domingo, 27 de agosto de 2017

Los Urdiales, Nuevo León

Antonio Guerrero Aguilar/

Entre 1986 y 1987 tuve la oportunidad de colaborar en el trabajo pastoral de la comunidad del templo de nuestra señora del Carmen en la colonia Urdiales. En ese periodo estaban construyendo un puente entre el cruce de la avenida Gonzalitos y Paseo de los Leones. El camión de la ruta 25 entraba por la antigua avenida Urdiales, ahora llamada Eduardo Aguirre Pequeño, para después pasar por la calle Popocatépetl. En la esquina con Pico de Orizaba aparecía una antigua construcción de sillar. Una cuadra después, se presentaba una plaza típica de pueblo y enfrente un templo. La casa como el templo parecían vetustas construcciones de sillar y sobresalían del resto de las casas de los alrededores.

Precisamente el templo como la casona son las únicas que quedan de la antigua comunidad de Los Urdiales, ahora considerada como una colonia más de Monterrey. Pero hace más de cien años, fue la segunda comunidad agrícola más importante de Monterrey, después del Topo Chico y antes que San Jerónimo. De  hacienda, luego congregación y colonia, gradualmente se fue integrando a la mancha urbana hasta que quedó encerrada entre bodegas, fraccionamientos industriales y colonias. Al principiar la década de los 1970 la comunidad de Los Urdiales fue dividida en dos por la avenida Gonzalitos.

El templo aunque pequeño, ostenta una arquitectura austera y sencilla pero a la vez muy interesante. En el coro del templo se ven unas fechas “1876-1896”, que indican el inicio como la conclusión del edificio. Con el correr del tiempo, tuve la oportunidad de buscar información en el Archivo Histórico Municipal de Santa Catarina (1987-1991) y en algunas obras de carácter histórico y con ello pude conformar un esbozo histórico de la antigua comunidad de Los Urdiales. Parte de la investigación fue publicada en la sección Cumbres del diario El Norte en mayo de 1990. Pero los datos más amplios y específicos permanecían inéditos. Es por eso que presento una síntesis histórica de los Urdiales, para que Ustedes tengan una idea de lo importante que tuvo ésta comunidad para la historia de Monterrey.

La comunidad de Los Urdiales fue una de las haciendas que conformaban la municipalidad de Monterrey entre el siglo XIX y la primera mitad del siglo XX, junto con San Bernabé del Topo Chico, los Tijerina, Gutiérrez, Doctor Gonzalitos, San Jerónimo, el mineral de San Pedro, el Ancón, Labores Nuevas, los Cristales y Los Urdiales. Los ranchos eran Piedra Parada, la Hedionda Chica, las Boquillas y los Remates. Con el crecimiento de la mancha urbana, esos poblados se fueron fusionando o integrando a nuevos centros habitacionales; convertidos en colonias, perdiendo con ello su categoría de congregaciones y pueblos.

Un informe correspondiente a los primeros años del siglo XX, situaba a Los Urdiales a 6,285 kilómetros al noroeste de la plaza Zaragoza. Asentado  en un pequeño valle que se formaba rodeado de las estribaciones de la sierra de las Mitras, el cerro del Topo y del Obispado. Para llegar al viejo casco de la hacienda, se salía de Monterrey por la calle de Aramberri; se pasaba por entre los dos panteones, el del Carmen y Dolores. Al llegar a fleteros y la cigarrera, se cruzaba las vías de ferrocarril y Madero. Ahí comenzaba la antigua avenida Urdiales que pasaba cerca de las facultades de Medicina y Odontología y a menos de medio kilómetro aparecía el centro agropecuario en donde sobresalían las fincas rústicas, un gran centro productor de lácteos, los corrales y los montes en donde pastaban las vacas, las cabras y las aves de corral.

En los señoríos territoriales de la hacienda, ahora se levantan las colonias Mitras centro, sur, parte de la norte y el fraccionamiento Bernardo Reyes, un sector de las colonias Cumbres y Vista Hermosa, todo el campus de la salud de la UANL, los panteones El Tepeyac y el Roble y el gimnasio Nuevo León.  La vieja comunidad agrícola fue absorbida por la mancha urbana y con ello, perdió a sus viejos habitantes y sus costumbres. Ciertamente ganó otras de carácter urbano. Actualmente ésta zona habitacional es una colonia más de Monterrey, pero en su tiempo llegó a ser la tercera comunidad más importante después de la ciudad capital y del Topo Chico. ¿Quién no recuerda a sus bailes y demás diversiones a las que asistían personas de los alrededores? Las visitas para comprar huevos o productos lácteos. Para quienes llegaron a residir en la naciente colonia Mitras a mediados del siglo XX, un pueblo, un rancho más cercano a las colonias circunvecinas.

El apelativo Urdiales es originario de Castro, provincia de Santander, España. Su origen viene del vasco Urda que significa pasto y del sufijo Ales: literalmente es el terreno sembrado de pasto. A su vez, Ordio viene del latín Hordeum que significa cebada. El primer poblador aparentemente originario de Guanajuato, que habitó el Nuevo Reino de León es José Urdiales, quien acompañó al capitán Alonso de León en la expedición para buscar a los franceses que habían establecido un fuerte en las cercanías en las costas de Texas, próximas a Corpus Christi el 27 de marzo de 1689. Durante el siglo XVIII había algunas familias con éste apellido, teniendo sus residencias en un lugar situado al poniente de la Plaza de Armas, entre el camino real a Saltillo y el río Santa Catarina. Otros Urdiales vivían cerca del Ojo de Agua de Santa Lucía y hasta había un barrio conocido como “Las Urdialitas”. En el siglo XIX y XX encontramos personas de apellido Urdiales en censos correspondientes de Santa Catarina como en Garza García.

En la hacienda de Los Urdiales había labores de riego y terrenos en donde pastaban y criaban ganados mayores y menores. Los Urdiales fue establecida gracias a los esfuerzos de los hermanos José Ángel y Pedro Urdiales quienes consiguieron mercedes de tierra para formar una hacienda en 1845. Al año siguiente, un destacamento al mando de Zacarías Taylor se quedó en las inmediaciones del lugar, para arribar a San Jerónimo en donde inició el asedio a la ciudad de Monterrey en septiembre de 1846. Para 1861 la hacienda estaba situada rumbo al camino a Villa de García y al Topo Chico y por sus terrenos pasaba el ferrocarril al Topo. Tenía una extensión territorial de dos sitios de ganado mayor, equivalentes a 3, 530 hectáreas. El pueblo estaba compuesto por 63 fincas, dos de ellas consideradas como rústicas con un valor de mil 400 pesos a principios del siglo XX y los sitios mayores en 600 pesos. Los terrenos como las propiedades estaban valuadas en dos mil pesos.

