Rodríguez. Cuando murió don Gonzalo en 1646, Martín de Zavala reconoció las mercedes a favor de María Inés el 14 de marzo de 1646. En la cabecera municipal de García, un barrio conocido como de “doña María”, posiblemente en referencia a la esposa, mujer y pobladora.

Doña Juliana y sus sobrinas Mónica y María, son las matriarcas que dejaron una notable descendencia que poblaron diversos sitios del Nuevo Reino de León. Hace falta reconocer sus méritos como damas, mujeres pobladoras que a la muerte de sus respectivos esposos se dedicaron a poblar, cuidar sus posesiones y los intereses de sus hijos. Por lo pronto aquí nos acordamos de ellas.

domingo, 11 de marzo de 2018

Huajuco y otros temibles caciques y caudillos


Antonio Guerrero Aguilar/

Con la llegada de los conquistadores y pobladores de procedencia ibérica a la región noreste, debieron tratar y/o someter caciques o caudillos indígenas que comandaban o regían las diversas rancherías o naciones de las llamadas tribus chichimecas. Los cronistas de la época se refieren a ellos como capitanes, jefes, caciques o caudillos, cuyos nombres se aplican en la actualidad a sitios emblemáticos como lo son Nacataz e Icamole en Villa de García, Mamulique en Salinas Victoria, Lazarillos y Colmillo en Allende, el Huajuco en Villa de Santiago y Zapalinamé en Saltillo.

Según la leyenda, Zapalinamé fue un valiente guerrero de la tribu de los huachichiles, quien al ser herido después de librar un feroz combate defendiendo la libertad de su pueblo, llegó hasta su refugio en la sierra. Herido y cansado se recostó, con el rostro hacia arriba viendo el azul intenso del cielo que cubre el valle de Saltillo, decidió quedarse como protector del aquel lugar. Hoy en día la sierra de Zapalinamé es una reserva natural protegida, que produce el 70 % del agua que se consume en la zona de Saltillo, Ramos Arizpe y Arteaga.

Colmillo fue un cacique huachichil perteneciente a la nación Cayo Cuapa, quien junto con su hermano Huajuco mantuvieron en zozobra a toda la región, durante los primeros tiempos de fundarse la ciudad de Monterrey. Fue bautizado con el nombre de Cristóbal. Por dedicarse a la venta de esclavos y al robo de las estancias y haciendas fue gravemente herido. Según la leyenda huyó hasta un paraje situado río arriba del Ramos en Allende, en donde murió. Por las noches en los alrededores,  oyen el llanto del cacique.

Indudablemente el más conocido de todos los caciques indígenas se llama Huajuco, pues su nombre da origen a una extensión territorial situada al sur de Monterrey, la cual atraviesa todo Villa de Santiago y parte de Allende, delimitada por la sierra Madre y el cerro de la Silla. Se le describe como alto, feroz, mandaba con imperio y hablaba diversas lenguas. Se dedicaba a mantener en estado de sitio a Monterrey y a sus alrededores con sorpresivos y continuos ataques. Una vez que se convirtió al cristianismo, se dedicó a robar jóvenes indios para venderlos en colleras. Iba hacia el río del Potosí, cuando los indios se le rebelaron y lo golpearon,  dejándolo gravemente herido en 1625.

Por ese tiempo, en jurisdicción de la Pesquería Grande, andaba otro cacique del grupo de los tepehuanes quien murió de una lanzada. Otro conocido como Nacastlahua, fue muerto a palos en 1624 en Cadereyta porque se sentaba a la mesa antes que sus patrones. Para vengarse, los indios se rebelaron y quemaron el jacal en donde vivía Alonso Pérez. Ahí mataron a uno de nombre Pereyra a quien se comieron en barbacoa.

Hay otro cacique de nombre Martín Hualahuis, quien atacó en 1655 una estancia de Nicolás Vázquez en San Pablo de Labradores. Fue atrapado y conducido a Monterrey en donde fue bautizado, siendo su padrino Martín de Zavala. Con su gente se formó la misión de San Cristóbal de los Hualahuises. Otro indio cantor de la misma ranchería de San Cristóbal, perteneciente al pueblo o nación de los Hualahuises, participó en varias de las empresas de pacificación y conquista al servicio de los nuevos pobladores, pues al saber diversas lenguas, prestó valiosos apoyos por conocer las tradiciones y creencias de los distintos pueblos de la sierra de Tamaulipas.

