domingo, 25 de febrero de 2018

De aparecidos y fantasmas

Antonio Guerrero Aguilar/


En el imaginario popular, sobresalen historias y anécdotas en torno a apariciones sobrenaturales. Sin pertenecer a un lugar en especial, tenemos muchas referencias de perros negros, caballos, lloronas, niños, chivos y hasta catrines. A veces sienten presencias demoniacas, por las sombras tenebrosas y el olor a azufre.  Por doquier se habla de un perro negro que de pronto se aparece y le cierra el paso a los transeúntes que se atreven a estar fuera de sus casas al filo de la medianoche y entrada la madrugada, porque según cuentan, las cosas malas suceden al comenzar el nuevo día y a las tres de la mañana.  Dicen que les brillan los ojos con un rojo que inspira terror. Con un hocico en donde sobresalen unos colmillos filosos, repleto de babas, que jadea y gruñe muy feo. Puede tener dueño porque a veces le ven una cadena o correa sobre el pescuezo, con ladridos que inspiran miedo, con una gran velocidad que hacen correr a quienes los ven. Los perros callejeros los presienten, tienen la peculiaridad que con sus lagañas pueden ver espectros fantasmales y animales de mal agüero, por eso continuamente escuchamos sus ladridos por la madrugada.

Resulta extraño que la leyenda de la Llorona se vea por todos lados, aún y cuando haya ocurrido en los alrededores del lago de Texcoco. Se trata de una mujer que ahogó a sus hijos para vengarse de su pareja, al dejarlos en el abandono para volverse a casar. Me han platicado de mujeres que caminan por los rumbos donde alguna vez hubo acequias y arroyos. Andan por lugares cercanos donde hay ríos, charcos y represas. Una vez alguien me dijo que debió caminar de Monterrey a Santa Catarina por falta de transporte y recursos para pagar un auto de alquiler. Como vivía por la Infonavit Huasteca se animó a recorrer la vieja pista para hacer ejercicio que iba en línea paralela a Morones Prieto, de pronto vio a una mujer sentada sobre una piedra de regular tamaño, que lo observaba y hasta le habló por su nombre.

Entonces “¡patas pa´que son buenas!”. Apuró su paso para alejarse de aquella extraña aparición, mientras rezaba lo que se acordaba de cuando iba al catecismo siendo apenas un güerco.  Esas mujeres dan la impresión que flotan, a veces con un vestido blanco y otros afirman que son negros. Con pelo largo o velos que ocultan sus rasgos. Eso sí, las ven con rostro de calaveras que miran fijamente a quienes las enfrentan.  A veces van acompañadas y así como se aparecen, dejan de verlas en un instante.

Otros escuchan las pisadas de un caballo, tan características de unas pezuñas con sus respectivas herraduras. Puede ir despacio o con buen trote. De pronto ven a un charro con un traje negro, al que se pueden apreciar sus arreglos y botonaduras de metal planteado. Con botas y espuelas que son clavadas en el animal espectral. No habla, no mira, sigue de largo; como si fuera a una cita pendiente al más allá. Posiblemente alguien lo sigue, hace su recorrido nocturno como guardián de la noche, como si aún tuviera vida y por eso se le ve perdido en estas calles ahora repletas de asfalto, boyas y baches.

Regularmente dicen que los espíritus de los niños o niñas se aparecen en las cocinas, los techos, los patios, los pasillos y en alguna habitación de nuestros domicilios. Conozco de casos tristes, de padres sin suficientes recursos como para llevarlos al panteón, entonces colocaban los restos de los niños en los muros de las casas. A veces ven niños paseando o jugando por entre las naves industriales, tal es el caso de uno que los operarios han visto en DeAcero, Alen y en una planta ya desaparecida de Protexa. Quién sabe por qué se materializan a la vista de todos. A lo mejor ahí murieron y no aceptan su fatal destino pues no les tocaba morir.

Cuentan que cuando uno muere, de pronto de abre una dimensión tan luminosa que a veces la persona queda enceguecida y se queda entre nosotros aún y cuando ya murió. Entonces se quedan vagando en el mundo de los vivos sin estarlo, esperando la resurrección de los muertos con la segunda venida del Salvador. Son entidades etéreas, visten de acuerdo a la usanza de la época que les tocó vivir. Hacen travesuras, llaman la atención, se molestan si no les hacen caso o simplemente ahí están. Seguramente en muchas de nuestras casas se oye la famosa canica que rebota y rebota. De ciertos objetos que se mueven, pierden o vuelven a aparecer. Conozco a una señora quien asegura que un niño ocultó una cantidad de dinero que necesitaban para pagar una deuda. De pronto lo reta y lo regaña hasta que le devuelve los billetes.  Una ilustre dama me platicaba del niño que entraba y salía por una chimenea de una casa que habitaron cuando recién llegaron a Santa Catarina en la calle Juárez. Al tirar la casa encontraron la “relación”.

A veces los fantasmas se aparecen como bultos, como algo negro que se extiende sin forma. Es como si una cobija tan oscura tapara a esa aparición. Los antiguos indígenas en la región, enterraban a los restos de sus difuntos en posición de cuclillas, con un manto amarrado como si fuera un cordón umbilical. Cuando alguien rehúye a sus obligaciones por temor o inseguridad, dicen que le “sacó al bulto”. Una señora conocida vio a un bulto en el patio de su casa, cuando se animó a preguntar ¿quién anda ahí?, la escoba, los trapeadores y cachivaches se cayeron provocando un fuerte ruido. Yo vi uno, no me provocó temor, más bien curiosidad y expectativas por saber qué anda haciendo o qué es.