Los vecinos organizados en un régimen comunal se dedicaban a la agricultura y a la ganadería. Era un pueblo próspero que cosechaba cantidades considerables de maíz y caña de azúcar;  por ello había algunos trapiches y moliendas de piloncillo en el lugar. La hacienda tenía su saca de agua y otros remanentes procedentes de San Jerónimo. También había terrenos de agostadero en donde la población criaba y cuidaba en orden de importancia el ganado porcino, vacuno, caballar, asnal y mular. Las fincas mantenían sitios arbolados en donde predominaban los aguacatales, las anacuas y los nogales, mientras que en los montes de los alrededores; las ayas, sauces, álamos, mezquites, duraznillos, barretas, moras, naranjos, granjenos, canelos, chaparros y huizaches.


El 9 de abril de 1886, estaban unos 25 o 30 hombres armados en el puerto del Durazno, en los límites de Santa Catarina y Villa de García, a inmediaciones del cerro de las Mitras. Dicen los informes que de vez en cuando tiraban balazos y lanzaban vivas sin precisar a quién. Toda la parte norte de Monterrey y General Escobedo y García, estaban expuestos a la inseguridad y a los ataques. Por ejemplo, en el puerto de Durazno había tres bandidos que se habían enfrentado a una fuerza de Villa de García. Enviaron a unos 20 vecinos de Santa Catarina para perseguirlos hasta un lugar conocido como El Encinal cercano al cerro de las Mitras. De ahí se pasaron a San José y finalmente a Los Urdiales en Monterrey.

domingo, 20 de agosto de 2017

El Castillo del Arte y la Cultura

Antonio Guerrero Aguilar/ 

Propiamente yo crecí en un ambiente feudal. En 1969 mis padres nos llevaron a habitar una casa en la calle 10 de Mayo número 318. Era la última casa del pueblo, al pie de la montaña conocida como La Ventana. Tenía por patio a una buena extensión de terreno en donde sobresalían dos lomas a la que llamaban del Frijolillo y de la Santa Cruz. En la calle 10 de Mayo junto a la calle de la Santa Cruz había un parque llamado Miguel Hidalgo. Ahí una placa daba testimonio que Alfonso Martínez Domínguez lo había donado al pueblo de Santa Catarina entre 1964 y 1966, siendo alcalde Fidel Ayala Rodríguez. Sobre unas estructuras de piedra, estaba un busto del padre de la Patria, con algunos juegos metálicos y otros de concreto. Por el parque accedíamos a una pequeña ermita en donde estaba una imagen de nuestra señora de Lourdes en donde se reunían las vecinas para rezar el rosario. En ese lugar crecí y viví entre 1969 y 1975. El barrio del castillo, compuesto por las calles 10 de mayo y Segunda Avenida, Corregidora, Santa Anita y Santa Cruz, tan característico por el castillo que señorea en el entorno. Para quienes transitan por nuestro municipio se preguntan acerca del inmueble edificado sobre una loma. Causa extrañeza y curiosidad. De pronto se cuestionan sobre lo que es y significa para nuestra historia.

A la loma de la Santa Cruz también se le conoce como la “loma Pelona” por carecer de vegetación. Fue adquirida por Manuel Frías, en 20 mil pesos para edificar un castillo, entre 1951 y 1955. Manuel Frías nació en Monterrey en 1896, era hijo de Manuel Frías y Concepción García. Aprendió pintura y escultura de forma autodidacta. Fue miembro honorario del club de Leones de Santa Catarina cuando se fundó en 1960. Pintó tres murales, uno está en la sede del club, otro en la sala de cabildo de la presidencia municipal realizado entre 1964 y 1966 y otro en el castillo lamentablemente destruido. También diseñó el busto de Benito Juárez que se encuentra en la plaza principal de San Pedro Garza García. Residía en Monterrey en donde se dedicaba a la industria mueblera. Murió el 7 de octubre de 1982 en Monterrey.

Don Manuel diseñó todo el proyecto para el castillo. Primero construyó un camino hasta la cima. Apoyado por un grupo de albañiles logró nivelar el terreno, levantar el edificio y dejar un sótano; ahí moldeó unas galerías que simulaban unas grutas repletas de estalactitas y estalagmitas de concreto y yeso; que orgullosamente presentaba a los visitantes como una copia de las Grutas de García. En las terrazas del castillo instaló reproducciones del calendario azteca, una cabeza olmeca, la imagen del dios prehispánico de la primavera, una enorme olla, dos serpientes emplumadas que cuidaban la entrada de la sala, una fuente y una mesa de concreto con mosaico. Consta con dos niveles (además del sótano) con cuatro torreones, amplias terrazas de acceso y cuatro habitaciones para uso personal. Tiene una sala estancia en forma octagonal en la que estaba el mural de 9 metros de largo por tres de ancho, realizado en 1956, en donde se podían apreciar las principales montañas que rodean a Monterrey. Don Manuel atendía el local los fines de semana, para que los turistas pudieran conocer sus trabajos. Incluso una aventurita de Pipo se rodó en éste lugar en 1969.

Para llegar al mismo deben seguir por la avenida Manuel Ordóñez con rumbo al poniente. Está a tres cuadras pasando la Ixtlera. Pueden subir con su vehículo pero con precaución, un camino sinuoso y empedrado los espera. Lo mejor es dejar el auto  y caminar para ver el paisaje. Se quedarán asombrados de la vista que se puede hacer por todos lados. La subida a píe se hacía por Santa Anita y 10 de Mayo. Aún está la ermita en donde alguna vez estuvo la imagen de la virgen de Lourdes y ahora está la de nuestra señora de Guadalupe. La casa amarilla al píe de la loma está en mal estado y muchos de los terrenos de los alrededores fueron adquiridos por particulares quienes tienen por patio una loma con un castillo. Por el lado sur se llega a otra lomita que servía como mirador y de ahí hasta la parte alta de la loma.