Hubo otro de nombre Cabrito, quien se levantó contra los conquistadores en 1651 por el rumbo de la sierra de Papagayos allá en el actual municipio de Los Ramones. Para capturarlo, tomaron a su esposa para encerrarla en una casa que Alonso de León tenía en Cadereyta. La india escapó y dio aviso de cómo estaba la situación de la ranchería, a donde cayeron los indios el 27 de noviembre de 1651. El sitio fue roto cuando llegaron vecinos de Cadereyta a rescatarlos. Ahí Cabrito fue mortalmente herido y antes de morir, pidió se robaran las bestias a los pobladores para poderlos vencer. De por el mismo rumbo, tenemos a Lazarillo, un cacique indio del grupo de los borrados, nacido en 1599, quien vivía en Cadereyta en 1639.

Como se advierte, hay muchos caudillos y temibles caciques que no aceptaron el modo de vida de los primeros pobladores, y se dedicaron a mantener en estado de guerra viva a toda la región hasta mediados del siglo XIX.

domingo, 25 de febrero de 2018

De aparecidos y fantasmas

Antonio Guerrero Aguilar/


En el imaginario popular, sobresalen historias y anécdotas en torno a apariciones sobrenaturales. Sin pertenecer a un lugar en especial, tenemos muchas referencias de perros negros, caballos, lloronas, niños, chivos y hasta catrines. A veces sienten presencias demoniacas, por las sombras tenebrosas y el olor a azufre.  Por doquier se habla de un perro negro que de pronto se aparece y le cierra el paso a los transeúntes que se atreven a estar fuera de sus casas al filo de la medianoche y entrada la madrugada, porque según cuentan, las cosas malas suceden al comenzar el nuevo día y a las tres de la mañana.  Dicen que les brillan los ojos con un rojo que inspira terror. Con un hocico en donde sobresalen unos colmillos filosos, repleto de babas, que jadea y gruñe muy feo. Puede tener dueño porque a veces le ven una cadena o correa sobre el pescuezo, con ladridos que inspiran miedo, con una gran velocidad que hacen correr a quienes los ven. Los perros callejeros los presienten, tienen la peculiaridad que con sus lagañas pueden ver espectros fantasmales y animales de mal agüero, por eso continuamente escuchamos sus ladridos por la madrugada.

Resulta extraño que la leyenda de la Llorona se vea por todos lados, aún y cuando haya ocurrido en los alrededores del lago de Texcoco. Se trata de una mujer que ahogó a sus hijos para vengarse de su pareja, al dejarlos en el abandono para volverse a casar. Me han platicado de mujeres que caminan por los rumbos donde alguna vez hubo acequias y arroyos. Andan por lugares cercanos donde hay ríos, charcos y represas. Una vez alguien me dijo que debió caminar de Monterrey a Santa Catarina por falta de transporte y recursos para pagar un auto de alquiler. Como vivía por la Infonavit Huasteca se animó a recorrer la vieja pista para hacer ejercicio que iba en línea paralela a Morones Prieto, de pronto vio a una mujer sentada sobre una piedra de regular tamaño, que lo observaba y hasta le habló por su nombre.

Entonces “¡patas pa´que son buenas!”. Apuró su paso para alejarse de aquella extraña aparición, mientras rezaba lo que se acordaba de cuando iba al catecismo siendo apenas un güerco.  Esas mujeres dan la impresión que flotan, a veces con un vestido blanco y otros afirman que son negros. Con pelo largo o velos que ocultan sus rasgos. Eso sí, las ven con rostro de calaveras que miran fijamente a quienes las enfrentan.  A veces van acompañadas y así como se aparecen, dejan de verlas en un instante.

Otros escuchan las pisadas de un caballo, tan características de unas pezuñas con sus respectivas herraduras. Puede ir despacio o con buen trote. De pronto ven a un charro con un traje negro, al que se pueden apreciar sus arreglos y botonaduras de metal planteado. Con botas y espuelas que son clavadas en el animal espectral. No habla, no mira, sigue de largo; como si fuera a una cita pendiente al más allá. Posiblemente alguien lo sigue, hace su recorrido nocturno como guardián de la noche, como si aún tuviera vida y por eso se le ve perdido en estas calles ahora repletas de asfalto, boyas y baches.

