domingo, 26 de marzo de 2017

Testimonios y símbolos escritos en piedra: el arte rupestre de Nuevo León

Antonio Guerrero Aguilar/ Escritor y promotor cultural

En 1943 el antropólogo alemán Paul Kirchhoff dividió el territorio nacional en tres regiones, con la intención de señalar lo común y lo simbólico entre los pueblos y culturas existentes. Entonces desde el punto de vista cultural, México comprende tres zonas que son Mesoamérica, Aridoamérica y Oasisamérica. En Mesoamérica se desarrollaron las civilizaciones más representativas de nuestro país. Comprende desde el Trópico de Cáncer hasta Centro América. Mientras que Oasisamérica corresponde a un área cultural situada en Arizona y Nuevo México y la parte montañosa y norte de Chihuahua. Al igual que Mesoamérica, fue habitada por grupos sedentarios agrícolas que llegaron a poseer culturas complejas que dependían del intercambio comercial. Se divide en tres grandes grupos culturales: Anazasi, Hahokam y Mogollón. Esta última corresponde al territorio mexicano y se relaciona al punto más importante en el complejo Casas Grandes en Chihuahua. También se les conoce como las culturas de los “Indios-Pueblo”.


La otra región es Aridoamérica y comprende a un extenso territorio dentro del “Desierto Chihuahuense” en la cual están la porción oriental de Chihuahua, Coahuila, Nuevo León y Tamaulipas. Ahí vivían los indios nómadas que nos dejaron una buena cantidad de arte lítico y pinturas rupestres. Los habitantes de ésta región semiárida, conservaron por milenios su modo de vida nómada y una subsistencia basada en la caza y la recolección. Conocían ampliamente el territorio y tenían numerosas lenguas que hablaban entre sí. Eran llamados "Chichimecas", un término despectivo pues literalmente significa “chupadores de sangre” o “hijos de perra”. Lo mismo designa a personas como animales que tienen una soga amarrada al cuello. Muchos de aquellos grupos desaparecieron del medio en el que vivían; fueron sometidos, perseguidos y obligados a convertirse para luego crear un sincretismo cultural.  

Según las crónicas de los primeros colonizadores eran bárbaros e incivilizados, rebeldes, fuertes y reacios al contacto con los pobladores de origen ibérico que se asentaron en sus tierras. Siempre al acecho para atacar, provocando “albazos” (caían en los pueblos y ranchos al alba) para destruir, robar y/o matar. Otros a la vera del camino para caer sobre los transeúntes que recorrían los valles y desiertos. Mientras que los grupos mesoamericanos fueron sometidos en menos de 50 años, los chichimecas  tardaron 350 años en asimilar la cultura occidental.  Los grupos étnicos en el noreste fueron gradualmente desapareciendo, más no su legado y sus tradiciones. Tal vez la más relevante sean los innumerables conjuntos de arte rupestre que nos hablan de su visión y representación del mundo. Toda esta región fue testigo de las migraciones de los primeros pobladores de México, cuando la transitaron a partir del año 14 mil y el 9 mil antes de Cristo.


El arte rupestre se divide en petrograbado, pintura rupestre y geoglifos. Los petroglifos o petrograbados son diseños simbólicos tallados en las rocas. Preferentemente dibujaban líneas y círculos con la intención de dejar un mensaje de tipo ritual o vivencial. Los trazos representan un sistema antiguo de comunicación basado en pictografías o ideogramas. En los muros donde están los petrograbados pueden observarse los símbolos realizados a través de golpes en la roca, a veces con apariencia muy burda y en otras ocasiones hasta pulidos para dejar un rasgo estético. Son muy abstractos, antiguos y paradójicamente hasta muy recientes, pues la gente del campo continuó los trazos incluso hasta los soldados que pelearon en la revolución entre 1913 y 1915.

Las pinturas rupestres fueron hechas a base de pigmentos sobre muros de rocas, barrancos, cuevas y abrigos rocosos. Usaban dos colores de pintura: uno rojo y otro de color ocre. Dicen que el rojo viene de una mezcla de la savia de una planta llamada “sangre de drago” con agua y otros pigmentos de minerales molidos. Pintaban con las manos, con pinceles de pelo animal, ramas quemadas, cañas huecas para soplar la pintura; a veces escupían sobre la mano y aprovechaban las salientes o formas de la roca para darle volumen al trazo. Tienen elementos y símbolos menos abstractos que los petrograbados. Gracias al arte rupestre tenemos datos interesantísimos de los ritos y costumbres de diversos grupos de nómadas que poblaron a lo largo y ancho la región noreste de México. Mientras que los geoglifos son las formas y líneas que se hicieron sobre el ras de la tierra y se pueden ver desde un punto elevado. Las pinturas rupestres se hacían con tres fines: darle un trazo estético a la roca, producir un bien mejor, así como la de expresar en un lenguaje abstracto la realidad que vivían.

Los grabados y la pintura rupestre son dos tipos de arte parietal, llamado así porque fue realizado en muros. Las muestras de pintura rupestre en mejor estado de conservación se han encontrado en el interior de cuevas. Pero también las encontramos en otras superficies rocosas menos protegidas, pero más luminosas y accesibles como barrancos, cañadas y abrigos rocosos. En Nuevo León tenemos cerca de 800 sitios con arte rupestre, de los cuales solo Boca de Potrerillos en Mina está habilitada y protegida adecuadamente. Otro sitio que vale la pena rescatar es la llamada Cueva Ahumada.  De acuerdo a los estudios realizados por investigadores del Centro INAH Nuevo León, tienen una antigüedad que va desde los 4 mil años a. C. hasta el siglo XIX, pues los llamados “indios bárbaros” dejaron grabados en las rocas antes de atacar a alguna población o en los sitios inaccesibles en donde vivían. 