Este castillo del arte y de la cultura, fue obra de un solo hombre; que invirtió años de dedicación, recursos y esfuerzos. Fue una de las primeras galerías para exponer obras de arte en Nuevo León a partir de 1955. A simple vista parece un castillo de cuentos de hadas, pero en realidad era el Castillo del Arte y de la Cultura. Y fue construido con la ilusión de ser un orgullo para Santa Catarina y otro atractivo turístico más en la región. A la muerte de Manuel Frías en 1982, la galería de arte fue totalmente destruida. Lamentablemente fue dañado por el vandalismo y el mural emblemático fue borrado durante la restauración del inmueble en 1992.


En 1991 la señora Teresa García de Sepúlveda dispuso con la familia Frías el rescate del Castillo; para hacer de él una casa de la cultura, museo, archivo y hasta la sede del Consejo Promotor del Arte y la Cultura de Santa Catarina. Luego los munícipes Atanasio González Puente, Arturo Ayala y Alejandro Páez lo dejaron como academia de policía (1992-1998). Humberto González Garibaldi lo destinó para oficinas de promoción económica y turística pero al desaparecer la dependencia municipal, el sitio quedó abandonado hasta el 2008. En el 2006 pensaron trasladar el archivo municipal y dejarlo como museo histórico, pero las condiciones de humedad y de inseguridad evitaron la apertura. Siendo alcalde Dionisio Herrera lo prestó para la rehabilitación de jóvenes con algunas adicciones. A mi juicio urge su rehabilitación para fines culturales, como centro de desarrollo comunitario y sede para talleres artísticos y hasta deportivos.

viernes, 4 de agosto de 2017

Chipinque: del valle de las Salinas a la Sierra Madre

Antonio Guerrero Aguilar/

Para don Humberto Buentello Chapa, el nombre de Chipinque se refiere a un cacique indígena que asolaba la región del valle de las Salinas durante el siglo XVII. Para otros, la palabra está relacionada con el vocablo de origen náhuatl "chichipinqui" cuyo significado se traduce como llovizna o lluvia pequeña. Por eso cuando no llueve tan fuerte, decimos “está el puro chipi chipi”; la famosa lluvia moja tontos por no decir la otra palabra tan generalizada. Hay dos Chipinques en Nuevo León: la cabecera  de El Carmen, municipio situado en el antiguo valle de las Salinas y el paraje de la meseta al pie de la formación rocosa conocida como la M en la Sierra Madre Oriental, también llamada sierra de la Huasteca  o Anáhuac perteneciente a San Pedro Garza García. El primer Chipinque fue establecido poco antes de 1626, cuando Bernabé de las Casas otorgó unas tierras como dote a su hija María de las Casas, situadas en el valle de las Salinas llamadas el puesto de El Chipinque. Estas pertenecieron a María y a su esposo Juan Alonso Lobo Guerrero, convertida en una de las haciendas más antiguas en la cual beneficiaban metales y se labraba la tierra gracias a la abundancia del agua. Al morir éstos, vendieron las tierras a sus tíos Diego de Villarreal y Beatriz de las Casas. Al constituirse la municipalidad de Abasolo el 5 de abril de 1827, El Chipinque pasó a formar parte de su jurisdicción. Pero el 5 de febrero de 1852 se separó para formar un nuevo   municipio al que llamaron El Carmen.


El otro Chipinque está en la Sierra Madre Oriental. El territorio perteneciente al actual municipio de San Pedro Garza García, tiene su origen en una merced de tierras otorgada por Diego de Montemayor a favor de Diego Rodríguez, las cuales abarcaban un sitio de ganado mayor, uno de ganado menor y ocho caballerías de tierra en el paraje Los Nogales. En 1624 pasaron a formar parte del matrimonio entre la hija de Diego Rodríguez y Sebastiana Teviño llamada Mónica, quien se casó con Miguel de Montemayor. Estas tierras se acrecentaron por el rumbo del valle del Huajuco en donde los Rodríguez de Montemayor formaron haciendas y familias. Por la calidad de la tierra y las aguas, la hacienda de los Nogales seguramente fue de las mejores de todo el reino. Estuvo  al cuidado del valle de San Pedro y luego perteneciente a la municipalidad de Garza García.

Estos terrenos correspondientes a la sierra de la Huasteca y conocidas como de Anáhuac, pertenecieron a Rafael García Garza. Su hijo Antonio García a nombre de la familia, vendió a Prisciliano Siller el 15 de enero de 1877 todos los terrenos que les pertenecían situados en la Sierra Madre. En un plano de 1906 aparece un lugar en la montaña perteneciente a la familia Siller llamándole Chipinque, dentro de la Comunidad de Accionistas de la antigua hacienda de San Pedro. Para José Flor Navarro fueron  Pedro Tijerina y Julián Cisneros, unos excursionistas del Círculo Mercantil Mutualista de Monterrey quienes le pusieron Chipinque en 1918. Anteriormente a la meseta se le conocía como la Mesa del Pelotazo, en alusión al tiro de arcabuz.

Cuando el general Juan Andrew Almazán fue jefe de operaciones militares en Nuevo León, compró parte de una extensión de tierras a la familia Siller poco antes de 1936; ahí mandó hacer una colonia veraniega llamada Olinalá en honor al pueblo en el cual nació en el estado de Guerrero. Dispuso la construcción de un camino rumbo a Chipinque, el cual incluía un puente que pasaba por el río Santa Catarina cerca de San Jerónimo. Este subía por un lugar llamado Los Puertecitos en la Loma Larga, por donde ahora está la escultura de la Diana y bajaba para adentrarse a las labores de la llamada La Décima. Los trabajos de construcción estuvieron dirigidos por el general Rodolfo Herrero. Estas obras propiciaron un eje vial del cual partía una avenida llamada Libertad hacia el norte, hoy Gonzalitos; al este la calle Hidalgo, al oeste San Jerónimo y al sur la carretera a Chipinque.

