domingo, 15 de mayo de 2016

La profecía de Atlacomulco

Antonio Guerrero Aguilar, Cronista de Santa Catarina

El Estado de México es un lugar rico en historia, cultura y tradiciones. Desde las grandes zonas y centros ceremoniales arqueológicas hasta los conventos y templos como San Agustín Acolman y Chalma. De los tianguis y mercados, de rica variedad gastronómica y territorial. Durante el virreinato se formó la llamada provincia de México y a partir de 1786 la Intendencia de México, conformada por los actuales territorios de la Ciudad de México, el Estado de México, Querétaro, Guerrero, Morelos e Hidalgo. En 1824 se constituyó en estado libre y soberano, cuando se creó el Distrito Federal como sede de los poderes nacionales. El jefe insurgente Melchor Múzquiz fue el primer gobernador de 1824 a 1826. Repitió en el cargo de 1830 a 1832 y luego Lorenzo de Zavala en 1827 y de 1832 a 1833. El primero oriundo del valle de Santa Rosa, actual Múzquiz, Coahuila y el segundo, un liberal federalista de origen yucateco que se pasó a promover la independencia y la república de Texas en 1836.

La capital del Estado de México estuvo en Texcoco hasta junio de 1827, cuando se trasladaron los poderes a San Agustín de las Cuevas y desde 1830 a Toluca. En un periodo tan inestable, los poderes de la Unión temían de la influencia del Estado de México. Decían que muchos golpes de estado, eran pactados por políticos importantes de ahí. Supuestamente por eso lo fragmentaron para formar tres nuevas entidades que llevaron los nombres de los grandes jefes de la independencia. Guerrero se separó en 1847, Morelos en 1855 e Hidalgo en 1862.


Se dice que la columna vertebral, el pilar del sistema político mexicano está en el Estado de México a través del llamado “Grupo Atlacomulco”; que debe su nombre a un municipio situado en la región noroeste, cuya raíz etimológica en náhuatl significa “lugar en los pozos de agua”. Ahí nació Isidro Fabela en 1882, un abogado y diplomático que comenzó su carrera política al amparo de Venustiano Carranza.  Este grupo de poder surgió en 1940 cuando Francisca Castro Montiel reunió a un grupo de políticos con influencia regional, a los quienes les dijo que de ahí saldrían seis gobernadores y un presidente de la república: el primero fue Isidro Fabela Alfaro entre 1942 y 1945, después de la muerte del entonces gobernador Alfredo Zárate Albarrán; Alfredo del Mazo Vélez de 1945 a 1951, Salvador Sánchez Colín entre 1951 y 1957, Carlos Hank González de 1969 a 1975, Alfredo del Mazo González de 1981 a 1986, Arturo Montiel de 1999 a 2005 y Enrique Peña Nieto de 2005 a 2011.

También al amparo de Isidro Fabela, se formaron Carlos Hank González y Adolfo López Mateos. El primero de Santiago Tianguistengo; llegó a Atlacomulco supuestamente buscando la identidad paterna y el segundo procedente de Atizapán de Zaragoza. Hank no pudo ser presidente de la república por que los hijos de extranjeros no podían aspirar en ese entonces, a ser el jefe del poder ejecutivo de la nación. Del Mazo Vélez buscó la presidencia en dos ocasiones y en ambas tuvo que ceder,  primero ante Adolfo Ruiz Cortines y Gustavo Díaz Ordaz. Su hijo Alfredo debió hacer un madruguete cuando destaparon a Carlos Salinas de Gortari en 1988. Por su parte Arturo Montiel prefirió preparar el camino a su discípulo Enrique Peña Nieto, ante supuestos malos manejos en la administración pública.


Isidro Fabela influyó para que López Mateos llegara a la dirección del Instituto Científico y Literario de Toluca y luego a una senaduría por el Estado de México, después secretario del Trabajo con Ruiz Cortines que lo destapó a la presidencia en 1958. En 1964, López Mateos debió elegir a su sucesor tras una lista de notables en donde figuraban Alfredo del Mazo de Recursos Hidráulicos, Raúl Salinas Lozano de Economía, Antonio Ortiz Mena de Hacienda y Gustavo Díaz Ordaz de Gobernación. Quedó éste último y comenzó la limpia de los aspirantes a ser presidentes de México. Por cierto, uno de los afectados fue Carlos Madrazo.

Además de la cercanía en el poder, surgieron lazos familiares entre algunos de ellos: Antonio Ortiz Mena hizo esposa a una familiar de Salinas Lozano, quien promovió a Roberto González Barrera; quien a su vez emparentó con los Hank cuando una hija suya se casó con uno de los hijos de Hank González. A la muerte de Carlos Madrazo, Hank González se quedó como mentor político de Roberto Madrazo Pintado quien fue candidato a la presidencia en el 2006. En el 2001 falleció don Carlos Hank González, quien supuestamente encargó a Montiel cuidar la integridad del territorio estatal, evitar que el agua se vaya a la ciudad de México y la unidad política del grupo.

En la historia política del Estado de México, han sobresalido grupos de poder como el llamado “Grupo Gomista” al cual pertenecieron los exgobernadores Abundio Gómez entre 1920 y 1921 y Filiberto Gómez gobernador entre 1929 y 1933. En oposición a la dinastía de Atlacomulco, existe el llamado “Grupo Toluca” en el cual figuran Mario Ramón Beteta (1987- 1989), Ignacio Pichardo Pagaza (1989-1993), Emilio Chuayffett Chemor (1993- 1995) y César Camacho Quiroz (1995-1999).