Muchas de esas cosas se aparecen porque supuestamente los asesinaron, le hicieron un daño físico a alguien o recitaron un conjuro, ya sea en la calle o en las casas. Esas entidades avisan de que ahí están enterrados o hay una “relación”. Entonces van y buscan personas con cualidades paranormales quienes realizan exorcismos, pero en lugar de apaciguar a los espíritus los hacen enfadar. Supe de unos conocidos que participaron en los rezos durante el exorcismo que hicieron allá en la Hacienda del Muerto. Mientras hacían las oraciones, escuchaban como si la tierra rugía y un fuerte viento apagaba los cirios. Por ejemplo, un cuidador de un panteón me confió que la gente mala busca tumbas de personas que murieron de forma violenta, para sacar tierra negra de ahí y hacer sus travesuras o dejan retratos, “trabajos y amarres”. Entonces ya no pueden descansar y por eso andan buscando a quien asustar.  No faltan quienes buscan o provocan estas apariciones o incluso retan a los fantasmas.

Para los escépticos y estudiosos de los fenómenos sociales, esas cosas se aparecen específicamente a personas sencillas, con una cultura más tradicional como de procedencia agraria. Son supersticiosos, por eso en sus casas tienen a su santo patrón al que le ruegan  para no tener problemas.  Otros relacionan a esos hechos sobrenaturales con asesinatos y rapto de mujeres. Justifican el actuar de la gente de “más antes” que vivía en pecado, cometiendo faltas a los mandamientos de Dios.  Por eso había apariciones, “La Llorona” correteaba a los que iban tras las muchachas, y el “Charro negro” perseguía a los borrachos.” Todos estos elementos hablan de una trasgresión al orden social. Apariciones de perros negros, lloronas, charros,  chivos, catrines y demás, son en el fondo la proyección del mal visto como un quebranto a lo que debe ser. Bueno, según a mi entender.

domingo, 7 de enero de 2018

La plaza Zaragoza de mi lindo Monterrey

Antonio Guerrero Aguilar/


Diego de Montemayor eligió como asiento de la Ciudad Metropolitana de Nuestra Señora de Monterrey, a un paraje situado entre los manantiales y arroyos que integraban el Santa Lucía en 1596, más o menos donde ahora está el templo del Sagrado Corazón de Jesús, entre 5 y 15 de Mayo, Zaragoza y Escobedo. En 1611 la ciudad (la imagino más bien como un campamento de jacales y chozas), fue arrasada por una inundación. El fundador murió en abril de ese año, por lo que don Diego Rodríguez el Justicia Mayor, trasladó a la población hacia un lugar más seguro; unos terrenos delimitados al norte por los ojos de agua y al sur por el río Santa Catarina. Fue cuando trazaron un centro para la nueva población, conocida como la Plaza de Armas, porque en ella pasaban revista de armas a los vecinos cada 25 de julio y 25 de noviembre, en los días dedicados al apóstol Santiago y a la virgen y mártir de Santa Catarina de Alejandría.


Para mediados del siglo XIX, la plaza era propiamente una explanada. Donde ahora está el casino, había un mesón y en sus alrededores unas construcciones que servían como negocios o casas habitación. De ahí que las autoridades municipales como del estado se preocuparon por embellecer el corazón cívico y político de Monterrey: nivelaron el terreno, colocaron bancas de sillares, jardines con árboles, andadores y se mandó hacer una fuente que inauguró el entonces gobernador Santiago Vidaurri el 2 de febrero de 1864. Durante la ceremonia guardaron en una caja de mármol, algunos documentos relevantes como una copia del acta de fundación de Monterrey, la Constitución de 1857, un retrato de Vidaurri y otras cosas más que luego dejaron en un sitio bajo tierra. La llamada fuente de los delfines se hizo con mármol extraído del cerro de las Mitras, fue iniciada por Juan Raimundo Lozes y terminada por el escultor de origen italiano Mateo Matei.  Estuvo ahí hasta 1894 cuando fue trasladada a la plaza de la Purísima.


El 5 de mayo de 1864, a la plaza se le  impuso el nombre de Ignacio Zaragoza, para celebrar el segundo aniversario de la heroica batalla de Puebla, siendo gobernador y comandante militar de Nuevo León Jesús María Benítez. Como testigo de honor, estuvo Benito Juárez acompañado por su gabinete. Dicen que fue una forma de venganza política contra Vidaurri, que no tenía una relación cordial con Zaragoza al no quedarse a sus órdenes. Tres años después, la plaza Zaragoza fue convertida en un jardín con bancas de sillar de acuerdo a los lineamientos del imperio. El alumbrado dependía de lámparas de petróleo y la fuente de los delfines engalanaba todo el conjunto. Para 1874,  los jardines de la plaza estaban mejor trazados y en ellos ya estaban plantados algunos árboles.

Para el Monterrey de antaño, la plaza Zaragoza era la típica de pueblo, con aires románticos y nostálgicos para quienes acudieron a ella durante la segunda mitad del siglo XIX y la primera mitad del XX. Había serenatas en un  kiosco metálico instalado en el centro. Las personas salían a descansar y tomar el fresco durante los veranos calurosos. Los jóvenes y señoritas daban la vuelta en sentido contrario con la intención de verse y luego conocerse. Durante muchos años, el reloj de la catedral marcaba visualmente el tiempo de la ciudad y la fundidora con su silbato, anunciaba los turnos para iniciar el día y retirarse a descansar. De acuerdo a testimonios de la época, a principios del siglo XX, la plaza estaba repleta de árboles y bancas metálicas. Al sur de la plaza Zaragoza había una serie de edificios antiguos, que fueron destruidos para hacer una ampliación en tiempos de la gubernatura de Ignacio Morones Prieto entre 1949 y 1952. En 1933 construyeron el Círculo Mercantil Mutualista de Monterrey en la esquina de Ocampo y Zaragoza. Siendo alcalde Rafael González Montemayor, (1958-1960) la plaza Zaragoza se amplió hasta Constitución. 