Por fin, fueron inauguradas el sábado 7 de septiembre de 1935, comprendiendo el puente y la carretera a Chipinque. Ya con un acceso seguro y formal, el paraje se hizo famoso por su importancia y belleza. Se construyó un magnífico edificio que sirvió como restaurante el cual debió cerrar a fines de 1936 por incosteable; pero el lugar se convirtió en un atractivo turístico, pues el entorno montañoso comprendía un bosque cercano a la ciudad de Monterrey, con todas las ventajas climáticas en contra de los fuertes calorones que se sienten en la región. En 1939 toda la Sierra Madre y algunas zonas montañosas situadas en los municipios circunvecinos de Monterrey, fueron declaradas como patrimonio del Parque Nacional Cumbres de Monterrey, el cual abarca la sierra de la Silla, toda la sierra comprendida entre Garza García, Santa Catarina y Santiago. En septiembre de 1976, siendo alcalde el ingeniero Enrique García Leal, se aprobó la disposición de cambiarle el nombre al camino a Chipinque, por Manuel Gómez Morín en honor al ilustre abogado quien fuera rector de la UNAM, director del Banco de México y fundador del Partido Acción Nacional en 1939.


En agosto de 1989, el gobernador del estado, el Lic. Jorge Treviño Martínez aprobó la expropiación de dos mil 300 hectáreas del Parque Ecológico Chipinque, ubicado dentro del Parque Nacional Cumbres de Monterrey. Esta parte de la montaña se convirtió en patrimonio de Nuevo León, ubicada en los terrenos localizados en el municipio de San Pedro Garza García. Debido a presiones de inversionistas y desarrolladores inmobiliarios, la zona natural protegida acortó su jurisdicción territorial, pues casi toda la zona metropolitana de Nuevo León estaba dentro de la declaratoria oficial del parque Cumbres de Monterrey. Luego las familias que se quedaron con la mayoría de los terrenos,  recuperaron el control de algunos sitios importantes de Chipinque.

Entonces el presidente Ernesto Zedillo redimensionó las porciones dentro del parque quedando el cerro de la Silla, la zona cercana a Chipinque y unos cientos de hectáreas dentro de la Sierra Madre de Santa Catarina, Santiago y García.  Mediante decreto oficial de 1992, Chipinque quedó como parque ecológico con una vocación específica para la recreación y la conservación. Se formalizó un patronato integrado por el gobierno de Nuevo León y la iniciativa privada, representada por siete de las más importantes corporaciones del país. El área total es de mil 625 hectáreas, de las cuales sólo 300 se hayan abiertas al público; aproximadamente 700 están destinadas para uso medio y las restantes a la protección y conservación. La misión del parque es proteger la flora y fauna silvestres, y garantizar la conservación de los recursos naturales por medio de procesos adecuados que promuevan una cultura de respeto y aprecio por los aspectos físicos y naturales.



En esa sección de la Sierra Madre conocida como la M, sobresale el “Copete de las Aguilas” a dos mil 236 metros sobre el nivel del mar, la emblemática “M” a dos mil 30 metros y la Ventana a mil 900 metros. La Mesa de Chipinque está a mil 525 metros sobre el nivel del mar. Desde la entrada hasta la meseta, hay siete kilómetros de camino sinuoso pavimentado. La diversidad biológica en esta zona de la Sierra Madre es muy rica. Existen bosques templados subhúmedos y matorral submontano. Los tipos de vegetación más importantes en la parte alta son el bosque de pino y el de encino, con pino colorado y el blanco, y los encinos asta, roble, memelito, molino duraznillo y blanco, en asociación con atractivas especies como el duraznillo, el aguacatillo, el madroño, el cerezo negro, y el nogal encarcelado.  Desde Chipinque se puede ver toda la zona. Un bosque dentro de la ciudad, patrimonio de todos los nuevoleoneses.

domingo, 23 de julio de 2017

La comunidad de San Jerónimo de Monterrey

Antonio Guerrero Aguilar/

Quién dijera que una de las zonas comerciales y con corporativos y oficinas de Monterrey, fuera un día una comunidad agrícola. Es curioso pero los en los alrededores de Monterrey hay dos poblaciones con nombres de santos pertenecientes a la patrística cristiana como San Agustín y San Jerónimo. San Jerónimo de Estridón (347-420) tradujo la biblia del griego y el hebreo al latín. Es considerado padre de la Iglesia y uno de los cuatro grandes padres latinos. En honor a éste padre de la Iglesia hay una población muy importante y de las más antiguas de Monterrey junto con San Bernabé del Topo Chico y Los Urdiales; primero como lugar de paso de los colonizadores y luego como un importante centro agrícola.

San Jerónimo está situado al pie de la sierra de las Mitras y del río Santa Catarina, por eso se benefició por los escurrimientos que alimentaban los mantos acuíferos del sector. La gente de aquellos tiempos hablaba de la existencia de un jagüey. Creo que al menos hubo otro. A toda la comunidad se le puede limitar al poniente con el arroyo del Obispo  cuando se junta al Santa Catarina y al oriente con las inmediaciones del cerro del Obispado. Una parte de las tierras de San Jerónimo le fueron mercedas a Lucas García en 1596, luego a Alonso de Molina en 1608 que vendió a Diego Rodríguez. Este las pasó a su hija Mónica, casada con Miguel de Montemayor, ambos fundadores de la Hacienda de San Pedro Los Nogales a partir de 1624. Poco antes de morir declaró en su testamento cuatro caballerías de tierra que dejó en herencia a sus hijas Bernarda e Inés. En 1709 San Jerónimo pasó a ser propiedad de los hijos de Mateo Rodríguez y Leonor Fernández.

El 22 de septiembre de 1787, el bachiller Alejandro de la Garza, comisario del Santo Oficio de la Inquisición, cura interino, vicario y juez eclesiástico de Monterrey, vendió en 2 mil pesos al señor obispo fray Rafael José Verger, las tierras y aguas que integraban la capellanía fundada por María González Hidalgo y su esposo Antonio López de Villegas.  Se componía de seis caballerías de tierra con el agua que sale del potrero de Santa Catarina en la hacienda del mismo nombre. También tenía bajo su control, las partes de potrero y las demás tierras de agostadero alrededor del cerro de las Mitras, incluyendo dos caballerías de tierra en San Jerónimo.