Para muchos,  la existencia del “Grupo Atlacomulco” es un invento y sus miembros no son tan amigos o están tan unidos como parece; lo cual se demuestra en las fracturas y desgastes sufridos en su seno. Por ejemplo, cuando Alfredo del Mazo quiso desviar la atención en la elección de Carlos Salinas de Gortari, quien después tuvo una pugna con Emilio Chuayffet. Hace unos años, Enrique Peña Nieto debió elegir entre Alfredo del Mazo Maza y Eruviel Ávila como candidatos a la gubernatura del Estado de México. Ahora el centro del poder gira en torno a Texcoco, Cuautitlán y Ecatepec y desplazó al antiguo eje Toluca-Atlacomulco. Por eso dicen que la profecía se cumplió con la llegada de Enrique Peña Nieto a la presidencia de la República.

domingo, 8 de mayo de 2016

¿Y para qué sirve un cronista?

Antonio Guerrero Aguilar/ Cronista de Santa Catarina

Recientemente un comité de cierta función pública del congreso del Estado de Nuevo León, organizó una serie de reuniones con los cronistas e historiadores de la entidad. Primero invitaron a unos cuantos y luego lo abrieron al resto. Pero nos pusieron un requisito: debíamos entregar nombramiento de nuestro alcalde o cabildo más reciente. Por ahí anda otro cronista de Santa Catarina con nombramiento oficial. Quiero suponer que le otorgaron su responsabilidad entre el 2013 o 2014. Es el oficial porque le pagan.  Aunque tengo nombramientos otorgados por los respectivos cabildos en 1987. 1990, 2007 y 2009, no tiene sentido de que asista, pues para mis representantes y sus colaboradores no soy cronista aunque trabaje más que otros que si les pagan.

Poco antes de ser reajustado como empleado municipal de Santa Catarina en septiembre de 2011, continuamente unos funcionarios de primer nivel que me decían en tono amenazante: “¿Vale le pena pagarle a un cronista?" Ningún otro municipio le paga a su cronista en el estado. Solo el de Santa Catarina recibe un apoyo. Pero ni nuestras autoridades saben lo que hace un cronista. Por ejemplo, los demás empleados del ayuntamiento se quedaban asombrados porque solo acudía dos o tres veces a las oficinas municipales. A veces no iba porque salían tantas cosas relacionadas con el trabajo honorable de ser el cronista de mi municipio.  No tenía espacio asignado, tenía muchas responsabilidades como de siete dependencias municipales (que ellos no comprendían o consideraban lo fuera) y me catalogaban como aviador. Un día le dije a un político que tenía siete libros publicados en tan solo cuatro años y el muy ingrato la soltó al vuelo: “como no vas a trabajar, por eso tienes tiempo para escribirlos”.


Hace tiempo leí un artículo llamado ¿Para qué sirve un historiador? escrito por Justo Serna y publicado el 3 de mayo de 2012 en el prestigioso diario español llamado El País. A partir del mismo se me ocurrió hacer una comparación entre la función que realiza el historiador con la labor que realiza el cronista. Recuerdo cuando un ilustre médico  con doctorado en historia, dijo en tono de burla: “en Nuevo León levantas una piedra y encuentras un cronista”. En efecto, tenemos cronistas en abundancia: municipales, oficiales, adjuntos, honorarios, consejos de la crónica, urbanos, rurales, literarios, deportivos, de notas sociales y espectáculos entre otros más. Ciertamente la crónica es un género literario y para realizarla se recurren a diversas formas para expresarla de acuerdo al contenido que se quiere manifestar o dar o conocer.

Se hace crónica para informar, recrear, promover la memoria y la identidad, convocar a la nostalgia y al recuerdo, para levantar un inventario del mundo en el cual nos movemos y existimos. Para dar cuenta de lo que fue y ya no es o está. Algunos hacen crónica exponiendo hechos y acontecimientos en línea cronológica. Otros la insertan en un contexto geográfico y espacial. Los cronistas urbanos describen con precisión y amplían el contexto que influye en los hechos. Narran y recrean. Se valen de recursos literarios y de palabras para favorecer y ampliar la crónica.

¿Para qué sirve un cronista?, Algo que regularmente nos preguntamos y nos interrogan los funcionarios públicos, los intelectuales y académicos, además de la gente de nuestros pueblos incluso los familiares que no aciertan a comprender a lo que nos dedicamos. Ser cronista no es una chamba cualquiera, más bien es una vocación. Por eso le respondo a quien me criticó en su tiempo: ¿realmente se justifica pagarle a un cronista? Por supuesto, es obligación de un municipio promover la memoria y la identidad cultural del pueblo al que se sirve. Esa labor le corresponde al alcalde pero por tanto trabajo la comparte con un cronista.

Para los del gremio, el cronista es como el historiador, pero sin un grado académico que lo respalde. Sin lugar a dudas,  es el que sabe, el que ve, el que investiga. Un historiador es alguien que observa y por ello está preparado para relacionar hechos humanos y en consecuencia procura documentarse para tal fin. Busca testimonios para obtener versiones de esos acontecimientos. El historiador recopila datos y relatos para poner en orden las informaciones y para contar las cosas con la mayor imparcialidad posible, con la mayor erudición posible. Ciertamente con el máximo de rigor para evitar caer en falsedades e impresiones. Ahora, la diferencia entre el historiador y el cronista, es que el primero estudia el pasado remoto y lo construye con fuentes a partir de los requerimientos del presente. Un cronista en cambio, estudia el pasado inmediato para provocar un cambio o transformación de todo lo que los demás ven o viven.

Tanto el cronista como el historiador tienen una visión fundamentada del pasado y nos ayudan a entender mejor lo que pasa. Un relato documentado de lo pretérito alivia y complica. Alivia porque nos hace ver que muchos de los problemas son equivalentes o parecidos a quienes nos antecedieron. Es cuando vemos como los antepasados tuvieron que soportar ultrajes mayores, estrecheces inconcebibles, persecuciones sin cuento y sin embargo y a pesar de ello salieron adelante. Pero complica pues puede poner en riesgo su nombramiento. No podemos quedarnos callados cuando veamos alguna injusticia o anomalía, que dañe la historia de nuestros pueblos.