Para conmemorar el centenario de la batalla de Puebla, el 5 de mayo de 1962 colocaron una escultura en honor de Ignacio Zaragoza, obra del reconocido escultor Ignacio Asúnsolo. En 1971 se hicieron obras de embellecimiento y encontraron la urna que habían dejado desde tiempos de Vidaurri. Siendo alcalde Leopoldo González Sáenz entre 1974 y 1976,  se tomó la decisión de construir una nueva sede para el gobierno municipal, con un palacio al que llamaron de cristal por la abundancia de éstos en sus ventanas. Fue cuando la plaza Zaragoza quedó rodeada al sur con el nuevo palacio, al norte con la calle de Corregidora, al este con la catedral y al oeste con el condominio Acero, mientras que al antiguo palacio lo convirtieron en oficinas para asuntos legales.


En 1981 comenzaron los trabajos de la llamada Gran Plaza, la cual comprende una superficie de 40 hectáreas, limitada al norte por la calle de Washington y al sur por la avenida Constitución. En esa extensión quedaron los dos palacios: al sur el municipal de Monterrey y al norte el gobierno del estado y el edificio de correos, junto con las dos plazas, la Zaragoza y la ahora llamada explanada de los Héroes. A lo largo de 400 años, la plaza Zaragoza ha sido testigo de la llegada de gobernadores y alcaldes. Aquí juró la independencia Mariano Jiménez en enero de 1811. En junio de 1813 los insurgentes la asaltaron y en septiembre de 1846 los norteamericanos se apoderaron de ella. Cuatro siglos de ser el corazón de Monterrey y de Nuevo León. Pero sobre todo, por la plaza Zaragoza, los domingos se pasean las muchachas más hermosas de mi lindo Monterrey.

domingo, 24 de diciembre de 2017

De muertes y balazos rumbo a la Cuesta de los Muertos

Antonio Guerrero Aguilar/

Sin el afán de participar en ámbitos de la información que los medios, continuamente nos hacen llegar, tampoco quiero entrar al ámbito de las noticias amarillistas y tremendas que a fuerza de tanto escuchar y estamos expuestos, provocan un rechazo, hastío o incluso una actitud conformista ante los hechos que vivimos y padecemos en la actualidad. Más bien, haciendo una revisión hacia el pasado, quiero platicarles lo siguiente: el 12 de junio de 1830, el alcalde de Santa Catarina Teodoro García, escribió una carta a Joaquín García, quien ocupaba el cargo de gobernador de Nuevo León. Le hizo saber el hallazgo del cuerpo de una mujer completamente mutilado en el camino que va de Monterrey a Saltillo.


La noticia causó conmoción y sorpresa en la región, en especial a lugares como Monterrey, San Pedro, Santa Catarina, Pesquería Grande y Rinconada. Todo comenzó cuando Joaquín Mireles, vecino de Santa Catarina, acudió con un regidor del ayuntamiento para decirle que vio el cadáver de una mujer desnuda y sin cabeza, con múltiples heridas causadas por un arma blanca. El sitio del crimen era un lugar llamado Charco Verde, cercano a una casa que tenía el denunciante y de un jacal propiedad de Julio Morales. El regidor del cabildo de Santa Catarina acudió acompañado por dos vecinos para dar fe del asesinato. Entonces vieron “el espectáculo más lastimoso que en otros tiempos se ha visto, habiendo seguido el mismo regidor la huella de sangre hasta a distancia de diez pasos, donde estaba cubierta la cabeza de la difunta y tapada con unas lechuguillas, la cual regresó y en unión del cuerpo lo trasladaron a la cárcel de este pueblo donde se ha tenido públicamente para ver si se conoce persona de las que paran a verlo”.

No sabían la identidad de la mujer ni mucho menos quién le había quitado la vida. Mandaron correos a Saltillo, Rinconada y otros pueblos de la región avisando del macabro suceso. Para dar con el sospechoso, dieron la orden de que diez miembros de la milicia cívica de Santa Catarina recorrieran todo el camino, explorando bosques y mogotes existentes entre Santa Catarina y Rinconada, acompañados con uno de los testigos que vieron un día antes a la muerta en el Charco Verde. Por la forma en que ocurrió el asesinato, el gobernador consideró a “este crimen tan horrendo que la misma naturaleza se estremece al oírlo” y en consecuencia ordenó las averiguaciones correspondientes para ubicar al asesino lo más pronto posible. Hasta ahí la información de una carta que se puede ubicar en el Archivo Municipal de Monterrey, en la colección correspondencia, vol. 26, expediente 36. Desconozco si alguna vez dieron con el paradero de quienes arrebataron la vida a esa mujer, en un punto al que ubico posiblemente entre Santa Catarina y el Sesteo de las Aves.

Lamentablemente siempre nos llegan las noticias acerca de la existencia de cuerpos heridos, abandonados o ya sin vida a lo largo del trayecto de Santa Catarina a Ramos Arizpe, Coahuila. El 6 de septiembre de 1863 llegó una brigada al mando del general Julián Quiroga. Con ella venían cuatro mujeres que fueron heridas en el rancho de Carvajal, por lo que mandaron traer a Juan Saldívar que sabía algo de medicina; pero ante la gravedad del asunto prefirió no intervenir y solicitó su traslado hasta Monterrey. Algunos testigos residentes en la Cuesta de Carvajal, dijeron que las cuatro damas venían atrás de la tropa. El alcalde Mariano Rangel hizo las averiguaciones pero los soldados no quisieron hablar. Unos dijeron que solamente oyeron disparos que les provocaron daños a las mujeres.

Una de ellas estaba embarazada y tenía una herida por la espalda, otra tenía el orificio de bala arriba de la cintura. En el interrogatorio dijeron que venían a la retaguardia de la tropa; una seguía a su esposo y la otra al hijo que habían sido muertos en una acción en Puebla. Se sumaron al contingente para regresar a la Villa de Santiago de donde decían ser originarias y procurar el pago por sus servicios. Para mantenerse preparaban las comidas como “vivanderas”.