El 5 de enero de 1832, llegó a Monterrey el religioso franciscano José María de Jesús Belaunzarán y Ureña, para tomar posesión de la diócesis que tenía tiempo de estar vacante. Venía en una pequeña carreta movida por una mula. La grey regiomontana lo esperaba con júbilo, cuando lo vieron le quitaron el animalito para empujarla ellos mismos. Desde entonces se le conoce como el arroyo del Obispo en honor al ilustre prelado que gobernó la diócesis hasta 1838. Precisamente en éste punto, Jacinto Lozano estableció unos molinos en 1841 a los que llamaron de Jesús María. Para cruzar de los molinos a San Jerónimo tenían que bajar por una pendiente complicada, que a fuerza de tanto ir y venir se hizo un vado, luego un puente de madera o simplemente bordeando sus lados. Cada vez que caían las torrenciales lluvias, el camino se interrumpía hasta por un mes. Las vías del tren se colocaron en 1882 y en 1883 construyeron el puente para el ferrocarril y desde 1935 la carretera que recorre hasta Saltillo.


San Jerónimo es un pueblo heroico. El 21 de septiembre de 1846, unos “Rangers texanos” al mando del capitán John Cofee Hays,  destrozaron al regimiento de los Lanceros de Jalisco al mando del general Anastasio Torrejón y Juan Nepomuceno Nájera.  Luego los del ejército norteamericano avanzaron hacia el Obispado por La Loma Larga para atacar un sitio que llamaban “Los Puertecitos” en donde estaba el Fortín de la Federación. Con ese triunfo controlaron las entradas y salidas por el camino a Saltillo, pues San Jerónimo era la única vía por la que Monterrey podría recibir auxilio del resto del país.

De acuerdo a testimonios de la época, el camino entre Monterrey y San Jerónimo estaba cubierto por una capa de tierra suelta de unos 15 centímetros, que al paso de las carretas formaban una espesa nube de un terregal que impedía la visibilidad. El polvo parecía talco  y cuando llovía se convertía en un lodazal que impedía el trayecto de los viajeros y jinetes. Pasando el arroyo del Obispo hacia Santa Catarina, el paisaje era más amable; había labores por ambos lados.  Como se advierte, San Jerónimo fue un lugar estratégico y de paso. Era el punto de convergencia con el camino del Topo, Santa Catarina y San Pedro con Monterrey. Lugar pintoresco repleto de huertas con nogales y aguacatales y campos donde sembraban maíz y frijol. Ahí don Jesús Llaguno estableció su residencia llamada Santa María. Una serie de casas diseñadas por el Arq. Guillermo González y construidas por el Ing. Juan Doria Paz, delimitadas por una barda de sillar que pertenecieron a la vieja fábrica de La Leona, ahora repleta de construcciones muy altas que alojan oficinas, hoteles y centros comerciales. Desde 1943 quedó unida a la colonia del Valle a través del puente Miravalle, nombre de la colonia que se estableció en sus campos de cultivo.

En el año de 1896 fue construida una capilla que albergó la devoción a María Santísima y era dependiente de la parroquia de la Purísima Concepción. Luego se hizo templo cuya hechura comenzó un señor de apellido Treviño Garza el 2 de enero de 1901. La primera piedra fue colocada el 24 de enero de 1901 por el padre Manuel P. Viramontes. Desde 1939 se le empezó a llamar Iglesia de Nuestra Señora del Carmen.  El templo actual comenzó a construirse cuando el entonces arzobispo de Monterrey, Alfonso Espino y Silva bendijo y colocó la primera piedra el 23 de julio de 1953 y que fue concluido el 21 de septiembre de 1965. Tiene categoría de parroquia desde el 4 de julio de 1962, quedando el padre Miguel Alanís Cantú como su primer párroco. Tres años después nombraron párroco al sacerdote Jesús Huerta. El 31 de Mayo de 1977 fue nombrado párroco el Pbro. David García Limón y recientemente el padre Miguel Neftalí González Pérez.  Las colonias que pertenecen a la parroquia son El Carmen, Fuentes del Valle, La Escondida, Santa María, Pedreras, Balcones del Carmen, Rincón del Valle, San Jerónimo, Miravalle y Sendero San Jerónimo.



Al frente del templo está el Colegio Mexicano. Esos terrenos pertenecían a la señora Angélica Quiroga de Treviño y a su hija Sor María del Verbo Encarnado que formaba parte de la congregación. En 1947 hicieron la donación y al año siguiente se hizo la bendición de la primera piedra por parte del señor Arzobispo Guillermo Tritschler. Luego un patronato formado por José Sada Gómez, José Maiz Mier y Ricardo Guajardo, junto con un grupo de bienhechores y donadores, aportaron para la construcción del plantel que opera desde 1951. Ya con el colegio, la colonia Miravalle y el puente que comunicaba hacia la colonia del Valle, detonaron el crecimiento en el sector. Muchos de los pobladores originales de San Jerónimo tenían nexos familiares con San Pedro, La Fama y Santa Catarina.  Ahora zona exclusiva con oficinas corporativas, clínicas y centros comerciales. Lamentablemente todas las construcciones originales del siglo XIX y parte del XX fueron destruidas. Lugar de paso entre Saltillo, Santa Catarina y Monterrey, pero repleto de historia que vale la pena conocer y apreciar.

domingo, 9 de julio de 2017

Las campanas de Santa Catarina

Antonio Guerrero Aguilar/

Dicen que los malos deseos son como las llamadas a misa, solo las atiende quien quiere. Pero debemos aprender a escucharlas pues representan a los signos de los tiempos.


Decían que las mejores campanas se hacían en la región de Campania al sur de Italia. Por eso les llamaron así. El tañer de las mismas tiene un rico lenguaje. Con ellas se lloraba a los muertos, disipaba a los relámpagos, anunciaba el día del Señor, animaba al perezoso, dispersaba los vientos y apaciguaban a los sanguinarios. Señalaban las horas y también anunciaban episodios y revueltas. Era recordatorio para la reunión del pueblo entero y hay de aquel que no acudiera a su llamado. Durante mucho tiempo las campanas suplieron al radio de nuestros tiempos.


Como la voz humana no se podía escuchar en todos lados, a través de los campanarios se pregonaba los días cívicos y fiestas de guardar. Daban la hora, pedían ayuda para apagar a un incendio, avisaban cuando se acercaba un enemigo, llamaban a los hombres a las armas y los citaban al trabajo; los enviaban a recogerse en sus casas y recordaban cuando debían acostarse. ¿Por quién doblan las campanas?  Doblaban por que daban la vuelta. Por y con tristeza por la muerte de un ser querido en la comunidad. Pero también expresaban la alegría pública. Y teníamos unas campanas que se oían en la sierra y en todo el valle de Santa Catarina. Algunos recuerdan su mensaje hasta Rinconada.