El cronista mantiene nexos y cercanía con el pasado. Construye un puente entre el presente y la tradición. Tiene documentos e informes que le permiten conocer todo lo que conforma nuestra realidad, pues te hace ver los problemas en contexto y el proceso que siguen o pueden proseguir. Cuando uno mantiene los nexos en las raíces y en nuestro pasado, de lo que ocurre y todo lo demás que se nos presenta como una realidad humana conformada por distintos aspectos. Todo está relacionado y tiene un sentido o significado por entender y explicar. Te das cuenta que hay una parte previsible en el comportamiento individual y colectivo y que hay un lado azaroso, impredecible en los actos humanos. Es como si viéramos una película con un desenlace similar y por ello advertimos de los riesgos en los que se puede caer. Hacemos cosas con un fin, con una meta para que los demás se involucren en la vida de nuestros pueblos, pero sobre todo aprendan a apreciarlo, amarlo y a devolverle la grandeza perdida que otros le han quitado.

¿Pueden los cronistas anticipar lo que nos va a ocurrir? No, un cronista no es un profeta que tiene una bola de cristal y sabe lo que vendrá. Pero si saben tanto del pasado, algo se puede predecir o prevenir. Aquellos que han acumulado datos e informes de los hechos pretéritos aventuran un discurrir posible, pero también sospechan el fracaso de sus predicciones. Lo que los humanos hagan dependerá de lo que quieran hacer y sobre todo de la composición y de los efectos imprevisibles que tengan sus actos ya vividos. Y la profecía se cumple en cuanto que el cronista puede anunciar y denunciar. Anunciar la grandeza de un pueblo y denunciar todo lo malo que le hacen o provocan. Dicen que nadie es profeta en su tierra. Todo lo contrario, el cronista es un profeta pues se atreve a denunciar los errores de los funcionarios y malos ciudadanos que no les importa el contexto o la realidad en la que viven, solo satisfacer sus necesidades y carencias con recursos de los demás.



El cronista como el historiador justifican su prestigio en los años de investigación y lectura. Sabe y le gusta husmear las novedades como de lo ya sucedido y presiente por dónde vendrán las derroteros a seguir. Es polémico porque no es un estudioso recluido en su cubículo; no es un académico que vive de la docencia y la investigación formal, que guarde silencio. Siempre que puede y le dejan denuncia las cosas tal cual son y eso que dice suele provocar malestares o animadversiones. ¿Intelectual orgánico? Posiblemente pues hace pensar y mueve conciencias. Un cronista se mete en todos los rincones de la casa y hace pronósticos a partir de cosas, de la acción humana, tan caprichosa, tan imprevisible. Por eso se basa más en disciplinas como la antropología y la sociología como los estudios culturales y artísticos. Un cronista sirve a la sociedad y su función es tan necesaria como la de cualquier funcionario o profesionista al que se le paga o retribuye por su labor. Aunque ellos no entiendan que la labor municipal como estatal se justifican y tienen su origen a partir de la memoria, la identidad y la cultura de nuestros pueblos.

Cosas de la vida, esos funcionarios ya se fueron y yo sigo ejerciendo el honroso cargo de Cronista de Santa Catarina, aunque no me paguen ni me lo reconozcan las autoridades de los tres niveles. Eso en realidad no importa. El reconocimiento lo da el trabajo que hacemos. Estoy seguro.

domingo, 1 de mayo de 2016

El templo y la comunidad parroquial de La Luz

Antonio Guerrero Aguilar/ Cronista de Santa Catarina

El nombre de Luz significa “la que da claridad”. El origen de la devoción a la virgen de la Luz se debe a un sacerdote jesuita llamado Antonio Genovesi, quien rogó a una religiosa le diera una nueva imagen para promover la devoción entre sus fieles. En 1722 ocurrió el milagro en Palermo, Italia. La hermana tuvo una visión de la Madre de Dios repleta de luces, portando al niño en sus brazos y una canasta con los corazones apartados del mal, sostenida y rodeada por ángeles evitando caer en las fauces del Leviatán. Trajeron a un pintor que recibió las características para hacer un cuadro de ella. Un 2 de julio de 1732, (fiesta de la Visitación de la Santísima Virgen a Santa Isabel) llegó la imagen a León, Guanajuato procedente de Sicilia. El 23 de mayo de 1849 la virgen de la Luz fue proclamada patrona de la ciudad de León.

Posiblemente el origen de la devoción a nuestra Señora de la Luz se deba al padre Alfredo Dávalos, quien siendo vicario de la catedral de Monterrey fundó una asociación para promover la tradición mariana en el desaparecido templo franciscano de San Andrés. El padre Dávalos era originario de Montemorelos. Estudió en el Seminario de Monterrey para ordenarse sacerdote en 1889. Fue vicario parroquial en Saltillo y luego en la catedral de Monterrey. Párroco en el templo del Sagrado Corazón de Montemorelos en 1891, sacristán mayor (encargado) de la catedral de Monterrey a partir del  5 de febrero de 1899, vicario en el templo de la Purísima en 1905 y cura interino de la parroquia de San Juan Bautista de Lampazos de Naranjo en ese mismo año. En 1907 secretario y miembro del cabildo de la Catedral como canónigo. Al año siguiente lo nombraron presidente de la Obra de la propagación de la Fe en la Arquidiócesis de Linares-Monterrey. Fue muy conocido en la ciudad por sus aportes a la literatura, entre 1910 y 1921 dirigió una publicación llamada El Estudiante en la cual colaboraban Alfonso Junco y Alfonso V. Zúñiga. Seriamente enfermo, quedó paralítico en sus últimos años.