Cuando arribaron a Monterrey, las llevaron al hospital para ser curadas. Quiroga aceptó la culpa, que les disparó solo para asustarlas pero que no les hizo daño. Ya las había regañado de que no quería verlas entre su gente. Una tenía por nombre Cayetana Lara, originaria de Tepeji del Río, la otra se llamaba María Juana Lugo, originaria de México, sobrina de una de las heridas, quienes formaban parte de un grupo de mujeres que estaban juntas en la mañana cuando fueron a dispararles. Afortunadamente el doctor Gonzalitos sanó sus heridas y finalmente dio la parte de que los daños sufridos no eran de riesgo.


Como se advierte, la historia es cíclica y continuamente vemos como los acontecimientos tienden a repetirse. Lo cierto es que ahora se debe viajar con cuidado y protección.

domingo, 3 de diciembre de 2017

El cura de Nuevo León que no llegó a Cádiz

Antonio Guerrero Aguilar/

En el informe de Simón de Herrera y Leyva del 27 de julio de 1801 al Intendente de las Provincias de Oriente en San Luis Potosí, señala la existencia de sólo dos ayuntamientos, el de Monterrey y el de Linares. Los de Cadereyta y Cerralvo desaparecieron temporalmente, seguramente por problemas económicos.  Monterrey por ejemplo, no tenía los 12 regidores de ley “por no ser de utilidad alguna, ni tener la ciudad fondos de dónde se les asignara sueldo. Sólo tiene dos plazas, que son la de alférez real y alguacil mayor, habilitadas en forma y con títulos por Su Majestad.”  


Para 1803, el Nuevo Reino de León contaba con apenas 43, 739 habitantes.  De los cuales, mil se dedicaban a la minería, 520 a la arriería, 200 a la carretería, 200 a la agricultura, 3, 084 eran pastores y 210 servían en diversos ramos de la industria. Las autoridades reconocían la potencialidad de muchos ramos de  industria que podrían establecerse, pero por falta de dinero y por los pocos sujetos pudientes que hay, todo se queda sin efecto. Indudablemente que la Ciudad Metropolitana de Nuestra Señora de Monterrey era un pueblo pobre y pequeño, en comparación con otras ciudades del virreinato tan importantes como la ciudad de México, Guadalajara, Puebla, Zacatecas o el mismo Saltillo que comenzaba a repuntar. Ciertamente la región prometía algo, prueba de ello es el establecimiento de la diócesis del Nuevo Reino de León en 1777, cuyo obispo titular era  Primo Feliciano Marín de Porras quien estuvo entre 1803 y 1815.

En 1808, las tropas napoleónicas invadieron la península ibérica, sometiendo a los monarcas españoles como portugueses. Como una forma de rechazo a la imposición de las nuevas autoridades, convocaron a una junta legislativa, cuyos trabajos iniciaron el 24 de septiembre de 1810 en San Fernando, para después trasladarse a Cádiz en donde promulgaron una constitución el 19 de marzo de 1812. Las Cortes de Cádiz conformaron un cuerpo legislativo de carácter liberal, capaz de proponer un nuevo orden social en la España de Carlos IV y Fernando VII. Para integrarla fueron convocados representantes de todas las colonias, provincias y virreinatos. Siempre se ha difundido el papel preponderante de don Miguel Ramos Arizpe, quien acudió en representación de la provincia de Coahuila o Nueva Extremadura. Por lo tanto se le reconoce como toda una figura de talla regional y nacional por los aportes que realizó. De pronto surge la interrogante: ¿quién acudió por el Nuevo Reino de León? Tenemos referencias de que hubo un decreto del 14 de febrero de 1810, convocando la selección de un diputado representante a las Cortes de Cádiz.

El cabildo de la ciudad de Monterrey eligió el 19 de junio de 1810 al padre Juan José de la Garza y de la Garza como diputado por el Nuevo Reino de León. Es poco lo que se sabe del sacerdote. La información existente se la debemos al padre José Antonio Portillo, quien lo hace  párroco en San Gregorio de Cerralvo entre 1784 y 1788. Cura interino y juez eclesiástico del Valle del Guajuco entre marzo de 1793 hasta septiembre de 1796. En éste año recibió el título de maestro de teología escolástica en el Seminario de Monterrey. Luego lo vemos como  teniente de cura de Monterrey entre 1799 y 1800, finalmente cura de la parroquia de Monterrey en 1800, notario revisor en 1805, licenciado (1802) y doctor en teología por la Universidad de Guadalajara, canónigo doctoral del cabildo de la catedral en 1807 y finalmente diputado a las Cortes de Cádiz entre 1811 y 1812.

No se sabe el lugar de nacimiento. Ni los nombres de la terna que conformó para su elección y la fecha de la misma. Incluso hasta su nombre no aparece como legislador en las Cortes. Me dice Sergio Reséndiz Boone, historiador de Coahuila que su nombre se diluye en el tiempo, pues muchos de los representantes por alguna circunstancia no alcanzaron a llegar a cumplir con su encargo. Efectivamente, en septiembre de 1810 se desató una epidemia de fiebre amarilla que afectó a 60 diputados y provocó la muerte de 15 de ellos, entre los que figura el representante de Sinaloa y Sonora.