El sitio arqueológico está aislado por montañas y arrinconado ahí donde comienza la montaña venerable llamada el cerro de la Mota; en la parte baja de un cañón donde serpentea el cauce de un río seco, a unos 45 kilómetros de Monterrey y a otro tanto de Saltillo. Conviene recorrer desde Rinconada hasta Los Fierros, llamado así por sus habitantes cuando pensaron que los petrograbados eran representaciones de anagramas para marcar ganado.  Son parajes donde predomina el silencio, el azul del cielo es más evidente  y de pueden encontrar vestigios que han resistido el paso de miles y miles de años. Las líneas y formas que conforman este arte milenario; indudablemente  son las voces del desierto, gritos que parecen esconder mensajes cifrados, códigos ocultos que narran el secreto de la historia poco conocida de los antiguos pobladores del noreste mexicano.

La Cueva Ahumada tal vez sea el único sitio arqueológico en la entidad en donde se pueden apreciar petrograbados como pinturas rupestres; en los cuales los antiguos representaron a una figura que parece ser un hombre de culto. Y es una de las pocas representaciones de seres humanos que tenemos. Lo interesante del caso es que en la Cueva Ahumada  encontraron dos o tres sepulcros prehispánicos con ofrendas. En la década de 1960 vinieron estudiosos de la Universidad de Texas en Austin, y se llevaron todo lo que pudieron para investigarlos y clasificarlos. Incluso hay una pintura que parece ser una planta de maíz.  Las pinturas rupestres parecen perder la batalla. La erosión del viento como del agua han borrado gradualmente los motivos pintados en la roca. También los vándalos las han destruido. Como están en lugares alejados de las zonas urbanas, acuden a los mismos para dejar grafitis sobre los motivos pintados en la superficie. Del mismo modo afectan las vibraciones provocadas por los trenes que pasan por la vía México-Laredo, la cual está a menos de 150 metros. En 1988 la geografía del lugar cambió debido al desbordamiento del río Pesquería durante el embate del huracán Gilberto. Luego les dio por construir la carretera, quedando exactamente a un lado de la cueva. Las lluvias torrenciales del Álex afectaron el entorno. La Cueva Ahumada, también conocida como la "Capilla Sixtina" de Nuevo León, tiene formas, signos e imágenes que enlazan una realidad temporal con el ámbito de lo sagrado. 

A menos de tres kilómetros al norte, antes de llegar a Los Fierros está una zona conocida como “La Huachichila”. Sobre un banco de piedra hay una pared que indica el nacimiento del Sol entre el 19 y 20 de marzo, en pleno equinoccio de primavera. Esta coincide con muchas culturas de la antigüedad que celebraban el inicio de la temporada de crecimiento y plenitud. Ahí vemos una huella de venado lo cual indica que enlazaron los ciclos cósmicos con la regeneración de la vida silvestre. De aquí a la parte alta de la montaña que llaman de La Mota, todas las rocas tenían formas emblemáticas, pero destruyeron una sección cuando les dio por abrir la carretera entre Los Fierros y Rinconada.



Como se advierte, hay muchos sitios prehistóricos en Nuevo León, de los cuales solamente uno está preparado por su visita y conocimiento. El resto permanece en el olvido; perdidos en los lugares más alejados e inaccesibles que se puedan imaginar. Otros sufren del deterioro debido al daño que les hacen los visitantes que aún no dimensionan su importancia y relevancia dentro del patrimonio tangible de nuestros pueblos. Lo ideal y reglamentario es que se cuiden y protejan todos. Bueno, tal vez todo esto quede en buenos deseos. Pero si al menos aquellos que acuden al monte como al desierto, así como a nuestras autoridades pusieran especial cuidado para conservar los testimonios de aquellos que nos precedieron en poblar éstos valles situados entre las montañas. El arte rupestre por ejemplo, cambiaría muchas perspectivas que tenemos respecto a lo se tiene y se cree de la tierra considera como la Gran Chichimeca.

domingo, 12 de marzo de 2017

Donde el río se convierte en Santa Catarina

Antonio Guerrero Aguilar/ Escritor y promotor cultural

El gran río de los ancestros viene desde lo más alto de la sierra y la montaña perteneciente al municipio de Santiago. Siguiendo el cauce del río se fundaron muchos pueblos como Nogales, Buenos Aires, los García, Labor de la Casa, El Rodeo, El Alto, Las Tinajas, San Cristóbal, la Ciénega de González, Laborcitas y San Juan Bautista. Ahí en las Tinajas vivieron los Castillo. En este sitio hay mucha agua pues aquí se junta al cauce del río Santa Catarina con los arroyos que vienen desde el Puerto del Conejo y El Refugio de los Aguilar. Para aprovechar el flujo se hicieron pilas o pequeñas presas para almacenar el vital líquido, considerado por Agua y Drenaje de Monterrey como el mejor de toda la sierra. El aire más fresco que viene del Huajuco y la Sierra aquí están presentes. También donde se dice que se pizcaba el mejor chile del monte, con unas casas dignas de preservarse como ésta que corresponde a la segunda mitad del siglo XIX.

Más allá de Las Tinajas se formaron otros pueblos a la orilla del río de los ancestros. Se atraviesa el cañón de la Ratonera y luego El Marrubial. De pronto los vetustos árboles nos anuncian la llegada al cañón más enigmático e ignoto para todos: el cañón de San Cristóbal. Ya para mediados del siglo XIX había una ranchería habitada por una familia tan ilustre que otros linajes de Santa Catarina vienen de una mujer de apellido Góngora, como son los Téllez, los Páez, los Jiménez, los de Luna y los Rodríguez. La gente de la sierra conocía bien los caminos que se abren por entre los cañones y bien podían comerciar en Monterrey,  Santiago o Arteaga. Eso provocó que se tejieran historias y leyendas en torno a una familia que hizo del rancho, sus campos y agostaderos un sitio autosuficiente y próspero. Con agua de sobra, buenas cosechas, ganado mayor y menor y animales de corral. Dicen que tenían todo para preparar sus propios licores. Más adelante está el rancho de Los Lobos y en seguida están los límites entre Santiago y Santa Catarina.  Luego El Salto tan majestuoso, ahí donde el torrente del Santa Catarina cae repentina y en forma decisiva. Luego otros bancos en donde los antiguos pobladores dejaron historias escritas en la piedra, unos petrograbados en mal estado por la acción humana de manchar con un rasgo personal al patrimonio arqueológico de todos.