El padre Dávalos adquirió una propiedad situada en la esquina suroeste de Luis Carvajal y de la Cueva que durante un tiempo se llamó H.I. Cairo y Ruperto Martínez. Gracias al apoyo del señor arzobispo y de la señora Francisca Muguerza de Calderón, se puso la primera piedra del templo el 6 de enero de 1895. El 6 de enero de 1900 se hizo la ceremonia litúrgica presidida por el señor don Jacinto López y Romo, Arzobispo de Linares-Monterrey. Una vez bendecida la capilla, quedó dentro de la jurisdicción de la parroquia del Sagrado Corazón. En este tiempo oficiaron misa los padres Alfredo Dávalos y el padre Manuel Fernández quien organizó en 1910 un Círculo Católico de Obreros.

El 25 de septiembre de 1913, el entonces señor Arzobispo don Francisco Plancarte y Navarrete aprobó la creación de cuatro nuevas parroquias, entre ellas San Nicolás Tolentino en San Nicolás de los Garza, los santuarios dedicados a Nuestra Señora de Guadalupe en la colonia Independencia de Monterrey y el otro en la Villa de Guadalupe, Nuevo León y el de la Santísima Madre de la Luz en Monterrey.  El primer párroco del templo y de la comunidad fue el presbítero Manuel Cuadrado. En 1910 servía como vicario en la Catedral; entre 1910 y 1911 párroco en Nuestra Señora del Pueblito en Hidalgo, Nuevo León. En septiembre de 1911 servía como vicario en el templo parroquial del Sagrado Corazón y luego vicario fijo en el templo de La Luz, quedando como cura interino del 25 de septiembre al 1 de octubre de 1913 en que recibió nombramiento como párroco. En ese tiempo sirvieron como vicarios otros  sacerdotes como  Luis Martín quien llegó de San Pablo en Galeana en donde estuvo al frente del curato entre 1906 y 1912. El padre Martín tenía un doctorado y llegó al templo de La Luz en diciembre de 1913. En ese año también estuvo el padre Antonio Alonso. El padre Pablo Martínez  fue vicario durante 1914, luego fue párroco de San Pedro Apóstol en Allende de 1915 a 1927.


El primer bautismo ocurrió el 1 de octubre de 1913, siendo el de la niña llamada María de los Ángeles, hija de Atenójenes Murguía y Josefina Elizondo. Sus abuelos paternos Macario y Socorro; abuelos maternos Leónides y Romana y como madrina fungió María Martínez.  El primer matrimonio fue celebrado el 2 de octubre de 1913, entre María de la Luz García y Valentín Silva. Ante la presencia de las tropas carrancistas, el señor Arzobispo Francisco Plancarte y Navarrete consagró la ciudad de Monterrey y luego la arquidiócesis al Sagrado Corazón de Jesús el 7 de noviembre de 1913. El señor Plancarte promovió un grupo de oración y de apostolado en la parroquia dela Luz llamado Nuestra Señora de Guadalupe entre 1917 y 1919.

En enero de 1915 llegó el padre Heleno Salazar para hacerse cargo de la parroquia en la cual sirvió hasta 1941. Nacido en Ojuelos, Jalisco en 1875, pasó su infancia en Villa de García para ingresar al Seminario de Monterrey. Fue ordenado sacerdote en 1899. Párroco en Santiago y Cerralvo, Nuevo León. Fue testigo y hasta salvó vidas durante la inundación de 1909. En 1914 estaba como responsable del templo franciscano de San Andrés que fue destruido por los carrancistas. Pasó seis meses en la cárcel y al salir le fue confiado el cuidado de la nueva comunidad parroquial. Fue miembro del cabildo de la Catedral y murió en 1945. En este periodo hubo vicarios como el padre Nabor Villegas Villarreal (1931 a 1939), quien nació en Bustamante, Nuevo León en 1906. Estudió en el Seminario de Monterrey. Una vez ordenado en 1931 le fue confiada la parroquia de La Luz como su primera comunidad. Fue párroco en los templos de Villaldama y Bustamante y murió en 1974. También fueron vicarios Toribio de la Garza Cantú (1916-1920), José Guadalupe Garza Martínez (1939), Gilberto Flores Albo (1940) y el padre Leandro de la Garza (1941).

Después del padre Heleno Salazar llegó el padre José Trinidad Ruiz (1893-1959). Ordenado sacerdote en 1917, sirvió como vicario en los templos de la Santísima Trinidad de Monterrey, Pesquería, General Zuazua y Marín. Estuvo en la comunidad de 1942 a 1959. En éste periodo el templo fue reedificado y diseñado por arquitectos Manuel Muriel y Joaquín A. Mora.  El arquitecto  Muriel estudió en la Universidad de Texas. Intervino en la construcción del Palacio Federal en Monterrey en 1928. A él le debemos la construcción del templo "La Iglesia Católica Mexicana" en 1928, actualmente la Iglesia Evangélica Luterana Confesional La Santa Cruz situado en la esquina de las calles de Washington y Amado Nervo justo frente a la Alameda de Monterrey. Colaboró junto con Joaquín A. Mora, cuando era director fundador de la facultad de arquitectura de la Universidad de Nuevo León para la ampliación y remodelación del Colegio Civil en 1938. Participó en la construcción de la Escuela Álvaro Obregón cuando trabajó para Fomento y Urbanización S.A (FYUSA). Es además el autor del diseño del barandal en las escaleras de la prepa Álvaro Obregón. En 1939 participó en un concurso para diseñar la hoy Basílica de la Purísima aunque no ganó.