A principios del siglo XIX, el Nuevo Reino de León contaba solo con una ciudad, la de Monterrey, varias  villas con sus respectivos cabildos, Cerralvo, Cadereyta, Linares, San Miguel de Aguayo, Guadalupe, Hualahuises y Marín. Gracias a las leyes de Cádiz, se estableció que los pueblos con más de mil habitantes, pudieran constituirse en municipios gobernados por un alcalde y su respectivo cabildo. Aprovechando la coyuntura, Agualeguas, Boca de Leones (Villaldama), Lampazos, Santiago del Guajuco, Vallecillo, Salinas, Sabinas, China, Pueblito o Cañón de Guadalupe (Hidalgo), Santa Catarina, Pilón (Montemorelos), Mota (General Terán), Pesquería Grande (García) y Río Blanco (Aramberri) solicitaron su deseo de conformar su cabildo y ser consideradas villas. Igualmente, se abrió la posibilidad para la creación de diputaciones provinciales, base de la conformación de los estados.



Independientemente de su obra y las repercusiones que tuvo en comparación con otros constituyentes de Cádiz, debemos recuperar y honrar la figura del padre Juan José de la Garza, el representante nuevoleonés que partió rumbo a Cádiz.

domingo, 12 de noviembre de 2017

La mujer norestense y su participación en la lucha armada

Antonio Guerrero Aguilar/

Los tribunos y poetas del siglo XIX vieron a la mujer como la madre de la patria, la consideraban los labios y el corazón de la nación. A decir verdad representan más que eso en un país como México, en donde tratan a la mujer como pasión, muerte y destino a decir de Octavio Paz. Contrario a lo que se cree, hubo no pocas mujeres que participaron en los cuatro movimientos militares más importantes de nuestra historia como lo son la lucha por la insurgencia, la invasión norteamericana, la guerra de la Reforma que también abarca hasta la invasión francesa y el imperio fallido de Maximiliano y la revolución. De acuerdo a las cifras oficiales, existen registradas poco más de mil 500 mujeres que le entraron a la lucha armada en estos 200 años.


Regularmente se piensa que a la guerra van los hombres más bragados y valientes. Se nos olvida que también hubo mujeres de armas tomar. Tal vez esto se deba a la negación de la mujer como sujeto de acción militar, pues tradicionalmente hacemos a la mujer en el hogar, la familia y el cuidado de los hijos y la cocina. Hay muchas sentencias populares al respecto, “mujer que no sabe hacer tortillas de harina, ni chiles rellenos no está apta para el matrimonio”, “buena pa´l petate pero mala pa´l metate”, “la mujer como la carabina, siempre cargada y arrinconada”. Si además le agregamos la postura de la historia oficial que se empeña en censurar y a desaparecer los testimonios populares, que hablan mal de la mujer para privilegiar al hombre. Por ello, aquí van algunos esbozos de mujeres del noreste que se distinguieron por ser de armas tomar.

Allá en el Nuevo Santander vivió Isidora Valle, a quien fusilaron el 20 de mayo 1815 en la Villa de Aguayo, (actual Ciudad Victoria, Tamaulipas), junto con otros insurgentes que se habían sumado al grito de libertad y de independencia que el padre Hidalgo había proclamado en 1810. Ella siguió a los rebeldes que pelearon contra el régimen del entonces gobernador del Nuevo Santander don Manuel Iturbe, entre los que destacaban Bernardo “El Indio Huacal”, Martín Gómez de Lara y otros que cayeron derrotados por Joaquín de Arredondo y su fuerza compuesta por solo 200 hombres. Isidora tuvo la fortaleza de servir como correo, como proveedora de alimentos y municiones a los alzados. Fue una efectiva informante entre los más recónditos lugares de la sierra de Tamaulipas. Después de su ejecución, su cabeza fue llevada a Ocampo, Tamaulipas, (antigua Santa Bárbara), para que todos vieran lo se hacía en contra de los insurrectos.

De Cadereyta tenemos a Leonarda González. Durante la invasión francesa participó activamente como correo del Cuerpo de Caballería y también como mujer entrona que no temía a la muerte ni a los golpes. Entre su vestido y enaguas, lo mismo guardaba mensajes, cargas de pólvora y medicinas. Hasta instrumentos musicales llevaba a las tropas para que se divirtieran en los momentos de distracción.  Ella murió en Santa Catarina el 26 de octubre de 1878, de 45 años de edad, ya viuda de Luis Sandoval.

Hay una dama que en vida llevó el nombre de María de Jesús de la Rosa, quien inspiró al Corrido de Jesusita en Chihuahua y de  la canción de la Coronela. Al morir su esposo, (un hombre de apellido Garza) tomó su caballo y sus armas y se lanzó a la revolución. También organizó una fuerza que al grito de “¡Órale Muchachos!” se lanzaban a la lucha. Jesusita portaba dos pistolas ocultas en sus enaguas, un fusil amarrado a la espalda y una pistola en la cintura. Nació en Parras de la Fuente, Coahuila en 1892 y militó en los bandos que hicieron posible la derrota del usurpador Victoriano Huerta. Por entrona fue ama y señora de las tropas constitucionalistas. Para 1918 vivía en la hacienda Larraldeña de Sabinas Hidalgo y a partir de 1920 residió en Nuevo Laredo en donde adquirió unos terrenos que poco antes de morir donó para que en ellos se construyera una escuela. Ella falleció en 1957 sin dejar descendencia.

Otra canción típica de la revolución es la de Marieta, que nos habla de una mujer coqueta y que en consecuencia de serlo, le advierten que no lo sea, porque los hombres prometen mucho y cumplen poco y además lo que dan son puros palos. Probablemente la letra de ésta canción está dedicada a una mujer de nombre Marieta Martínez que por andar peleando en el bando contrario fue mandada fusilar por Pascual Orozco. Pero la música es más antigua de lo que parece, pues existen partituras que datan de fines del siglo XIX y que en 1910 fue registrada como una polka de piano. Hay versiones francesas e italianas muy populares y con letras similar a la que cantamos en México. Aunque su autoría de acuerdo a un disco que vi, se le atribuye a un señor llamado Samuel M. Lozano.