Una campana es la voz de Dios. Cuando suenan es el Padre eterno quien invoca y la asamblea convoca como parte de su pueblo. Desde el medioevo se relacionan con la Iglesia y sus templos. Los campanarios son torres que indican al cielo y a la divinidad. Pero también los hombres se llaman entre sí. Cuando se tocaban, dividían los tiempos de la comunidad: para levantarse, comer, dormir y trabajar. Cada vez que había un problema en la comunidad, un responsable hacía tañer las campanas para que todos en solidaridad apoyaran a quien lo necesitara. Antes de campanario había la espadaña, como construcción regularmente triangular que nos recuerda a la Santísima Trinidad y en la cual había unos huecos para los instrumentos, como por ejemplo,  la que tienen en el templo de San Carlos en Vallecillo.


Cuando la situación económica cambiaba se hacían los campanarios, pero no los terminaban pues decían éstos deben acabarse con el fin de los tiempos. Por eso vemos en las fotos y grabados las torres mochas. Aquí en Santa Catarina teníamos la campana mayor dedicada a María Santísima. Dicen que su calidad del metal era tan buena que fácilmente se oía en el valle como adentro del cañón. De tanto tañerla la campana se abrió y hubo necesidad de repararla. Vinieron para bajarla, se la llevaron pero ya no sonó igual. Se hizo gracias al apoyo de la familia González Steel y de los Audifred en la década de 1960. Siempre se dijo que tenía una aleación especial con plata y oro. Otra la vez la campana se dañó y volvieron a repararla en 1987. Y tampoco sonó igual. Y hace poco les dio por limpiarlas y perdieron más su sonido característico.

En 1872 los vecinos de Santa Catarina compraron un reloj para colocarlo en algún lugar visible. Para ello mandaron construir un campanario. Llegaron contribuciones de distintos lugares y hasta se organizó una corrida de toros. La torre seguía en construcción y una vez concluida, Marcelino Tamez instaló la maquinaria para el reloj el 22 de julio de 1879. El campanario consta de dos cuerpos: la base hecha con piedra azul de la sierra Madre de Santa Catarina y el segundo con sillares. Se compraron campanas y unas vigas para sostenerlas. Toda la obra costó 680 pesos y fue inaugurada en 1881. Un informe de 1912 nos dice que la torre del campanario es de cal y canto y de orden toscano; con una altura aproximada de 16 metros. El  párroco continúa con la descripción: “tiene un reloj público, con cuatro campanas, una grande, dos chicas, una mediana y dos esquilas medianas. La cúpula del campanario tiene una forma piramidal algo abombada que remata en su cúspide con una cruz”. La escalera de madera en forma de caracol fue concluida el 25 de julio de 1902 por Reginaldo Castañeda. El reloj debió cambiarse en 1937, 1955 y 1964. Quienes daban mantenimiento para su funcionamiento fueron R. López, José Luis Urdiales y Roberto Páez. El padre Antonio Portillo le dio mantenimiento y funcionó durante la década de 1990. 


Por cierto, quien mantenía los relojes tanto del palacio como del templo era la misma persona y una ocasión vieron que se llevaba las piezas para ponerlas en el reloj del palacio. Ahora ninguno de los dos relojes públicos funciona, lo cual es muy lamentable. Durante la década de 1910 se hacía una llamada a las 8 de la noche para que todos se guardaran a sus casas y a las 10 para que se fueran a dormir. Por costumbre, se llama tres veces a misa antes de que comience. Para un difunto se hacía el doble: uno y dos tañidos lastimeros. Ya no lo hacen.  Ahora el campanero llama a las 12 del medio día para rezar el Ángelus.

Tenemos uno de los campanarios más altos. Un distintivo en el paisaje de La Fama, es una torre campanario de 40 metros perteneciente a la parroquia de San Vicente de Paúl. Construida en la década de 1960 por los mismos constructores que levantaron el campanario de la basílica de nuestra Señora del Roble en Monterrey. A veces estaban en La Fama y luego acudían al Roble a proseguir con las obras. Y algo tenían de razón, pues los diseños arquitectónicos de los templos del Roble, San Vicente de Paul y la Medalla Milagrosa pertenecen a Lisandro Peña (1910-1986) a quien también debemos los cines teatros Elizondo y Florida ya desaparecidos. Al arquitecto le gustaba recubrir los muros con la llamada “piedra de Vallecillo”. La estructura  del templo del Roble, realizada en la década de 1950 consta de tres elementos principales: el pórtico, las tres naves que forman el cuerpo y el campanario reloj con 75 metros de altura; la cual es similar a la del templo de San Vicente de Paul en la Fama.



La primera renacentista y la de la Fama apegada al estilo románico. Las torres campanarios de El Roble y San Vicente nos recuerdan a las torres gentilicias de origen medieval de Bolonia, Italia llamadas Garasenda y Asinelli. Los motivos por los que se levantaron tantas torres en Bolonia no están claros. Se tiende a pensar que las familias más ricas de la ciudad, en una época marcada por las luchas entre las facciones adeptas al papado y al imperio, las utilizaron como un instrumento de ataque y defensa, y sobre todo, como símbolo de poder. Hoy los campanarios son símbolos de dos templos y de un barrio y de un pueblo: el Roble y La Fama. 

domingo, 2 de julio de 2017

De San Isidro de los Guerra a Valle Poniente

Antonio Guerrero Aguilar/

Entre San Pedro y San Isidro de los Guerra, la otra banda del río situada al pie de la sierra de la Huasteca. La de tres acequias que regaban sus campos. La de grandes y fuertes mezquites, anacuas y huizaches. Parajes repletos de verdor. Ahí donde Santa Catarina, San Pedro Garza García, la Fama, la Leona, la Huasteca y la Banda coincidían. Tierra de leyendas y de cuevas ocultas repletas de tesoros. De seres extraordinarios que se aparecían por las noches.  Un río que a la mínima provocación se salía de su cauce, con lugares idóneos para el descanso y meterse a nadar. La de las fincas de gente ilustre. Un aguacatal en donde había frutas de lo más diverso y en donde la señora Consuelo Lagüera de Garza Sada sembraba y cuidaba rosales. La que solo se podía acceder por un camino al borde del río, por el vado Zaragoza en La Fama, por el vado al Blanqueo y por la Huasteca. Y don Eugenio Garza Sada compró un derecho de paso en los Treviño, por entre Alen y Jacuzzi para llegar al Aguacatal. Ese camino fue vendido por unos insensatos como si fuera de unos cuantos y cerró el acceso desde Díaz Ordaz hasta el Blanqueo. Ahora Valle Poniente.