Siempre se quejan de que en Nuevo León le ponen apellido a los santos. Y éste caso no es la excepción, pues tenemos una comunidad llamada de San Cristóbal en donde la familia Góngora sentó sus reales.  Para 1878 había dos Góngora,  hijos de Pedro Góngora y de Ignacia García, casados con dos hermanas: Pedro Góngora de 45 años, labrador, casado con Apolonia Beltrán. Tenían por hijos a Juana, Victoriana, Arcadio, Eduardo, Maximiana, Casimiro y Ruperto. El otro era Andrés Góngora de 34 años, labrador con Basilia Beltrán con quien procreó a Gorgonio, Emilio, Ramona y Juan. Emilio se casó con Jerónima Ayala y procrearon a José casado con Juana García Ornelas; Inocencio con Vicenta Ornelas, Fortunato con Ignacia Ornelas, Eloísa con Pablo Carvajal, Margarita con Jesús Jiménez, Paulita con Manuel Rodríguez  Hernández y Elpidia con Teófilo Aguilera. Los hijos de don Gorgonio son los Góngora viven por las calles de Galeana y Colón. También hay una rama de los Góngora que se asentaron en la Villa de Santiago del Huajuco: Calletano Marcelino Góngora, hijo de Juan de Góngora y María Rosa de Arellano, casado con Guadalupe Marroquín desde 1773 y tuvieron por hijos a José Antonio casado con Gertrudis Alanís y José Domingo casado con Rita Alanís.


Río arriba de San Cristóbal está la Ciénega de González, Laborcitas y finalmente San Juan Bautista. Los poblados que Lucas García estableció para la posesión real del río Santa Catarina se hicieron comunidades agrícolas considerables. El llamado Potrero Escondido, el valle de San Juan Bautista en donde también tiene su origen el río San Juan batallaba para sus negocios y trámites a Santa Catarina. Entonces abrieron caminos hacia las partes altas de Arteaga, Coahuila y al sur con el Valle del Huajuco. Dicen que una vez hubo una pelotera en un baile allá en la Ciénega. Los auxilios llegaron desde El Cercado. La población reclamó sus derechos a ser tratados y atendidos con prontitud. Entonces el gobernador Bernardo Reyes logró que el reclamo del llamado "Indio Rafael" se hiciera efectivo. Santa Catarina perdió poblados y territorios el 15 de septiembre de 1898. La Sierra Madre correspondiente a Santa Catarina fue dividida en dos. La zona que llegaba hasta Allende, Montemorelos y Galeana se hizo de Santiago, Nuevo León. Santa Catarina solo quedó de San Cristóbal río abajo, partiendo del Pico del Aguacate en la Sierra de Santiago, línea recta del terreno de los Venados: de aquí en línea recta a la parte más alta del banco que forma la línea donde voltean las aguas del Cañón de San Cristóbal. Fueron cerca de 400 kilómetros cuadrados que se perdieron. Pero los lazos familiares y sociales aún permanecían, a tal grado de que una vez abrieron una ruta con un camioncito al que dieron por nombre "El león de la sierra" hasta que una vez cayó por barranco. Afortunadamente no hubo pérdidas materiales qué lamentar.

Para 1826, los vecinos de la sierra se quejaban de las constantes inundaciones y las pocas tierras disponibles, por estar en suelo montañoso. Aun así sembraban arroz, garbanzo, lentejas, olivares, lino algodón, trigo, cebada y otras plantas. En años buenos recogían sandías, calabazas y chile verde. Había madera abundante pero no la explotaban por lo peligroso y escabroso de la sierra. Para 1832 Santa Catarina contaba con 1,725 habitantes que vivían distribuidos en varias haciendas y ranchos. Los poblados más importantes eran El Pajonal que limitaba con Saltillo y San Juan Bautista que limitaba con el Huajuco. La máxima autoridad era un juez de paz nombrado por el cabildo. Tenían agua suficiente que se juntaba en la llamada laguna de Sánchez y los vecinos elaboraban vino mezcal.


Un tío abuelo mantenía una majada con cabras allá por el rumbo de El Marrubial. Esto nos permitía conocer el tramo de Las Tinajas y un paso angosto en medio de dos acantilados conocido como el cañón de La Ratonera. Previo a la fiesta navideña de 1991 acudimos a saludar a un tío mi papá, mi mamá, mi hermano y un servidor. Un poco más allá donde el camino que viene de El Pajonal se une con el que viene de San Cristóbal, la camioneta tuvo una falla mecánica. Nos bajamos a revisarla y había algo roto en horquilla del eje. Se sentía el frío y avanzaba la neblina con su manto haciendo más obscura la noche. Preferimos esperar ayuda de alguna camioneta de Agua y Drenaje que continuamente recorren esos lugares o de algún vehículo que bajaba de allá de la sierra. Entramos a la cabina mientras platicábamos un poco. De pronto las palabras se agotaron y grande fue la sorpresa al escuchar murmullos, luego palabras y diálogos y por último lamentos. Los que estábamos dentro solo acertamos a mirarnos sin decir cosa alguna para no alterar la poca tranquilidad que teníamos. De pronto sentimos que había personas rodeando la camioneta y así como llegaron otra vez se esfumaron. Dicen que corresponden a voces de ánimas que murieron a lo largo del río y que van y vienen de regreso por el cauce del Santa Catarina. Voces que se quedaron atrapadas en los recovecos de las montañas. Finalmente pasaron por ahí unas gentes que arreglaron el desperfecto y pudimos llegar a Santa Catarina.


Esa reserva ecológica corre riesgos. Pronto construirán una carretera y seguramente van a dañar el entorno de una zona que bien se puede recorrer sin alterar el entorno.

domingo, 5 de marzo de 2017

A 192 años de legislar la unión: la Constitución de Nuevo León

Antonio Guerrero Aguilar/ Integración Cultural del Noreste, A.C.