Pero no todas las mujeres de armas tomar han inspirado canciones o corridos. No obstante, con su pluma hicieron temblar a más de un batallón y al menos a dos presidentes, uno de los Estados Unidos y el otro ni más ni menos que don Porfirio Díaz. Ella se llamó Andrea Villarreal González, nacida en 1881 en Lampazos del Naranjo, hermana de don Antonio I. Villarreal, uno de los líderes de la División del Noreste que peleó a favor del constitucionalismo. Siendo joven y muy guapa, siguió a su hermano cuando fue escapó a los Estados Unidos. Allá se dedicó a escribir artículos en contra del régimen y se afilió a un club magonista. Incluso criticó al presidente de los Estados Unidos por estar apoyando indirectamente a don Porfirio.

Fue amenazada, pero siguió escribiendo en beneficio de la revolución mexicana. Regresó a México y se quedó a vivir en Monterrey, en donde murió en 1963, sin descendencia y sumida en la pobreza. Junto con su hermana Teresa se dedicó al proceso de liberación femenina entendida como proyecto de utopía por alcanzar. Tenemos en Monterrey dos estudiosas de ella, como lo son Aurora Díaz de García y Griselda Zárate. Para darnos cuenta de lo combativa que era, un verso suyo dice: “Los estandartes de la Revolución se izarán en la patria de los aztecas y nuestros bandidos alzarán el hermoso grito de ¡Viva la libertad!, ¡Abajo el mal gobierno!”

Otra mujer que se distinguió en el campo de batalla como en la promoción de las ideas, fue doña Consuelo Peña de Villarreal, quien nació en Monclova en 1896. Participó activamente al lado de su padre y de su esposo en el movimiento carrancista, ya sea como enfermera o como mujer de armas tomar. Escribió una obra llamada La Revolución en el Norte en la que recupera historias basadas en lo que vio.


Pero estos casos no son los únicos, desde 1813 andaban mujeres cuidando a sus maridos, amamantando a sus hijos, alimentando a la tropa y curando a los heridos. Sabemos de féminas que participaron en el ataque a Monterrey en julio de 1813 y en el sitio a la antigua Pesquería Grande, actual García, Nuevo León. Hubo dos que pelearon en la línea mexicana durante el “Sitio de Monterrey” en septiembre de 1846. Una se llamaba Josefa Zozaya y la otra María Dosamantes.  

Hay mucho que hablar y tratar de la mujer en la historia, ya sea nacional como regional. Espero que estos ejemplos inspiren y propongan nuevas líneas de investigación de cada una de ellas.

domingo, 5 de noviembre de 2017

La Décima Musa: Sor Juana Inés de la Cruz

Antonio Guerrero Aguilar/

Dicen que el mexicano tiene una conducta barroca, expresada en la forma de hablar con muchos adjetivos y rodeos. Nuestra forma de ser un poco o un tanto complicada, tendiente a vivir la vida siempre en extremos. La mentalidad barroca de los siglos XVII y XVIII, postulaba un mundo fragmentado e incompleto, en continuo proceso de desarrollo. Por ello concebía al individuo como un ser capaz de inventar estrategias, artes y cosas para integrarse a ese desarrollo.  Ese sentido se refleja tanto en el arte como en otras esferas sociales de la Nueva España. Por cierto, barroco es una palabra de origen portugués que literalmente significa profusión y abundancia, aplicada originalmente a los adornos de los retablos, templos y demás construcciones de la Nueva España.

Se considera a Sor Juana Inés de la Cruz como una escritora barroca. Ella escribía desde el claustro de un convento y desde una perspectiva femenina, experimentaba la mentalidad en crisis de la época que invadía al imperio español. Por ejemplo, la monja jerónima produjo su versión de una batalla de sexos para superar la inestabilidad que amenazaba la formación intelectual y espiritual de la persona, especialmente en un ambiente que no admitía fácilmente la entrada de las mujeres a las instituciones rectoras de su tiempo.

Sor Juana Inés de la Cruz nació en San Miguel de Nepantla, Estado de México el 12 de noviembre de 1651, aunque algunos especialistas como Guillermo Ramírez España y Alberto G. Salceda, sostienen que en vio la luz tres años antes. Ellos localizaron su fe de bautizo, realizado el 2 de diciembre de 1648 en la parroquia de Chimalhuacan en Chalco con el nombre de Inés, hija natural de Isabel Ramírez de Cantillana. Fueron sus padrinos Miguel y Beatriz Ramírez. Además tuvo dos hermanas, Josefa María y María de Azuaje.


Sor Juana aprendió a leer a la edad de tres años. Ella misma escribió: “dediqué el deseo de leer muchos libros varios que tenía mi abuelo, sin que bastasen los castigos y represiones a estorbarlo”. Por su clara inclinación al estudio, siendo niña solicitó a su madre que la enviara a la Ciudad de México vestida de varón para poder asistir a la universidad.  A pesar de lo adverso a la educación intelectual femenina, logró una excelente formación humanística. Siendo una adolecente hablaba y leía el latín. Por su bella y delicada presencia, para 1665 figuraba como dama de la virreina marquesa de Mancera. Al poco tiempo ingresó al convento de la orden de las carmelitas de donde pasó después al convento de San Jerónimo.

Ahí desde la celda y la biblioteca del convento, escribió poesía, obras de teatro  y literatura en prosa. Se sabe por testimonios de su época que cuando no se aprendía o dominaba algo, se cortaba dos dedos su cabello, pues decía que no era posible que su cabeza estuviera poblada de cabellos y no de conocimientos. Tuvo dificultades con sus directores espirituales que le prohibieron estudiar. Existen cartas en donde refutaba la postura de sus confesores. Entre sus escritos sobresalen algunos autos sacramentales como: El cerco de José, El Mártir del Sacramento, El divino Narciso, las comedias: Los empeños de una casa, Amor es más laberinto y varias poesías como Inundación Castálida; Respuesta a Sor Filotea de la Cruz, algunas loas y sainetes.