Regularmente dicen que los espíritus de los niños o niñas se aparecen en las cocinas, los techos, los patios, los pasillos y en alguna habitación de nuestros domicilios. Conozco de casos tristes, de padres sin suficientes recursos como para llevarlos al panteón, entonces colocaban los restos de los niños en los muros de las casas. A veces ven niños paseando o jugando por entre las naves industriales, tal es el caso de uno que los operarios han visto en DeAcero, Alen y en una planta ya desaparecida de Protexa. Quién sabe por qué se materializan a la vista de todos. A lo mejor ahí murieron y no aceptan su fatal destino pues no les tocaba morir.

Cuentan que cuando uno muere, de pronto de abre una dimensión tan luminosa que a veces la persona queda enceguecida y se queda entre nosotros aún y cuando ya murió. Entonces se quedan vagando en el mundo de los vivos sin estarlo, esperando la resurrección de los muertos con la segunda venida del Salvador. Son entidades etéreas, visten de acuerdo a la usanza de la época que les tocó vivir. Hacen travesuras, llaman la atención, se molestan si no les hacen caso o simplemente ahí están. Seguramente en muchas de nuestras casas se oye la famosa canica que rebota y rebota. De ciertos objetos que se mueven, pierden o vuelven a aparecer. Conozco a una señora quien asegura que un niño ocultó una cantidad de dinero que necesitaban para pagar una deuda. De pronto lo reta y lo regaña hasta que le devuelve los billetes.  Una ilustre dama me platicaba del niño que entraba y salía por una chimenea de una casa que habitaron cuando recién llegaron a Santa Catarina en la calle Juárez. Al tirar la casa encontraron la “relación”.

A veces los fantasmas se aparecen como bultos, como algo negro que se extiende sin forma. Es como si una cobija tan oscura tapara a esa aparición. Los antiguos indígenas en la región, enterraban a los restos de sus difuntos en posición de cuclillas, con un manto amarrado como si fuera un cordón umbilical. Cuando alguien rehúye a sus obligaciones por temor o inseguridad, dicen que le “sacó al bulto”. Una señora conocida vio a un bulto en el patio de su casa, cuando se animó a preguntar ¿quién anda ahí?, la escoba, los trapeadores y cachivaches se cayeron provocando un fuerte ruido. Yo vi uno, no me provocó temor, más bien curiosidad y expectativas por saber qué anda haciendo o qué es.

Muchas de esas cosas se aparecen porque supuestamente los asesinaron, le hicieron un daño físico a alguien o recitaron un conjuro, ya sea en la calle o en las casas. Esas entidades avisan de que ahí están enterrados o hay una “relación”. Entonces van y buscan personas con cualidades paranormales quienes realizan exorcismos, pero en lugar de apaciguar a los espíritus los hacen enfadar. Supe de unos conocidos que participaron en los rezos durante el exorcismo que hicieron allá en la Hacienda del Muerto. Mientras hacían las oraciones, escuchaban como si la tierra rugía y un fuerte viento apagaba los cirios. Por ejemplo, un cuidador de un panteón me confió que la gente mala busca tumbas de personas que murieron de forma violenta, para sacar tierra negra de ahí y hacer sus travesuras o dejan retratos, “trabajos y amarres”. Entonces ya no pueden descansar y por eso andan buscando a quien asustar.  No faltan quienes buscan o provocan estas apariciones o incluso retan a los fantasmas.

Para los escépticos y estudiosos de los fenómenos sociales, esas cosas se aparecen específicamente a personas sencillas, con una cultura más tradicional como de procedencia agraria. Son supersticiosos, por eso en sus casas tienen a su santo patrón al que le ruegan  para no tener problemas.  Otros relacionan a esos hechos sobrenaturales con asesinatos y rapto de mujeres. Justifican el actuar de la gente de “más antes” que vivía en pecado, cometiendo faltas a los mandamientos de Dios.  Por eso había apariciones, “La Llorona” correteaba a los que iban tras las muchachas, y el “Charro negro” perseguía a los borrachos.” Todos estos elementos hablan de una trasgresión al orden social. Apariciones de perros negros, lloronas, charros,  chivos, catrines y demás, son en el fondo la proyección del mal visto como un quebranto a lo que debe ser. Bueno, según a mi entender.

Me dedico a contar narraciones e historias en donde me piden y me invitan.

Santa Catarina, Nuevo León, Mexico