Como Estado Libre y Soberano, Nuevo León surgió como entidad federativa de acuerdo al decreto número 45 del 7 de mayo de 1824, expedido por el Honorable Congreso Constituyente de la Nación Mexicana. En el mismo punto se ordenaba la elección de un congreso local conformado por representantes, los cuales fueron elegidos el 9 de julio de 1824. Quedaron como diputados al Primer Congreso Constituyente de Nuevo León, los ciudadanos: Dr. José Francisco Arroyo, Dr. José María Gutiérrez, José Andrés de Sobrevilla, Pedro Antonio Eznal, Lic. Juan Bautista Arizpe, Rafael de Llano, José María Parás, Juan José de la Garza, Antonio Crespo, José Manuel Pérez, Pedro de la Garza Valdez y Pedro Agustín Ballesteros.


Después de arduas sesiones de trabajo, el 5 de marzo de 1825 se promulgó la primera Constitución Política para Nuevo León, la cual fue jurada en medio de una ceremonia no exenta de la piedad religiosa propia de la época. Por ejemplo, fue jurada ante un crucifijo y una biblia. Por eso en el párrafo introductorio se lee lo siguiente: “En el nombre de Dios Todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo autor y supremo legislador de la sociedad. El Estado de Nuevo León legítimamente representado en sus Diputados constituyentes, establece y decreta en uso de su soberanía para bien estar de los pueblos e individuos que lo componen la siguiente constitución política”. El primer artículo señala categóricamente: “El estado de Nuevo León se extiende lo mismo que la provincia antes llamada Nuevo Reino de León”. Ya como entidad libre, independiente y soberana, Nuevo León quedó uno de los Estados Unidos Mexicanos, compuesta por tres poderes, el ejecutivo, el legislativo y el judicial, Se abolió la esclavitud y estableció a la religión católica como oficial.

La nueva entidad surgió con 23 municipios: Agualeguas, Boca de Leones (Villaldama), Cadereyta, Cerralvo, China, Cañón de Guadalupe (actual Hidalgo), Santiago del Huajuco, Labradores (Galeana), Linares, Marín, Monterrey, Mota (General Terán), Pesquería Grande (García), Pilón (Montemorelos), Punta de Lampazos, Río Blanco (Aramberri-Zaragoza), Sabinas, Salinas, San Cristóbal Hualahuises, San Miguel de Aguayo (Bustamante), Santa Catalina, Vallecillo y los demás que se conformaran en lo sucesivo.

Para los diputados constituyentes, el nuevoleonés es todo aquel que haya nacido o resida legítimamente en éste suelo. Tiene por obligación, contribuir para la seguridad en el Estado, acudir personalmente a la defensa de Nuevo León, colaborar con su voto al buen gobierno del Estado, amar a la Patria, ser veraz, justo, benéfico y en suma virtuoso.



La primera Carta del 5 de marzo de 1825 es la norma básica para el ordenamiento jurídico y el corpus orgánico de nuestra estructura política y de derecho, influida por el espíritu liberal y democrático de la Constitución de Cádiz que favoreció las diputaciones provinciales a partir de 1812. Jefferson apuntó una ocasión: “Ninguna sociedad puede hacer una constitución perpetua o aún un derecho perpetuo. La tierra pertenece siempre a la generación viviente”. En consecuencia, nuestras leyes se han ajustado a los tiempos y momentos históricos gestados a partir del proyecto de Nación existente. 

Todos éstos cambios se han realizado en el marco institucional y de derecho, en donde los representantes de Nuevo León han dejado sus leyes a través de cinco Constituciones: la fundante de 1825, la segunda del 29 de octubre de 1849, promulgada después de una etapa crítica, pero que recuperaba la esperanza y la definición de nuestra entidad; la del 4 de octubre de 1857, como fruto del Estado laico y liberal la cual integra a Coahuila como parte de nuestra entidad. La cuarta promulgada el 3 de noviembre de 1874 y la vigente del 19 de diciembre de 1917. 

A 192 años, conviene recuperar los preceptos y obligaciones de todo nuevoleonés como mexicanos comprometidos por la verdad, la justicia social, la solidaridad y el bien común. Y más en tiempos en los que pronto vendrán a pedir nuestro voto. Felicidades al Congreso de Nuevo León y memoria y homenaje a los primeros constituyentes de nuestra grandeza, siempre ascendente.

domingo, 26 de febrero de 2017

Cuando Coahuila fue anexada a Nuevo León y recuperó su soberanía

Antonio Guerrero Aguilar/ Escritor y promotor cultural

Libertad y soberanía nunca fueron términos abstractos para la gente de Coahuila. Una región en la cual convergen los antiguos reinos de la Nueva Extremadura, Nueva Vizcaya, la Nueva Galicia y el Nuevo Reino de León. Durante los Habsburgos la Nueva Vizcaya y el Nuevo Reino de León reclamaron su territorio y debió entrar la Real Audiencia y la Diócesis de Guadalajara para promover la colonización de un territorio tan vasto. En 1787 toda la porción noreste de la Nueva Vizcaya la cual abarcaba Saltillo, Parras y la Laguna se integraron a la Nueva Extremadura o Provincia de San Francisco de Coahuila cuya capital estaba en Monclova. Después de las reformas borbónicas, se formó una intendencia cuya capital estaba en San Luis Potosí.

En 1824 los cuatro estados del Noreste debieron formar el Estado Interno de Oriente, pero las aspiraciones de Tamaulipas como la rivalidad entre Saltillo y Monterrey por ser la capital mandaron al traste el proyecto. Quedaron unidas Coahuila y Texas en una sola entidad, hasta que Texas se separó para convertirse en República en 1836. Fue cuando Saltillo reclamó en 1839, el derecho de ser capital en lugar de Monclova. La soberanía y libertad de Coahuila estuvieron vigentes desde el punto de vista político tan solo 20 años, pues el 19 de febrero de 1856 Santiago Vidaurri anunció la anexión de Coahuila a Nuevo León.