En 1716 el sacerdote Rodrigo de Arizpe, vendió la hacienda de San Isidro al capitán Juan Guerra Cañamar, originario de Santa María de los Lagos, actual Lagos de Moreno, en donde aún hay muchos Guerra.  A mediados del siglo XVIII, la hacienda pasó por herencia al capitán Andrés Guerra, hijo de don Juan Guerra; cuyo padre era otro Juan Guerra y de María Cavazos. Estuvo casado con Juana Flores de Abrego, hija de Bernardo Flores de Saltillo y Josefa Fernández de Rentaría de Pesquería Grande.  Desde entonces comenzó a llamársele San Isidro de los Guerra. La propiedad abarcaba desde el arroyo de la Escondida hasta donde terminaba la Sierra de la Huasteca, (nombre original de la M) en donde estaba una casa de piedra que llamaban la Garita y actualmente están las albercas. También le llamaban La Banda, por estar situada a la otra banda del río Santa Catarina.  Un hijo de nombre Andrés se casó en primeras nupcias con Beatriz de Morales originaria de Saltillo, procreando a Antonio, Clara y  María y luego se casó con María Flores de Abrego, procreando a su vez a Bernardo, Crineo, Andrés, José, Domingo, Ana María y Gertrudis. Ana María se casó con Juan José de Abrego y Gertrudis con Pablo Treviño, vecino de la Pesquería Grande, hijo de Alonso de Treviño y Mariana de la Mota. Ellos tuvieron por hijos a Albino, María Gertrudis, María de los Dolores, Pedro José, María Francisca, María Teresa, José Francisco, María Josefa, María Ignacio, José Antonio y José Santiago quienes establecieron la comunidad de Los Treviños. Los Ábrego Guerra fundaron la hacienda de Ábregos origen actual de La Fama.  De todos ellos provienen los Guerra de Santa Catarina y que se repartieron para otros rumbos.


De pronto una extensión de Santa Catarina dio origen al llamado Valle Poniente.  El municipio de San Pedro Garza García tiene apenas una extensión territorial de poco más de 73 kilómetros cuadrados (el segundo más pequeño de todo Nuevo León) y es uno de los más densamente poblados. Ya no tiene zonas para donde crecer. Los inversionistas y desarrolladores vieron la oportunidad de urbanizar un sector compuesto por 300 hectáreas situadas entre la Universidad de Monterrey y la Huasteca. Un lugar en donde los vecinos tuvieran a su alcance los servicios y el desarrollo similar al de municipio con el mayor índice de desarrollo en México. Para ello necesitaban polos de atracción. Desde la década de 1980 la Universidad de Monterrey, en 1991 la ampliación de la avenida Morones Prieto hasta la Huasteca; en 1996 la preparatoria del Tec de Monterrey y el colegio Americano. Luego vino el Nezaldi, el Sierra Madre, la Facultad Libre de Derecho y el CEDIM así como el instituto Americano aunque estos situados uno en el Lechugal y el otro en Santa Catarina. Las escuelas trajeron colonias y grandes centros comerciales. Y obviamente mejores servicios públicos, bueno, no para todos. Si había un Valle Oriente, pues Santa Catarina tendría su Valle Poniente, al que paradójicamente hacen de Monterrey y no de nuestra municipalidad. Un sector con una avenida eje llamada Cordillera, con las residencias estudiantiles y el famoso Centro Roberto Garza Sada con la monumental obra de Tadeo Ando en la UDEM, colonias residenciales como Kerenda, Ollinca, Cordilleras Montañas, edificios como la torre Loft, el nuevo consulado norteamericano y grandes centros comerciales.  Ya estando cerca les gustó la Huasteca y el cañón de Santa Catarina: valle de Reyes, la autopista y más centros habitacionales. Es admirable como ha cambiado todo en apenas 20 años.

La antigua hacienda de San Isidro de los Guerra conocida en el siglo XIX como La Banda, comenzaba en la Escondida y terminaba en la Huasteca. La Escondida a partir de 1883 fue el punto limítrofe entre Garza García y Santa Catarina. En el segundo tercio del siglo XX, ilustres familias regiomontanas compraron algunas hectáreas de terreno como José y Nora Calderón, Eugenio Garza Sada y Gregorio Garza Elizondo.  De la Escondida a la Barrica estaban las propiedades de José y Nora Calderón. La finca de descanso de don Pepe fue construida en donde ahora está la rectoría de la UDEM y la de doña Nora en donde está la prepa Tec.

Posiblemente la mojonera que divide a los municipios, -situada en Morones Prieto-, en realidad era el punto limítrofe entre los terrenos de los dos hermanos. Cabe la posibilidad de que el campus de la UDEM en un principio haya pertenecido a Santa Catarina y que en 1982 los límites fueron modificados. Don Eugenio Garza Sada y su esposa doña Consuelo Lagüera compraron la finca conocida como El Aguacatal, la cual era atravesada por tres acequias. Ahí el arquitecto Pedro Ramírez Vázquez construyó una bellísima casa de campo que quitaron al construir la torre de 26 pisos. En frente de La Huasteca, el industrial regiomontano don Gregorio Garza Elizondo, (1904-1980) casado con Margarita Berlanga en 1938, estableció una finca de descanso en la antigua Congragación de la Banda en 1942. Participó activamente en la década de 1950 para la electrificación del lugar. Hasta 1990 solo habitaban el sector las colonias San Isidro, la Banda, la Fortaleza, la Barrica, la Jesús M. Garza y los areneros quienes consiguieron permiso federal para habitar en la margen sur del río Santa Catarina.