En éste tiempo estuvieron como vicarios los sacerdotes José Pérez González y Luis G. Rojas Navarrete en 1951, Hilario Rodríguez González en 1952 y Aureliano Tapia Méndez en 1955. Ante la enfermedad y la muerte del padre Ruiz el 2 de febrero de 1959, llegó el padre Moisés Moreno Sevilla. Una vez ordenado en 1929 fue párroco de Villa de Santiago (1933-1941), en San Juan Bautista de Cadereyta (1941-1949), en la Purísima Concepción de Doctor Arroyo (1951-1955) y como responsable del templo de Santa María Goretti (1955-1957). En la parroquia de Nuestra Señora de La Luz estuvo de 1959 a 1969.

Ese año llegó el padre Adolfo Lugo Beatriz que sirvió al templo y a su comunidad por 38 años. El padre Lugo nació en la Hacienda Telcampana, Ciudad Venustiano Carranza, Jalisco, el día 27 de septiembre de 1930. Estudió en el Seminario de Monterrey y teología  en Montezuma, Nuevo México. Ordenado sacerdote el  17 de Agosto de 1958. Fue vicario cooperador en Sabinas Hidalgo, Nuevo León. Párroco de la Purísima Concepción en Agualeguas y cura de la Parroquia de Nuestra Madre Santísima de la Luz desde 1970 hasta el 2008. Se destacó por su cercanía a los fieles, su asistencia espiritual a los internos del penal del Estado y a los policías de diversas demarcaciones. Fue capellán del equipo de futbol Tigres por varios años. Falleció a principios de enero del 2009. Este padre organizaba entrenamientos de futbol para los jóvenes,  los ponía a correr y al final se hacía la “cascarita” en la plaza de la Luz.



Respecto al templo, conviene mencionar que cada párroco le fue añadiendo y quitando cosas hasta tener su estructura actual. Su fachada es sobria con dos cuerpos, un campanario. Su forma es basilical con tres naves, una cúpula y un altar de estilo neoclásico. Cuenta con algunos vitrales en sus ventanas. Ahí están depositados los restos de Santa Librada, su figura en cera y aparentemente el órgano que fue donado por don Eugenio Garza Sada. 

domingo, 24 de abril de 2016

El Barrio de La Luz

Antonio Guerrero Aguilar/ Cronista de Santa Catarina

Ahora que todas son consideradas colonias, Monterrey alguna vez tuvo barrios, congregaciones y ranchos. Los primeros son de carácter urbano, pero por la cercanía de las casas y de las gentes nos remiten a elementos de identidad y de la comunidad que la conforman. Ahí conviven y desarrollan afecto, comparten vidas e historias, lo mismo en las banquetas, calles y negocios. Regularmente los barrios están alrededor de un templo, de una plaza o de un centro fabril o educativo o de algo característico que les da nombre, como el de la Purísima, el Roble, la Catedral, las Tenerías, del Nejayote, el de la Rata Ahogada, la Cuesta Blanca, el Mediterráneo, Matehualita (ahora colonia Sarabia) y otras más.  En ésta ocasión les hablaré de un barrio que lo mismo designa a una comunidad con su templo parroquial y a su plaza.


En tiempos de Santiago Vidaurri (1860-1864), se planeó la ampliación de Monterrey rumbo a los cuatro puntos cardinales a los que llamaron “repuebles”. Al norte de los ojos de agua de Santa Lucía se prolongaron las actuales calles de Zaragoza, General Zuazua, Doctor Coss y Diego de Montemayor y otras más. Es cuando comienzan a establecerse las primeras familias de lo que actualmente conocemos como el Barrio de la Luz. Este comprende desde la calle de Zuazua al poniente hasta Félix U. Gómez al oriente. Al norte la Calzada Madero y al sur la calle de Washington. 

Se tienen referencias de que para 1919 no había iluminación en las calles del sector, algo irónico pues al barrio se le conocía de La Luz. Indispensable para el buen funcionamiento de sus actividades, la feria y las vendimias con obras de teatro que se desarrollaban por aquellos días en la tan famosa plaza. El 22 de marzo de 1921, los vecinos Ramón de la Garza y José G. Garza manifestaron que desde el día 30 de septiembre de 1919, habían comunicado a la junta de mejoras materiales del Repueblo Norte-Oriente de la ciudad de Monterrey, referente al alumbrado de la plaza en ese barrio. Los del ayuntamiento respondieron que tan pronto como estuviera terminada la instalación, se diera aviso para que se pusieran el servicio de luz en la plaza de la Luz.


De acuerdo a un informe de 1927, se decía que la zona norte a partir de la calle de Aramberri, presentaba un estancamiento en lo que se refiere a la renovación de las construcciones, planificación, urbanización y “alineamientos citadinos”. El rumbo estaba sin pavimentar, repleto de jacales y tejabanes amontonados; corralones bardeados con ramas y alambres de púas o deshechos de latería. Los más elegantes tenían bardas cercadas con cuartones de sillar. De acuerdo al plan urbano que se impuso con José Benítez en la gubernatura en 1930, esto debía componerse. Decidió la ampliación de la calle Zaragoza y se terminó la Calzada Madero, a la que consideraron en su tiempo como la más hermosa de todas las existentes en Monterrey. En el antiguo camino a Roma se hizo la ampliación para adecuarla como una gran avenida a la que llamaron Félix U. Gómez.

Gradualmente las cosas cambiaron. Se construyeron mejores casas, se pavimentaron las calles y les pusieron farolas para iluminarlas por las noches. Un promocional de 1946 da cuenta de que entre Villagrán y Félix U. Gómez y de Aramberri a la Calzada Madero, había diez cuadras con multitud de empresas comerciales de diversos ramos, tres grandes teatros que también servían como cines: Encanto, Alameda y Bernardo Reyes. Una agencia bancaria de crédito industrial, varios edificios de alta construcción, una fundición llamada Siller y estaciones de gasolina y garajes. Muchos de los vecinos  que se asentaron por el rumbo, llegaron de otros pueblos de Nuevo León, Coahuila y Tamaulipas. Mantenían negocios o trabajaban en los centros fabriles de los alrededores como Talleres del Norte, la Fundición de Fierro y Bronce, el taller de Ramón Treviño, la fábrica de velices El Buen Viaje, Espejos Monterrey, la fábrica de camisas Don, Muelles Monterrey, la Sastrería Zavala y otros más.