El 1 de marzo de 1854, Juan Álvarez proclamó el Plan de Ayutla, en el cual desconoce como presidente al general Antonio López de Santa Anna. Pronto en el noreste mexicano el prohombre de frontera, el general Santiago Vidaurri secundó a Juan Álvarez y propuso un proyecto al cual llamaron “Plan Restaurador de la Libertad” también conocido como “Plan de Monterrey”. Reconoció al nuevo gobierno nacional, se proclamó gobernador y comandante militar de Nuevo León. Sin dejar de ser el caudillo del noreste invitó a Coahuila y a Tamaulipas para una anexión y juntos hacer frente a los ataques de los llamados indios bárbaros y filibusteros texanos. Esta propuesta no les gustó a los círculos de poder en la ciudad de México y en los estados circunvecinos, dando origen a un distanciamiento con el gobierno representado por los liberales Ignacio Comonfort y Benito Juárez. Vidaurri se convirtió en el más severo crítico de Comonfort y su rebeldía le dio tal popularidad que llegó a ser mencionado como probable candidato a la presidencia.

El 19 de febrero de 1856, Santiago Vidaurri anexó Coahuila a Nuevo León, apoyado en casi todos los pueblos coahuilenses, excepto Saltillo y Ramos Arizpe. El gobernador de Coahuila don Santiago Rodríguez del Bosque, sometió al congreso y demás autoridades que apoyaron la anexión. Vidaurri por sus pistolas mandó traer a Monterrey al entonces gobernador de Coahuila para encarcelarlo. En el trayecto y ya prisionero, sufrió vejaciones y padeció insultos. El presidente Ignacio Comonfort ordenó a Vidaurri su renuncia del gobierno del Estado. Ante la rebeldía del lampacense, se ordenó al general tamaulipeco Juan José de la Garza para someterle con las armas. Vidaurri y Zuazua marcharon sobre Camargo el 28 de septiembre de 1856 y luego a Mier que se anexó por unos días a Nuevo León.

Las fuerzas tamaulipecas derrotaron a Escobedo cerca de Cadereyta y avanzaron sobre Monterrey, donde estuvieron a punto de ocupar la Ciudadela defendida por Zaragoza. Zuazua llegó el 3 de noviembre de 1856, obligando a de la Garza a retirarse para incorporarse a la división del general Rosas Landa, quien llegó a Coahuila para someter a Vidaurri. Para evitar otro combate, Zuazua y de la Garza acordaron el 3 de noviembre de 1856 el “Convenio de la Cuesta de los Muertos”. Con ello Vidaurri reconocía y obedecía al poder general, renunciaba a la gubernatura del nuevo Estado mientras se realizaba un plebiscito para llevar el asunto de la anexión de Coahuila. Poco más de 4 mil votos definieron la anexión contra 260 votos. Vidaurri se convirtió de nueva cuenta en gobernador y sus decisiones provocaron largas discusiones en el seno del Congreso Constituyente que finalmente aprobó la unión de ambos estados por 60 votos contra 20. El control de la aduana de Piedras Negras se aseguraba para el gobierno de Vidaurri, quien también mantenía su poder en el puerto de Matamoros. El viejo cíbolo de Lampazos era el hombre fuerte del noreste y se presentaba como un posible rival a la hora de tomar decisiones en el ámbito regional como nacional.

Cuando Benito Juárez llegó a Saltillo el 9 de febrero de 1864, recibió a un grupo de ciudadanos saltillenses que le mostraron su inconformidad por estar unidos al estado de Nuevo León. Le pidieron liberarse de la autoridad de Santiago Vidaurri. Benito Juárez fue mesurado y les propuso esperar un tiempo para ver el rumbo que tomaban las cosas. Luego del encuentro violento que tuvo con Vidaurri en Monterrey, Benito Juárez ordenó que las tropas republicanas asentadas en Matamoros, Zacatecas y Durango acudieran a Monterrey para detener a Vidaurri y proclamó un decreto en la plaza de armas de Saltillo, el 26 de febrero de 1864 mediante el cual Coahuila recuperó su soberanía como estado.

Correspondió al intelectual liberal Francisco Zarco, dar a conocer ese documento en la esquina nororiente de la Plaza de Armas de Saltillo. Parado sobre una silla de tule, se informó a los saltillenses sobre la separación de Coahuila de Nuevo León y convocó a los coahuilenses a tomar las medidas necesarias, para guardar esa independencia y soberanía que el presidente de la República le otorgó a Coahuila. También declararon a Nuevo León en estado de sitio y al general Santiago Vidaurri y sus seguidores como rebeldes al régimen.  El 20 de noviembre de 1870, el Congreso de la Unión ratificó la soberanía, al cual llamó Coahuila de Zaragoza.


El viejo sueño de unir al noreste más o menos se logró entre 1856 y 1864, cuando Nuevo León y Coahuila formaron una sola entidad, un proyecto que han querido identificar con la formación de la supuesta “República de la Sierra Madre”.

domingo, 5 de febrero de 2017

De la influenza y las malas influencias

Antonio Guerrero Aguilar/ Escritor y promotor cultural

Actualmente vemos un repunte de pacientes que padecen la “Influenza”. Incluso en este mes de enero del 2017 que pasó, murieron 26 personas. La palabra “influenza” es de origen italiano. En el siglo XV se empleaba para referirse al contagio o brote de una enfermedad, entendida como la influencia o dolencia de un enfermo en otro. Por ejemplo, en 1504 hubo en Italia una epidemia de fiebre escarlatina a la que llamaron “influenza di febre scarlattina”, cuya traducción corresponde a una epidemia de fiebre escarlatina. Para 1743 la misma región sufrió por una gran epidemia de gripe conocida como “influenza di cattarro” (brote o epidemia de catarro), nombre que luego se abrevió a “influenza” y desde entonces se relacionó al catarro con la gripe. En 1783 esta denominación fue adoptada en el idioma francés para referirse a la gripe y por la misma época llegó al inglés. En 1843 aparece por vez primera bajo la forma de “flue” y más tarde a la actual “flu”. En el Diccionario de la Academia, este nombre de la gripe apareció en la edición de 1927 designado como "italianismo por trancazo o gripe".