Por todo lo adverso que tenía, hace una defensa de la mujer. Son muy conocidos los versos que tratan  de ello: Hombres necios que acusáis/ a la mujer sin razón,/sin ver que sois la ocasión de lo mismo que culpáis./ Sin con ansia sin igual/ solicitáis su desdén/ ¿por qué queréis que obren bien si las incitáis al mal?/Combatís su resistencia/ y luego no gravedad,/ decís que fue liviandad/ lo que hizo la diligencia./Cuál mayor culpa ha tenido,/ en una pasión errada:/ la que cae de rogada, / o que ruega de caído?/¿O cuál es más culpa,/ aunque cualquiera mal haga:/ la que peca por la paga,/ o el que paga por pecar?/ Pues ¿para qué os espantáis de la culpa que tenéis?/ Queredlas cual las hacéis/ o hacedlas cual las buscáis.

En 1692 hubo fuertes lluvias e inundaciones en la capital del virreinato. Llegaron las plagas y a falta de alimentos, los pobladores se amotinaron el 8 de junio de 1692. Las epidemias continuaron y en consecuencia murió el 17 de abril de 1695 en la Ciudad de México. Dos meses exactos antes había fallecido su confesor el padre Núñez de Miranda.

Dominó casi todos los campos del saber. En su obra, vemos la preocupación por la equidad entre hombres y mujeres, en el acceso a las mismas oportunidades de instrucción y su constante negación a los clásicos atributos femeninos, tales como la frivolidad, la coquetería, inconstancia, superstición, chismes. A cambio, promueve la aspiración a la autonomía de la conducta de la propia vida. Sin duda alguna, Sor Juana reúne todo para ser catalogada como un genio literario de la época, por su amplitud de miras, la reivindicación de un verdadero cambio y la solidaridad. Sin duda alguna; el prototipo feminista recae en ella. Por su genio intelectual es llamada El Fénix de México y la Décima Musa.

Durante el sexenio de José López Portillo, encontraron sus restos mortales en lo que fue parte del convento en donde vivía. Dicen que al saber de ello, la señora Margarita López Portillo, entonces titular de Radio, Televisión y Cinematografía del gobierno federal, solicitó que le llevaran el tocado y parte del hábito distintivo de Sor Juana. Luego se consiguió que en ese sitio se estableciera el llamado Claustro de Sor Juana. En la década de los 1980 fue localizada una carta de ella en la biblioteca del Seminario de Monterrey en la cual renuncia a su confesor asignado y que el Padre Aureliano Tapia Méndez publicó después con mucho éxito.


Debemos cambiar la imagen de ésta mujer inquieta y ávida de conocimientos que aparece en los billetes de 200 pesos. Una mujer que inclusive cuidó su aspecto físico, pues dicen que usaba zapatos de tacón dentro del convento, tenía una sirvienta a su lado y que con su grandeza social soportó y enfrentó las más crueles críticas en torno a su origen y vocación por el estudio y la escritura. Por cierto, “sorella” es una palabra italiana que significa hermana. De ahí que designemos a las religiosas como sor, que es una contracción de “sorella”.


domingo, 27 de agosto de 2017

Los Urdiales, Nuevo León

Antonio Guerrero Aguilar/

Entre 1986 y 1987 tuve la oportunidad de colaborar en el trabajo pastoral de la comunidad del templo de nuestra señora del Carmen en la colonia Urdiales. En ese periodo estaban construyendo un puente entre el cruce de la avenida Gonzalitos y Paseo de los Leones. El camión de la ruta 25 entraba por la antigua avenida Urdiales, ahora llamada Eduardo Aguirre Pequeño, para después pasar por la calle Popocatépetl. En la esquina con Pico de Orizaba aparecía una antigua construcción de sillar. Una cuadra después, se presentaba una plaza típica de pueblo y enfrente un templo. La casa como el templo parecían vetustas construcciones de sillar y sobresalían del resto de las casas de los alrededores.

Precisamente el templo como la casona son las únicas que quedan de la antigua comunidad de Los Urdiales, ahora considerada como una colonia más de Monterrey. Pero hace más de cien años, fue la segunda comunidad agrícola más importante de Monterrey, después del Topo Chico y antes que San Jerónimo. De  hacienda, luego congregación y colonia, gradualmente se fue integrando a la mancha urbana hasta que quedó encerrada entre bodegas, fraccionamientos industriales y colonias. Al principiar la década de los 1970 la comunidad de Los Urdiales fue dividida en dos por la avenida Gonzalitos.

El templo aunque pequeño, ostenta una arquitectura austera y sencilla pero a la vez muy interesante. En el coro del templo se ven unas fechas “1876-1896”, que indican el inicio como la conclusión del edificio. Con el correr del tiempo, tuve la oportunidad de buscar información en el Archivo Histórico Municipal de Santa Catarina (1987-1991) y en algunas obras de carácter histórico y con ello pude conformar un esbozo histórico de la antigua comunidad de Los Urdiales. Parte de la investigación fue publicada en la sección Cumbres del diario El Norte en mayo de 1990. Pero los datos más amplios y específicos permanecían inéditos. Es por eso que presento una síntesis histórica de los Urdiales, para que Ustedes tengan una idea de lo importante que tuvo ésta comunidad para la historia de Monterrey.

La comunidad de Los Urdiales fue una de las haciendas que conformaban la municipalidad de Monterrey entre el siglo XIX y la primera mitad del siglo XX, junto con San Bernabé del Topo Chico, los Tijerina, Gutiérrez, Doctor Gonzalitos, San Jerónimo, el mineral de San Pedro, el Ancón, Labores Nuevas, los Cristales y Los Urdiales. Los ranchos eran Piedra Parada, la Hedionda Chica, las Boquillas y los Remates. Con el crecimiento de la mancha urbana, esos poblados se fueron fusionando o integrando a nuevos centros habitacionales; convertidos en colonias, perdiendo con ello su categoría de congregaciones y pueblos.