La plaza junto con el templo, conforman el corazón del llamado Barrio de la Luz. En 150 años la plaza ha tenido varios nombres: “Plaza de la Muralla”, “Plaza del 27 de Septiembre” (seguramente en honor a la entrada triunfal de Iturbide a la ciudad de México para proclamar la independencia) y finalmente la Luz, aunque también le llaman del Magisterio por el monumento que tiene, en donde están representados una maestra con una alumna.

Como alguna vez alguien escribió, el barrio de la Luz es un lugar lleno de magia y tradiciones. Para los vecinos, todo era muy diferente a como es actualmente. Con nostalgia recuerdan lugares como la panadería “La Gardenia”, una la tortillería sobre la calle Álvaro Obregón, la carnicería “Cerralvo”, la tiendita “La Chiquita” en la calle Diego de Montemayor y Espinosa; la plaza sobre la calle Espinosa; cuando los líneas de autobuses “Tamaulipas” pasaban por allí.


Con la intención de rescatar toda esa parte de la zona centro de Monterrey, entre 2012 y 2013 se procuraron estudios y alcances del sector que comprende algunas 100 manzanas y en la cual habitan unas 5 mil personas. La mayoría son adultos mayores. Se contaron 2,700 viviendas de las que solo el 35% están habitadas. La extensión territorial abarca unos 700 metros cuadrados. Con ese proyecto, han rescatado algunos comercios antiguos y tradiciones, como la de instalar un mercado en los viernes, en donde se ofrecían productos varios. El mercado tuvo tanto éxito que un buen día llegaron las autoridades municipales (en tiempos de la señora Arellanes) y en un hecho inusitado hicieron valer la política de buen gobierno. Solicitaron permisos, les advirtieron que el tránsito vehicular como el flujo peatonal molestaba a los residentes y prácticamente los corrieron. Los oferentes debieron buscar espacios en donde dedicarse a lo suyo, que a mi juicio no molesta ni daña a terceros.


Muchos ciudadanos que viven por el rumbo, así como grupos y la comunidad parroquial, conscientizan a  las personas acerca de temas como el cuidado animal y la importancia del arte en los barrios, el mantenimiento y limpieza de las banquetas como de las casas. Ciertamente algunos vecinos se oponen a las obras pues temen que todo el lugar se llene de oficinas y multifamiliares, y les quiten la poca tranquilidad de uno de los barrios más emblemáticos de Monterrey.

domingo, 17 de abril de 2016

¿Y qué son las ferias?

Antonio Guerrero Aguilar, Cronista de la Ciudad de Santa Catarina

La palabra feria designa cualquier día de la semana que no sea sábado o domingo. Por ejemplo, lunes es feria segunda, martes feria tercera y así sucesivamente. Cuando ocurre una fiesta de guardar entre semana, se dice día feriado. Feria tiene que ver con un descanso o con la suspensión del trabajo. También se relaciona con un mercado que se realiza en lugares abiertos y en días específicos, preferentemente los destinados a la devoción de un santo patrono del lugar, con las consabidas fiestas que se hacen en su honor. También se dice que la feria es el paraje público en donde están los animales y las mercancías que se quieren vender, lo cual atrae  mucha gente. Y eso nos lleva a relacionar feria con el alboroto, algarabía o disturbios. Se denomina feria de muestras al sitio en donde se congrega la gente para vender o comprar algo y las ferias mayores tienen  referencia con la Semana Santa.

En México se dice feria a la moneda de uso corriente y que por lo abultado y su baja denominación forman morralla. Dar “feria” implica entregar una dádiva a cambio. Tenemos una tarjeta de pago rápido en los camiones a la que llamamos feria. Si no la traes, debes pagar doce pesos al amable conductor. Como se advierte, la feria es un evento económico, político o social. Las ferias tienen su origen en el medioevo, cuando se pasó del régimen feudal a un sistema burgués. En el primero todos dependían de una figura de autoridad. Cuando algunos habitantes tienen la oportunidad de vivir alejados del sistema feudal, se congregaron en los burgos para dedicarse y practicar los oficios que les permitían sobrevivir. El comercio, las finanzas y las artesanías iban creciendo a la par de la ciudad y en consecuencia se necesitaba abrir mercados en donde proveer e intercambiar productos y materias primas. Esto genera un sistema de dependencia entre ciudades que aprovechaban sus días de fiesta para atraer feriantes o mercantes como también se les conoce. Originalmente se hacían en las goteras de los pueblos, luego en las murallas y después en las plazas de armas.

La fiesta es al tiempo o la existencia, lo que la hierofanía (el culto a elementos naturales) es a la naturaleza. En la fiesta se sale de lo normal y de lo monótono. Se rompe con lo cotidiano y se aspira a lo sagrado, necesariamente vinculado con una devoción. Ahí se armoniza la expresividad, el significado claro de unos días particulares que se viven intensamente en honor a las fiestas patronales. Se pide por la salud, los deseos y su logro. El esparcimiento y la solidaridad local se buscan, expresan y consolidan sincrónicamente en puntos geográficos que dibujan los santuarios y en puntos temporales que siguen las fiestas más importantes de cada pueblo. Y en esos tiempos como en los de ahora, la alegría y la algarabía son peregrinas pues son movibles y cambian de lugar.