Todas las patologías virales de una “infuenza” se manifiestan con fuertes fiebres y malestar general como cansancio físico, sudoración, diarrea o vómito. A fines de abril y principios de mayo de 2009, padecimos una grave amenaza de “Influenza”. En ese tiempo colaboraba en un programa que se llamaba “Consultorio, vida y salud” que se trasmitía en el Canal 53 de la UANL. Como era conducido por médicos, me preguntaron cuántas epidemias habíamos sufrido a lo largo de nuestra historia. Busqué información en el libro “Nuevo León, apuntes históricos” de Santiago Roel que nos da cuenta de las siguientes enfermedades.

En 1798 hubo una epidemia de viruela en Monterrey. A fines de 1802 y principios de 1803 ocurrió una epidemia de fiebre amarilla (hepatitis) en todo el Nuevo Reino de León que ocasionó la muerte de 1,900 vecinos de los 30 mil que se infectaron con la enfermedad. La fiebre amarilla se repitió en 1898 y 1903. Ocurrieron brotes de malaria o paludismo en 1815, 1825, 1836, 1844, 1853 y 1866, provocado por piquetes de mosquitos. De cólera morbus en 1833, 1849, 1850 y 1866 con fuertes diarreas.

El cólera morbus se desarrolló en todo el país en 1833. Para fines de julio estaban invadidos los pueblos del norte de Tamaulipas y los municipios de Nuevo León aledaños a ellos. Según esto, el brote había iniciado en Matamoros, por lo que se tomaron medidas urgentes para evitar el contagio. Lamentablemente el 6 de agosto de ese año se presentaron las primeras víctimas. Por eso el gobierno del Estado dictó medidas de seguridad e higiene pública. Concluyeron que la fruta era la fuente de trasmisión de la enfermedad, por eso fue decomisada y destruida. Prohibieron el ingreso de la misma, de la matanza de reses y de otros animales dentro de las poblaciones y que se arrojaran las aguas negras a las calles. Se preocuparon por la limpieza de las casas, las fuentes y las acequias, impidieron la venta de vinos y licores y los bailes después de las 10 de la noche como medidas precautorias.


Entre abril y diciembre de 1903 ocurrió una epidemia de fiebre amarilla o hepatitis que atacó preferentemente a los municipios del norte y del centro del Estado. Alertaban que el foco de infección estaba en las costas de Tamaulipas. A fines de 1918, una terrible enfermedad llamada “Influenza Española” invadió a todo el país y Nuevo León no fue la excepción. Le llamaban así porque decían que el foco de infección estaba en la península ibérica. Fue una pandemia que  causó muchísimas muertes. Por ejemplo, el 21 de octubre de 1918 fallecieron cien personas en Monterrey. El promedio de muertes era de 10 por día. A mediados del siglo XX tuvimos una de fiebre tifoidea o salmonelosis. Y ya en el siglo XX, cada año padecemos de dengue y recientemente de Zica y chikungunya


Dicen que nuestra generación ha sido testigo de varias enfermedades que han puesto en alerta a nuestras autoridades sanitarias. También he visto cierto escepticismo que tiende a menospreciar los alcances de la llamada “Influenza Humana”. Ciertamente que nuestros gobernantes deben invertir más en salud, en investigación y tecnología. Pero sobre todo, realizar campañas de concientización y prevención en la salud personal como pública. Solo así evitaremos que broten nuevas enfermedades o contagios que se pensaban que ya se habían erradicado.

domingo, 1 de enero de 2017

Hablemos del mes de enero

Antonio Guerrero Aguilar/ Escritor y promotor cultural

La palabra mes viene del latín “mensis”, cuyo origen en griego hace referencia a la Luna. Entonces un mes es un ciclo lunar. El calendario romano tenía solo diez meses. Comenzaba en marzo y terminaba en diciembre, con seis meses de 30 días y los otros cuatro con un día de más. Entonces el ciclo tenía 304 días, más un periodo invernal que duraba sesenta días en el cual no se registraba fecha alguna. Según la tradición, durante el reinado de Numa Pompilio en el siglo VII a.C.,  estableció la formación de dos meses a los que llamó enero y febrero. Al primero con 31 días le llamaron “Januarius”, en homenaje a Jano, el dios de las puertas que regía las entradas y los comienzos, los umbrales y los puentes. Se le representaba con las caras contra opuestas, porque con cada una de ellas podía ver y regir el pasado y predecir el futuro. Con una veía al año que se iba y con la otra puesta en el porvenir. En consecuencia, los romanos le dedicaron el primer mes del año, desplazando a marzo como el inicio.

Era tanta la devoción al dios Jano que poseía doce altares, correspondientes a uno por mes; además de un gran templo que se cerraba cuando no había guerra. Para honrarlo, la gente estrenaba ropa, los maridos regalaban dinero a sus mujeres, procuraban iniciar con monedas en sus bolsillos como señal de que no faltara en el resto de los meses y se cruzaba los umbrales siempre con el pie derecho por delante para tener buena suerte en todo el año.

El 1 de enero como primer día del año, se fijó el año 46 antes de Cristo, cuando el emperador Julio César dejó en 445 días, entrando en vigor al año siguiente. El 1 de enero quedó como el primer día, en el tiempo en que los magistrados y cónsules comenzaban a desempeñar sus nuevos cargos. Ahora, ¿por qué el año comenzaba originalmente en marzo? Es cuando se aprecian los cambios de renovación en la naturaleza. El verdor se ve por doquier y en consecuencia anuncia el ciclo nuevo de regeneración en los campos y montañas. Si se fijan, el zodiaco comienza con Aries el 21 de marzo.

Aquí en México, iniciábamos el año con la vieja creencia conocida como “Las cabañuelas” y que lamentablemente es una costumbre que comienza o tiende a desaparecer. Esa práctica, consiste en pronosticar el tiempo del año en base a la observación del clima de los primeros doce días de enero. Funcionó hasta hace algunas décadas, cuando todavía el clima del planeta no estaba tan alterado. Bastaba con que lloviera un poco el primer día del año, para decir que enero sería lluvioso y si el día siguiente hacía mucho viento, febrero se presentaría con muchos “aironazos” porque había soplado el día dos. Con base a estas suposiciones, se popularizó la frase: “enero y febrero desviejadero”, pues dicen que en los primeros 60 días del año, regularmente pasan a mejor vida los adultos mayores.