Y ahora van sobre la montaña que Juan Andrew Almazán llamó de Anáhuac. Es alarmante ver que están preparando terrenos en pendientes inclinadas con riesgo a colapsarse. Dicen que en Monterrey, las clases necesitadas se apoderan de los ríos y de las faldas de las sierras, mientras que los de buena posición, lo hacen de las zonas altas de las mismas. Al margen de tal concepto, evitemos la depredación de nuestras áreas naturales. Ya no juguemos con las zonas protegidas que nos distinguen, pero sobre todo, regulan el régimen térmico y nos dan agua.

domingo, 4 de junio de 2017

Y se acabaron Los Treviños

Antonio Guerrero Aguilar/

Por favor no vayan a pensar mal. No me refiero a la desaparición de uno de los apellidos más representativos del noreste mexicano. Más bien, lamento la desaparición de un poblado de Santa Catarina conocido desde el siglo XIX como Los Treviños. Este apelativo tiene diversas interpretaciones respecto a su origen y significado. Lo hacen originario de Burgos, España o de Italia. Dicen que puede significar tres viñas o tres piedras que señalaban los límites de una propiedad.

El Treviño junto con el Garza y el Villarreal son los apellidos más típicos y conocidos en la región. El origen lo encontramos en una pareja, la de Marcos Alonso Garza originario de Huelva, España y Juana de Treviño originaria de la ciudad de México. Los hijos – Diego, Alonso y José tomaron el apellido de la madre para que éste no se perdiera, mientras que Pedro, Blas y Francisco  tomaron el Garza. Luego un Treviño se casa con una Ayala y unos tomaron el Treviño y otros el Ayala. Alonso de Treviño entró al Nuevo Reino de León en 1603. Pobló con su familia la hacienda de San Francisco, actual Apodaca. Estuvo casado con doña Mayor de Castro o Rentería, de la familia de don Gonzalo Fernández de Castro, fundador de la Pesquería Grande. Y ellos tuvieron una hacienda muy importante por aquellos rumbos al pie de la Sierra del Fraile.


Como ya lo había señalado, desde la segunda mitad del siglo XIX, hubo una congregación llamada los Treviños. Colindaba al este con terrenos de la congregación de La Fama, al oeste con la hacienda de Arredondos, también conocida como El Lechugal, con un antiguo camino que comunicaba hacia la hacienda de San Isidro de los Guerra y supuestamente, habilitado por don Eugenio Garza Sada para llegar hasta su propiedad en el Aguacatal, (adquirido en el 2011 por una industria de productos químicos); al norte con el cerro de las Mitras y al sur con el Blanqueo y los Arredondos. Ahí sus habitantes procedentes de un mismo tronco familiar, se dedicaban al flete de mercancías a Coahuila, Zacatecas,  Durango y Chihuahua y otros a las labores del campo y la minería.

Los fundadores del linaje son José Francisco Treviño, hijo de Pablo Treviño, originario de la Villa de García y Gertrudis Guerra. Casado con María Leonor García, hija a su vez de Juan José García y Juana María de Sepúlveda. Ellos vivieron en la primera mitad del siglo XIX. Tuvieron por hijos a María Rosalía, María Gertrudis, José de Jesús, José Cayetano, María Juana, María de los Dolores y José Antonio. Todos ellos se relacionaron familiarmente con otros grupos a tal grado que formaron una congregación de considerable importancia en la vida de Santa Catarina.


Hasta hace unos 40 años, los pueblos tenían sus categorías: podían ser ciudades o villas, cabeceras, congregaciones, haciendas, ranchos o estancias. De acuerdo a un informe de gobierno del Lic. Ramón Treviño en 1874, “cada municipalidad con sus congregaciones, haciendas y ranchos, forma un distrito político conocido con el nombre de aquella que es su cabecera. Por congregaciones se conocen en el Estado a las haciendas y ranchos pertenecientes a varios dueños que viven en ellas en común. Por haciendas labores de riego y ranchos a terrenos destinados a la cría de ganado en donde siembran algo de maíz y otras semillas”. En el siglo XX surgieron colonias y fraccionamientos y ahora, para no batallar, toda la población está distribuida en colonias. Dicen que por cuestiones postales a la hora de poner los famosos códigos.  Por ejemplo, el casco viejo de Santa Catarina ahora se le considera colonia centro. Por cierto, Santa Catarina tuvo tres congregaciones: La Fama, los Treviños y la Huasteca, ahora consideradas como colonias.

La congregación de Los Treviños fue un pueblo de fleteros, que dio origen a una zona industrial que ahora le llama colonia. Ahí en Los Treviños nació mi mamá en enero de 1944. En 1959, la señorita Juanita Llaguno Cantú ofreció a los padres vicentinos un terreno para construir el templo parroquial, pero no les gustó y buscaron uno en el centro de La Fama. A mediados del siglo XX se instalaron fábricas como Tubería Nacional y Bombas Jacuzzi Universal, las dos ya desaparecidas. Luego la fábrica de productos químicos Alen levantó sus instalaciones en 1969. De todas maneras ahí vivían familias en los alrededores. Cuando se hizo la ampliación de la avenida Díaz Ordaz en 1971, muchas construcciones fueron derribadas. Gradualmente esas casas habitación cedieron ante el avance comercial e industrial, cerrando accesos y antiguas veredas. Recién me acabo de dar cuenta, de que la última vecina del lugar ya no vive ahí. La casa desapareció. Por respeto a las familias, prefiero omitir su nombre. Ella nunca se quiso separar de su solar, porque su esposo lo había cuidado y protegido con mucho esfuerzo y cariño para ella y sus hijos. Y la decisión de la familia la entiendo y justifico también.



Cada vez que veo una casa caída o derrumbada, me da tristeza, porque con ella también perdemos cosas que nos relacionan con el pasado y con otras vidas. En la canción italiana de los 60 de Adriano Celentano, “El muchacho de la vía Gluck”, relata la historia de un joven que ansiaba salir de su entorno para ir a la ciudad. Después de los años regresa a su casa para revivir en ella los recuerdos y los tiempos idos. Pero ya no la encontró, el pasto y la maleza la habían desaparecido y con ellos, los esfuerzos de aquellos que nos antecedieron. Por eso dicen que el honor de un pueblo pertenece a los muertos, pues los vivos solo lo usufructuamos o nos empeñamos en perderlo. Y este artículo que acabas de leer, trata de un pueblo llamado Los Treviño que ya desapareció, porque no tiene vecinos que habiten el entorno.

Si se preguntan que hay en Los Treviños, les diré: desde HEB en Díaz Ordaz hasta la via del tren que atraviesa la gran avenida, al poniente de Protexa, Tanto al sur como al norte, hay fábricas y bodegas.

Me dedico a contar narraciones e historias en donde me piden y me invitan.

Santa Catarina, Nuevo León, Mexico