Incluso tenemos una ciencia que la estudia: la eortología (del griego heorté) que significa literalmente tratado de las fiestas. Depende mucho de la teología, en especial de la liturgia y del ámbito eclesial; así mismo con otras ciencias como la astrología y la astronomía que depende de los solsticios, equinoccios, plenilunios y otros fenómenos celestes. Por ejemplo, los equinoccios de verano y el de invierno se convirtieron en las conmemoraciones de los natalicios de Juan el Bautista y de Jesús Cristo. En el mundo pagano se hacían hogueras, se danzaba alrededor de ellas; se hacían fiestas de disfraces y de máscaras. Gradualmente lo pagano se civilizó, se le dio un sentido religioso institucional en el cual se hacía fiesta en el templo, los atrios, el camposanto y la plaza. Y las fiestas son muy importantes, porque al institucionalizarse, traen como consecuencia a las ferias. Carlos Monsiváis señala que la “feria es un convenio entre las ganas de divertirse y las posibilidades de hacerlo en fechas fijas”.  Añade: “en las ferias las oportunidades de olvido y de la imprecisión mnemotécticas son numerosas”.


En las ferias siempre hay resabios paganos: juegos mecánicos, juegos de azar, peleas de gallos, comidas típicas, vendedores de todo y de nada, paseantes, perros callejeros, borrachos apestosos, jóvenes buscando novia, aventura o problemas. Parejas que salen a agarrar el aire, niños correteando, ruidos que se diluyen y confunden con otros. En todo hay música y elementos multicolores que decoran el ambiente. Me gusta la cita que hace de Juan José Arreola, cuando señala que las “ferias patrias no son más que un pretexto para divertirse”. Personalmente recuerdo con nostalgia y alegría a la vez, los tiempos en que se ponía la feria en Santa Catarina. Hasta que quitaron la vieja plaza y la convirtieron en explanada, ya no permitieron que las ferias regresaran y con ellas se fueron los sueños de infancia y de juventud que no se lograron al amparo de la feria, pues dijeron que la plaza era para los eventos populares. Decisión paradójica pues que más popular que una feria concurrida.

Hay dos películas que giran en torno a una feria; Vivir a todo dar con Clavillazo. Cuando confunde a Marthita Mijares con la virgen María y que vendía flores para sostener a su papá enfermo. La escena alcanza el cénit cuando pide que le canten: “Pocito de Nagaquilla, manantial del sediento, donde los enamorados esconden sus pensamientos, Pocito de Nagaquilla, donde muchas veces fui, a buscar la que quería pero solito me devolví”. En la película El Gallo de Oro de José Gavaldón, basada en un cuento de Juan Rulfo, los personajes iban de pueblo en pueblo buscando fiestas en las que hubiera ferias. En la trama, el amor imposible se hizo posible y a la vez maldición y olvido de parte de la Caponera (Lucha Villa) con Dionisio Pinzón (Ignacio López Tarso) y el tercero en discordia Lorenzo Benavides (Narciso Busquets) que siempre sentenciaba “Otra más”. Lo malo es que la Caponera y Lorenzo Benavides, tenían como premisa “árbol que no enraiza se muere”, cuando descubrieron que en lugar de ferias, se vivía mejor del dinero fácil producto del juego de azar.



Hay ferias importantes en México.  Sin duda alguna la de Aguascalientes, la de San Juan de los Lagos en donde según la tradición debía dar inicio a la Independencia Nacional, la de Saltillo. La de Monterrey se perdió y cuando quisieron hacerla en septiembre, las lluvias de la temporada la agüitaban. Las ferias tienen su importancia  por sus aportes culturales, históricos, sociales y económicos y por la diversidad existente que vemos en ellas, pues exponen lo más representativo de México en un solo sitio y por ello deben ser catalogadas también, por su historia, cultura y variada tradición, como patrimonio mundial de la humanidad.

jueves, 7 de abril de 2016

¿Quién fue Pedro Flores?

Antonio Guerrero Aguilar/ Cronista de Santa Catarina

En días pasados publiqué el soneto que nos expresa el mensaje de Pedro Flores, un vecino de la vieja Ciudad Guerrero, Tamaulipas. Muchos lectores expresaron su curiosidad en saber la identidad de tan distinguido personaje, que a 135 años aún nos habla desde su última morada. Y no solamente es Pedro Flores, hay dos o tres lápidas que llevan mensajes escritos en ese cementerio del siglo XIX, como el señor Juan Treviño, quien murió en 1873 a causa de un golpe que le propinó un caballo.

Inmediatamente el investigador e historiador, el maestro Ricardo Raúl Palmerín Cordero, se dedicó a buscar referencias de tan enigmático vecino de aquella pujante ciudad fronteriza que quedó sumergida en las aguas de la presa Falcón por mucho tiempo. Gracias al registro de bautizo, sabemos que con tan solo cuatro días de nacido, Pedro fue bautizado en el templo parroquial de San Ygnacio de Loyola de Revilla el 2 de mayo de 1823 por el padre Juan Santiago Sánchez. Pedro era hijo legítimo de Toribio Flores y de María Ygnacia Buentello, fueron sus padrinos Tranquilino Martínez y María de Jesús Vela.


Pedro Flores se casó con Agustina Treviño. Desconozco su oficio; aunque supongo que se dedicaba a la cría de ganado vacuno y de caballos, tan famosos y reconocidos en ese tiempo en ambos lados del Río Bravo. Aparece en la lista de alcaldes de Ciudad Guerrero, cargo que ocupó en 1860.

El maestro Palmerín ubicó su acta de defunción: “En la Yglesia Parroquial de C. Guerrero en catorce de Junio de mil ochocientos ochenta y uno, yo el infrascrito Cura hize las ecsequias religiosas de entierro mayor al cadáver de D. Pedro Flores, casado que fue con Da. Agustina Treviño: murió a los 58 años de edad, recibió el Sacramento de extrema unción y para que conste lo firmó. Jesús de la Garza”.