Luego se decía que febrero loco y marzo otro poco. Y así sucesivamente. En las antiguas comunidades agrícolas predominaba la idea de que el clima de los meses, se habría de deducir por el tiempo observado los primeros doce días del año y continuaban en reversa a partir del día 13 de enero, número al que le asignaban la equivalencia a diciembre y así el orden ascendente hasta llegar a enero con el 24. Luego se hacían cálculos más complicados, donde el día 25 de enero correspondería al bimestre, de suerte que se repartían 12 horas por cada mes. El asunto es que antes apreciábamos a la naturaleza, observando y calculando de una manera muy simple y hasta algo ingenua, pero que nos hacía acercarnos más al medio ambiente en que vivíamos. La gente de “más antes” como decimos, gustaba de prever los cambios climatológicos ya sea a través de las cabañuelas o del Calendario Galván, mismo que comenzó a editarse desde 1825. Ahora lo hacemos viendo a las “chicas del clima” o buscamos el famoso Wheater Channel (canal del clima) para ver como estarán los tiempos.

Ahora, también debemos diferenciar entre el año solar y el calendario lunar. El primero se define como el intervalo de tiempo empleado por el Sol, en completar su órbita aparente en torno a La Tierra, específicamente de primavera a primavera, desde el punto Aries o equinoccio de primavera hasta el siguiente periodo similar. Por ejemplo, desde hace 5 mil años, los babilonios constataron que el Sol visto desde la Tierra, se va proyectando sobre diferentes constelaciones y que este recorrido se repite cada 365 días aproximadamente. Como no tiene un número entero de días, se han hecho reformas para ajustarse a lo observado como las que se hicieron en torno a los calendarios Juliano y Gregoriano que más adelante trataré. 

En un calendario lunar, los años se calculan de acuerdo a los ciclos de la Luna. Cada periodo corresponde a un "mes lunar"; es decir, a cada lapso comprendido entre dos momentos en que la Luna se halla exactamente en la misma fase (sea esta creciente o menguante) y se le llama consecuentemente "mes lunar", que corresponde 28 días solares aproximadamente. Por eso lo relacionan con periodos naturales, como el ciclo sexual de las mujeres, de las demás especies o las mareas.

A decir verdad, hoy en día seguimos con un calendario lunisolar; que determinan las cuatro estaciones como primavera, verano, otoño e invierno. Son doce meses lunares por cada año solar y a la repetición de doce lunas se la llama año lunar. Como los años lunares no coinciden con los años solares, cada tanto hay un año solar con trece lunas. Los calendarios lunisolares, a pesar de guiarse según los meses de la Luna, añaden otro cuando corresponde un mes al año que se intercala, para que el comienzo del nuevo año solar tenga doce lunas. Por eso a veces hay meses que tienen hasta dos Lunas llenas.

También hay año civil y año religioso. El año civil actual tiene una duración media de 365 días y un cuarto de día. Y el año religioso, expresado en términos y usos litúrgicos, da comienzo con periodos o fiestas religiosas, como para los católicos que dan por el terminado el año con la fiesta de Cristo Rey a fines de noviembre y el inicio del Adviento.

También hay dos calendarios, el calendario Juliano (basado en el calendario romano, que dividió la historia a partir de la fundación de Roma) y que tuvo vigencia hasta el año 1582, cuando el Papa Gregorio XIII, ordenó corregir el cómputo quitando diez días para ajustarlo. Los días que desaparecieron, van del jueves 4 de octubre al viernes 15 de octubre del año ya citado. El Juliano más bien se regía por los ciclos de la Luna y el nuevo por el movimiento solar. Para evitar ese error de un día cada 128 años, el calendario Gregoriano quitó tres años bisiestos cada 400 años. El año Juliano consta de 365 días y 6 horas. Es 11 minutos y 14 segundos más largo que el año trópico o de las estaciones. Esa pequeña diferencia acumula un error de un día cada 128 años, y había acumulado tres días en desde Julio Cesar hasta el Concilio de Nicea ocurrido en el año de 325 d.C.

Como se advierte, la aplicación del calendario juliano fue acumulando un error importante en la suma de los años y el día del equinoccio de primavera, se fue corriendo en el calendario varios días hacia el comienzo de marzo, resultando difícil determinar el momento de la Semana Santa. A los pontífices del Renacimiento no les gustaba la burla de los protestantes que decían que celebraban erróneamente la Semana Santa.  


Pero ya comenzó enero y es la puerta del año. 

domingo, 25 de diciembre de 2016

Alberto del Canto: el fundador del noreste

Antonio Guerrero Aguilar/ Escritor y promotor cultural

Si queremos remontarnos al origen del Nuevo Reino de León, debemos conocer a Alberto del Canto, a Luis Carvajal y de la Cueva, Diego de Montemayor y Gaspar Castaño de Sosa. Gracias a un litigio jurisdiccional llamado “El documento del Parral”, sabemos que del Canto llegó a la región en 1577. Junto con Diego de Montemayor participaron en diversas campañas al servicio del gobernador de la Nueva Vizcaya, la cual estaba formada por Durango, Chihuahua y Nuevo México y de unas porciones de Coahuila, Zacatecas y Nuevo León.