Un informe correspondiente a los primeros años del siglo XX, situaba a Los Urdiales a 6,285 kilómetros al noroeste de la plaza Zaragoza. Asentado  en un pequeño valle que se formaba rodeado de las estribaciones de la sierra de las Mitras, el cerro del Topo y del Obispado. Para llegar al viejo casco de la hacienda, se salía de Monterrey por la calle de Aramberri; se pasaba por entre los dos panteones, el del Carmen y Dolores. Al llegar a fleteros y la cigarrera, se cruzaba las vías de ferrocarril y Madero. Ahí comenzaba la antigua avenida Urdiales que pasaba cerca de las facultades de Medicina y Odontología y a menos de medio kilómetro aparecía el centro agropecuario en donde sobresalían las fincas rústicas, un gran centro productor de lácteos, los corrales y los montes en donde pastaban las vacas, las cabras y las aves de corral.

En los señoríos territoriales de la hacienda, ahora se levantan las colonias Mitras centro, sur, parte de la norte y el fraccionamiento Bernardo Reyes, un sector de las colonias Cumbres y Vista Hermosa, todo el campus de la salud de la UANL, los panteones El Tepeyac y el Roble y el gimnasio Nuevo León.  La vieja comunidad agrícola fue absorbida por la mancha urbana y con ello, perdió a sus viejos habitantes y sus costumbres. Ciertamente ganó otras de carácter urbano. Actualmente ésta zona habitacional es una colonia más de Monterrey, pero en su tiempo llegó a ser la tercera comunidad más importante después de la ciudad capital y del Topo Chico. ¿Quién no recuerda a sus bailes y demás diversiones a las que asistían personas de los alrededores? Las visitas para comprar huevos o productos lácteos. Para quienes llegaron a residir en la naciente colonia Mitras a mediados del siglo XX, un pueblo, un rancho más cercano a las colonias circunvecinas.

El apelativo Urdiales es originario de Castro, provincia de Santander, España. Su origen viene del vasco Urda que significa pasto y del sufijo Ales: literalmente es el terreno sembrado de pasto. A su vez, Ordio viene del latín Hordeum que significa cebada. El primer poblador aparentemente originario de Guanajuato, que habitó el Nuevo Reino de León es José Urdiales, quien acompañó al capitán Alonso de León en la expedición para buscar a los franceses que habían establecido un fuerte en las cercanías en las costas de Texas, próximas a Corpus Christi el 27 de marzo de 1689. Durante el siglo XVIII había algunas familias con éste apellido, teniendo sus residencias en un lugar situado al poniente de la Plaza de Armas, entre el camino real a Saltillo y el río Santa Catarina. Otros Urdiales vivían cerca del Ojo de Agua de Santa Lucía y hasta había un barrio conocido como “Las Urdialitas”. En el siglo XIX y XX encontramos personas de apellido Urdiales en censos correspondientes de Santa Catarina como en Garza García.

En la hacienda de Los Urdiales había labores de riego y terrenos en donde pastaban y criaban ganados mayores y menores. Los Urdiales fue establecida gracias a los esfuerzos de los hermanos José Ángel y Pedro Urdiales quienes consiguieron mercedes de tierra para formar una hacienda en 1845. Al año siguiente, un destacamento al mando de Zacarías Taylor se quedó en las inmediaciones del lugar, para arribar a San Jerónimo en donde inició el asedio a la ciudad de Monterrey en septiembre de 1846. Para 1861 la hacienda estaba situada rumbo al camino a Villa de García y al Topo Chico y por sus terrenos pasaba el ferrocarril al Topo. Tenía una extensión territorial de dos sitios de ganado mayor, equivalentes a 3, 530 hectáreas. El pueblo estaba compuesto por 63 fincas, dos de ellas consideradas como rústicas con un valor de mil 400 pesos a principios del siglo XX y los sitios mayores en 600 pesos. Los terrenos como las propiedades estaban valuadas en dos mil pesos.

Los vecinos organizados en un régimen comunal se dedicaban a la agricultura y a la ganadería. Era un pueblo próspero que cosechaba cantidades considerables de maíz y caña de azúcar;  por ello había algunos trapiches y moliendas de piloncillo en el lugar. La hacienda tenía su saca de agua y otros remanentes procedentes de San Jerónimo. También había terrenos de agostadero en donde la población criaba y cuidaba en orden de importancia el ganado porcino, vacuno, caballar, asnal y mular. Las fincas mantenían sitios arbolados en donde predominaban los aguacatales, las anacuas y los nogales, mientras que en los montes de los alrededores; las ayas, sauces, álamos, mezquites, duraznillos, barretas, moras, naranjos, granjenos, canelos, chaparros y huizaches.


El 9 de abril de 1886, estaban unos 25 o 30 hombres armados en el puerto del Durazno, en los límites de Santa Catarina y Villa de García, a inmediaciones del cerro de las Mitras. Dicen los informes que de vez en cuando tiraban balazos y lanzaban vivas sin precisar a quién. Toda la parte norte de Monterrey y General Escobedo y García, estaban expuestos a la inseguridad y a los ataques. Por ejemplo, en el puerto de Durazno había tres bandidos que se habían enfrentado a una fuerza de Villa de García. Enviaron a unos 20 vecinos de Santa Catarina para perseguirlos hasta un lugar conocido como El Encinal cercano al cerro de las Mitras. De ahí se pasaron a San José y finalmente a Los Urdiales en Monterrey.

Me dedico a contar narraciones e historias en donde me piden y me invitan.

Santa Catarina, Nuevo León, Mexico