También el maestro Palmerín añade nueva información respecto a la fundación de la Villa de Revilla perteneciente al Nuevo Santander. Refiere cuando el Capitán de Dragones José Tienda de Cuervo,  envió en 1757 un “Informe del Reconocimiento e Inspección de la Colonia de el Seno Mexicano de orden de el Exmo. Señor Virrey Marquès de las Amarillas”. Revilla se fundó el 1 de octubre de 1750, con la advocación de San Ygnacio de Loyola. El año del informe, José Báez Benavides era el capitán encargado de la población formada por 73 familias y 336 personas. Tenía una misión llamada de San Francisco Solano, a cargo de fray Miguel de Santa María, pero sin “indios congregados á execcion de pie en la cercanía Poblazion de Dolores a la otra parte de aquel Río Grande del Norte”.

Está situada en un ángulo que forman los dos rios de “Savinas y el Grande del Norte en buen terreno fértil y de buenos pastos, tiene buena saca de Agua que de pesada de dicho Rio de Savinas, ya ban empezando a trabajar en ella abunda el pescado”. El río Sabinas también se le conoce en el lado de Nuevo León como de Tamaulipas como Salado. Añade Tienda de Cuervo: “su vecindad es mui dezente, tiene muchos ganados de los que ia ban pasando algunos a la otra vanda del Rìo grande del norte, y creo se aumentara mucho concluida la saca de Agua y que se a de lograr allí una gran Mision. queda 10 leguas al noroeste del lugar de Mier, y 10, al sueste de la Poblazion de Dolores Rio grande del Norte en medio”. Desde su fundación, Revilla estaba expuesta a los albazos de los llamados indios bárbaros, por estar situada en un paraje que “se contemplaba del maior riesgo”. Para consolidar la población, debieron trabajar más de dos años para establecer familias que “la poblasen y a algunas de ellas me fue preziso fomentar fazilitandoles Maizes que totalmente escaseaban en la razon y otras cosas necesarias”.

Lo que las aguas de la presa no dañaron, ahora lo están afectando las acciones de algunos visitantes que van a buscar tesoros. Pero también, Guerrero Viejo está en los planes de convertirlo en un gran centro de resguardo patrimonial de carácter binacional.



domingo, 3 de abril de 2016

La tumba de Pedro Flores

Antonio Guerrero Aguilar/ Cronista de Santa Catarina

La vieja cabecera del municipio de Ciudad Guerrero, Tamaulipas, fue inundada por las aguas del Río Bravo en 1952, con la intención de contenerlas en una presa que llamaron Falcón, concluida hasta el año de 1963. Ese punto sirve de límite entre Zapata, Texas y Guerrero, Tamaulipas. En consecuencia pidieron que todos sus habitantes se trasladaran río abajo para establecer una nueva población, a la que pusieron el nombre de Nueva Ciudad Guerrero. Por eso la antigua población inundada recibió el nombre de Guerrero Viejo.


Guerrero Viejo fue establecida en 1750 por José de Escandón. Originalmente tenía el nombre de Revilla Gigedo y en 1829 se le cambió el nombre por el de Guerrero, Tamaulipas. Fue una de las villas del Norte junto con Reynosa, Camargo, Mier y Laredo. Casi toda la cabecera municipal fue inundada por las aguas del Río Bravo. Solo se salvaron el panteón viejo y algunos solares con sus respectivas casas. Desde hace 20 años, gracias a las frecuentes sequías y el bajo nivel de agua de la presa, Guerrero Viejo resurgió como ave fénix, con una arquitectura civil y religiosa digna de preservación y cuidado patrimonial.

En el panteón existen monumentos funerarios muy interesantes, la mayoría de ellos corresponden al siglo XIX. De ellos sobresale la tumba de Pedro Flores, nacido en 1823 y fallecido en 1881. Lo interesante es que la lápida no solo da nombre y fechas del difunto que está ahí, sino que también contiene un soneto titulado “Viador fugaz del siglo XIX”. Literalmente es un mensaje que el morador del sepulcro da a todo visitante, como si quisiera además de perpetuar su memoria con su tumba, orientar respecto al verdadero sentido de la vida. Aunque señala cosas relacionadas a la época, bien se pueden ajustar a nuestros tiempos.

En la lápida de mármol se puede leer lo siguiente:

Viador fugaz del siglo diez y nueve
que no miras el fin de la carrera
buscando la verdad en donde quiera,
detén el paso por un tiempo breve

Oye la voz del hombre que se atreve
desde la tumba por la vez primera
decirte la palabra tan sincera
due a la región de la verdad te lleva

Cultivando nomás el empirismo
que tu profesas con ardiente amor,
las ciencias de la luz y del vapor,
te cargará fatal racionalismo

Y no habrá bien para la mente estólida
si te desviaras de la fe católica.


Una tumba, un monumento mortuorio son una historia escrita en piedra de los que ya se fueron. Sus deudos con dolor, construyeron un lugar para que fuera guardián de los restos humanos que esperan el fin de los tiempos y la resurrección de los muertos. De una tumba podemos aprender su hechura, sus mensajes, su historia, la genealogía, demografía, arte y hasta arqueología. Aquí llama la atención que en un poema, Pedro Flores se atreve a sentenciar de que la felicidad no está en la búsqueda incesante de cosas triviales, mucho menos en ciencia ni en la ideología del siglo XIX, si al fin de cuentas solo conducen a la destrucción. Y pone de manifiesto, muy a su manera, que el fin último del ser humano está en otra parte.

Me dedico a contar narraciones e historias en donde me piden y me invitan.

Santa Catarina, Nuevo León, Mexico