Del Canto nació en 1547 en Praia de la Isla Terceira en las Azores. Hijo de Sebastián Martín Do Canto y de María Díaz Viera. Con apenas 15 años, se embarcó para probar suerte en la Nueva España donde residió temporalmente en la Nueva Galicia, de la cual huyó por delitos que cometió. Supuestamente lideraba a unos bandoleros que asaltaban en los caminos que van de Guadalajara a Zacatecas y viceversa.  Llegó a la Nueva Vizcaya en la cual sirvió a las empresas de pacificación y colonización de parte del gobernador Martín López de Ibarra. Salió de San Gregorio de Mazapil con dirección al noreste, acompañado por 25 soldados. Se supone que entre 1575 y 1577 fundó la Villa de Santiago del Saltillo. Luego fundó la Villa de Santa Lucía, pero como no tenía permiso ni reconocimiento del Rey de España, es considerada un simple asentamiento informal. Se le atribuye también el bautizo de algunos puntos de la región, como el Cerro de la Silla, las Mitras, el Valle de Nueva Extremadura, el Río Santa Catarina, la estancia del mismo nombre y San Gregorio.
En 1577 encontraron unas vetas de plata en el extremo oriente de la sierra de Picachos a las que llamaron San Gregorio en el actual Cerralvo, para recordar a San Gregorio de Mazapil. Le dieron la vuelta a esa cordillera para llegar a otro punto en donde encontraron otras vetas de plata a las que llamaron de La Trinidad en el Valle de Couila, primer asiento de lo que actualmente es Monclova, Coahuila.

Se comenta que por la clase de persona que fue, todas las damas de su tiempo se enamoraban del soldado. Su personalidad y buen porte (alto y rubio) lo hacían mujeriego en exceso. Por eso también le apodaban “Alberto del Diablo” por ser un alborotador de indígenas y demás gente. En 1581 decidió ponerle los cuernos a su mejor amigo y compañero. Empieza a cortejar a doña Juana Porcallo y de la Cerda, la tercera esposa de Diego de Montemayor.

Diego de Montemayor se casó en primeras nupcias con doña Inés Rodríguez, vecina de Málaga, España el 7 de diciembre de 1548. Con ella pasó a la Nueva España al poco tiempo. En segundo matrimonio, contrajo nupcias con doña María de Esquivel, de la cual tuvo a su único hijo varón, al que llamaron Diego de Montemayor y Esquivel y en consecuencia apodaron "El Mozo". En tercera y última instancia, se casó con doña Juana Porcallo y de la Cerda, quien era hija de un inmigrante portugués y con quien procreó a una hija de nombre Estefanía; quien por cierto una ocasión declaró "que vio al capitán Alberto del Canto con su madre en la cama muchas veces, pero por temor no dijo nada", especialmente cuando su padre salía con rumbo a Santa Lucía y a los minerales de San Gregorio. Una noche Montemayor regresó a Saltillo y los vio en una relación sexual. Con coraje y celos, Montemayor mató a su esposa por infiel con su propia espada en el lecho donde estaba con del Canto; quien pudo escapar con rumbo a San Gregorio.

Tras el asesinato de su mujer, Diego de Montemayor huyó al norte viviendo una vida salvaje, hasta que el virrey lo exoneró de todos los cargos, pues la ley no castigaba la muerte por ese motivo. Montemayor juró asesinar a su rival sin que lograra su objetivo. Entonces se dejó crecer la barba y con sus hombres acudió hasta San Gregorio para dar muerte a su traidor y rival en amores. Los conquistadores se dividieron: unos apoyaron a Montemayor y otros a del Canto. Se supone que Luis Carvajal y de la Cueva al saber de la división de los pobladores, logró sellar una alianza entre Alberto del Canto y Diego de Montemayor. Contrajo nupcias Estefanía en 1586, procreando su primer hijo llamado Miguel de Montemayor en 1587, para fines de 1589 nace su segundo hijo bautizado con el nombre de Diego de Montemayor y en 1593 tienen a su única hija, Elvira. Las cosas no terminaron bien para del Canto. En 1593, fray Pablo de Góngora lo acusó ante  el Tribunal de la Inquisición por sus amoríos con doña Juana Porcallo y tres años después, sus hijos se fueron con su abuelo a fundar la Ciudad Metropolitana de Nuestra Señora de Monterrey en 1596.

La descendencia de Alberto del Canto y de Estefanía Montemayor Porcallo, dejaron de usar el apellido del Canto y tomaron el apellido materno Montemayor, relegando al olvido el apellido del fundador de Saltillo. Pero hay muchos descendientes regados. Todos los Rodríguez de San Pedro Garza García y Santa Catarina vienen de esa rama familiar, al igual que todas las dinastías que poblaron el valle del Huajuco entre los siglos XVII y XVIII. Y dicen que los rasgos güeros y ojos de color se deben a del Canto pues tenía orígenes en Inglaterra, ligados al ducado de Kent.

La rivalidad entre del Canto y de Montemayor se hace aun visible entre Saltillo y Monterrey: la virgen del Roble y el Santo Cristo, la capital de las provincias internas de oriente, la rivalidad entre Ramos Arizpe y el padre Mier, la elección del sitio en donde fundar la universidad en 1933 y otras cosas más. En mi añorado Saltillo tienen a del Canto como insigne fundador y poblador y se le reconoce por sus méritos. Alberto del Canto y Díaz de Vieira exploró el norte de la Nueva España. Desde la Nueva Galicia, la Nueva Vizcaya y el Nuevo Reino de León, apoyando la fundación de pueblos y minerales importantes. Por eso en 1996 quisieron inaugurar un monumento en su honor, pero salieron muchos partidarios que no era posible rendir homenaje a quien le robó la esposa y se quedó con la hija del fundador de Monterrey. El monumento está cerca del paseo de Santa Lucía, al este de la calle de Diego de Montemayor. Lo más extraño es que no hay monumento de él en su Saltillo del alma.

Como se advierte, Alberto del Canto es indudablemente un personaje enigmático y controvertido. La de un hombre inquieto, de espíritu aventurero y sagaz. Amante de la madre y esposo de la hija. De personalidad controvertida, lo mismo esclavizó y vendió naturales y dicen que por las noches le gustaba disfrazarse de fantasma para asustar a los paseantes. Fungió en repetidas ocasiones como alcalde y regidor de Saltillo. Reconocido domador de caballos. Al final de su vida se retiró a su propiedad en la hacienda de Buena Vista de Saltillo, que luego cambió a Urdiñola, se casó otra vez y murió en Parras en 1611.


Mi abuelo Alberto del Canto.

Me dedico a contar narraciones e historias en donde me piden y me invitan.

Santa Catarina, Nuevo León, Mexico